Más allá de los sueños del rock y de las pesadillas de la fama, en «Neverland», en la Tierra de Nunca Jamás, el parque temático del que Michael Jackson hizo su casa, los niños del pop no envejecen, el aire es respirable sin mascarillas, los hombres no son blancos ni negros, y el éxito es un chuche que llevarse la boca cada día. Pero aquí, en los berenjenales de la vida, en los andurriales del roce y del cariño, del acoso y el derribo, es otro cantar, el de un niño prodigio que fue un prodigio de niño con los Jackson Five. Del adolescente que creció entre los algodones de su discográfica y de su madre, del adulto que ha grabado obras maestras como «Off the wall» y «Thriller». Michael no es un niño que se ha negado a crecer, porque sigue siendo un niño, quizá un niño malo al que el mundo se le vino abajo el día en el que dejó de ser un dibujo animado y se convirtió en una caricatura de sí mismo.



