NO sé yo para qué querrá Aznar el caballo que le ha regalado Gadafi, que a lo mejor viene adiestrado para tirarle costalazos como en los rodeos. A pie, sin caballo, ya corre más velozmente que Bush, y se supone que si Bush saca un caballo para darse un paseo por el rancho cuando Aznar esté allí de visita, le prestará otro caballo al invitado, porque sería excesivo que lo llevara de espolique. «Lo montaré con mucho cuidado», ha dicho Aznar. Hará bien. Con Gadafi, todo cuidado es poco.
Hubo un tiempo en que todo el mundo tenía un caballo. Los tíos importantes tenían caballos famosos. Seguramente el más famoso de todos fue «Incitatus», el equus de Calígula, al que su amo lo nombró cónsul o senador, que en esto no se ponen de acuerdo los autores. Hasta los socialistas saben que el rocín de don Quijote se llama Rocinante y que el caballo del Cid, que se dejó montar por su amo muerto, se llama Babieca. Más raro es que se acuerden del Bucéfalo de Alejandro Magno, de Janto el de Aquiles, que debía de correr casi tanto como su dueño, el de los pies ligeros, de Strategos, montado por Aníbal, o del Genitor de Julio César. El caballo divino es Pegaso, el de Belerofonte, ese equus alado del que Góngora dice que el terenciano Lope lo monta cada día y le da un galope. Y tiene razón.
Ya se sabe que el perro es el mejor amigo del hombre, y que el caballo es el mejor amigo del duque. Este caballo de Gadafi, que se llama nada menos que Najar el Jayed (El Rayo del Jefe) puede servirle de mucho a Aznar si el Rey lo hace duque como a Suárez, que también se fue sin que lo echaran las urnas. Anticipó Aznar que le preguntará al caballo qué le ha parecido su nuevo amo. O sea, que va a hablar con el caballo, como Jesús Gil con Imperioso, que es el que le chiva a relinchos el tejemaneje de Julián Muñoz con la Pantoja. Realmente no podrá encontrar Aznar un interlocutor que guarde más confidencialmente los secretos.
Hoy ya no tiene caballo casi nadie, si acaso Pincho, que se lo regaló su tío Juan, y Fermín Bohórquez, porque Alfonso Guerra todavía no ha conseguido que toree en burra. Yo nunca he tenido caballo, porque he sido tan pobre como Rafael Simancas, pero sí mantuve devoción por un caballo de carreras, que no estoy seguro de que fuese caballo o más bien yegua. Era de Nemesio Fernández-Cuesta, abuelo del Nemesio de ahora, y se llamaba Calamúa. Llegaba siempre el último, menos cuando el terreno estaba embarrado, que entonces dejaba a los demás a diez o doce metros. Cuando diluviaba algún sábado por la noche o caía un chaparrón el domingo por la mañana, por la tarde corría yo al hipódromo (antes, claro del huracán Sarasola) y le apostaba todo mi dinero a Calamúa. Jugaba todas las apuestas posibles: ganador, colocado, gemelas y dobles. Las ganancias me daban para cenar en Jockey con mi mujer durante ocho o diez veces. Siendo yo pequeño, mi chacha Felisa me regaló un caballo precioso, pero era de cartón y no tenía sangre, ni pura ni plebeya. Un animal inocente y aceptable. No galopaba, pero tampoco me tiraba.


