«Volver a Zimbabue significa retornar al infierno de la miseria». Unas palabras convertidas en la banda sonora habitual de la Central Methodist Church, uno de los principales centros religiosos de Johannesburgo (Suráfrica), y en el que más de 6.000 zimbabuenses se encuentran refugiados desde hace cuatro meses. Pero esta vez, quien personaliza unas palabras tantas veces repetidas por ciudadanos anónimos es Nicole Mhlanga. Este joven de Harare, que apenas ronda la veintena, es uno de los inmigrantes sin fortuna que será expulsado del país la próxima semana, al ser considerado «inútil» por el Gobierno surafricano. Tras las denuncias de los comerciantes locales por el incremento de la «tasa de criminalidad en la zona», una sentencia judicial obliga al centro religioso a cerrar sus puertas. Para Mhlanga la decisión responde tan sólo a motivos xenófobos. «En este país, sólo somos seres humanos de segunda categoría», asegura el joven. Sin embargo, Pretoria ya ha anunciado que la mayor parte de estos refugiados -cuya manutención es posible tan sólo gracias a las aportaciones realizadas por organizaciones humanitarias- serán realojados en viviendas de protección oficial durante los próximos tres meses, un periodo tras el cual se volvería a reconsiderar su situación.
Pero con cerca de 3 millones de inmigrantes zimbabuenses en Suráfrica -casi un 8% de la población total- la ola de violencia que el pasado año provocó la muerte de al menos 50 de sus compatriotas todavía permanece fresca en la memoria de estos refugiados. Obligados a huir de un régimen -la dictadura de Robert Mugabe- que ha colapsado económicamente el país hasta lograr una meritoria tasa de desempleo del 90%, la única alternativa para sobrevivir en Zimbabue pasa por buscar un futuro en la vecina Suráfrica. En el pasado, los trabajos desempeñados por estos inmigrantes -la mayoría de ellos dedicados a la construcción o a la agricultura- eran rechazados por la población local, al considerarse sobrecualificados para desempeñar estos empleos.
Pero la crisis económica que atraviesa Suráfrica -un aparente Estado europeo enmarcado en África- ha alimentado los recelos contra la población inmigrante. «La gente de Zimbabue sólo son ladrones que quieren robar nuestros trabajos», afirma uno de los comerciantes de Small Street, una de las principales arterias y el lugar de enclave de la Central Methodist Church.
Racismo económico
Pero al contrario de lo que ocurre en otras naciones africanas, este racismo no responde a motivos étnicos, sino tan sólo a económicos. «Desde hace meses, los surafricanos tienen miedo, no de nosotros como inmigrantes, sino de nosotros como ciudadanos pobres. Su miedo es, tras años de bonanza económica, poder convertirse en el nuevo Zimbabue», asegura Hawu Ngwenya, que en su localidad local, Mutare, era profesor de literatura y que en Johannesburgo practica la mendicidad.
Una situación que ha provocado que en los ghettos de Primrose o Tembisa la mayor parte de los zimbabuenses malvivan ajenos a las facilidades económicas que disfrutan los surafricanos. «En cualquier ciudad africana, ser pobre y de Zimbabue es una garantía para ser despreciado», reitera Ngwenya.
Mientras en la noche del pasado viernes los refugiados de la Central Methodist House eran obligados a abandonar el centro religioso, en «The Venue», un local de moda de Johannesburgo, una fiesta exclusiva dirigida a alta sociedad celebraba el aniversario de la independencia de Zimbabue. Al menos, la entrada restringida servía de nexo común entre ambos lugares.



