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El hoy Benedicto XVI criticó la «dictadura del relativismo» en la homilía del Cónclave

Extracto de la homilía que pronunció el lunes en la Basílica de San Pedro, como decano del Colegio Cardenalicio, «por la elección del romano Pontífice»

Actualizado 20/04/2005 - 02:45:55

ROMA. Joseph Ratzinger tuvo, como decano del Colegio Cardenalicio, una presencia relevante en los días previos al Cónclave. El lunes fue el responsable de oficiar la misa previa a su inicio, y en ella pronunció una homilía en latín en la que condenaba el «relativismo», un claro mensaje de cómo será su liderazgo al frente de la Iglesia. Durante su homilía «pro eligendo Pontífice», condenó la «dictadura del relativismo» que se vive en estos tiempos.

«Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo (...). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar zarandeado por cualquier viento de doctrina, parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas».

«Madurar en la fe adulta»

Pidió ayuda para «madurar en una fe adulta y guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad». Animó a los sacerdotes a «entregar la fe a los demás» y «llevar un fruto que permanezca». Pero, ¿qué queda?, se preguntó durante la homilía. «El dinero no se queda. Los edificios tampoco se quedan, ni los libros. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todo esto desaparece. Lo único que permanece eternamente es el alma humana. El fruto que queda, por tanto, es el que hemos sembrado en las almas humanas, el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Entonces, pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios».

«El nuevo pastor que nos guiará»

Destacó que el ministerio de la Iglesia es «un don de Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo. Vivamos nuestro ministerio de este modo, ¡cómo don de Cristo a los hombres!».

El cardenal decano, de 78 años, uno de los dos únicos purpurados que ya participaron en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II, definió el momento de la elección del nuevo Pontífice «como la hora de gran responsabilidad de la Iglesia católica» y reclamó «que después del gran don de Juan Pablo II, se nos done un nuevo pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor y a la verdadera alegría».
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