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El poder de Ponce a toda máquina

ZABALA DE LA SERNAVALENCIA. De la difícil facilidad de Ponce se ha hablado y escrito hasta la saciedad. Pero ayer ese portaviones que es EP atracó en otro puerto la manida frase y puso las turbinas a

Actualizado 20/03/2009 - 02:44:25
ZABALA DE LA SERNA
VALENCIA. De la difícil facilidad de Ponce se ha hablado y escrito hasta la saciedad. Pero ayer ese portaviones que es EP atracó en otro puerto la manida frase y puso las turbinas a toda máquina. El Yorktown y el Saratoga a máxima potencia con el quinto de Garcigrande, que había traído a todos jalando por la calle de la amargura en banderillas. Se movía a velocidad tremenda, inquieta, sin fijeza. Enrique Ponce brindó a Pedro Piqueras, maestro de periodistas. Y a tal señor, tal honor: las dobladas, los doblones de apertura, sacaron chispas de las arrancadas, sobre la arena ya nocturna e iluminada. Saltaban chinas de las pezuñas del toro como balines. Y aun así seguía ardiendo el carbón en las calderas. Ponce tiró de poder, ganándole el paso y cada acción. Ni difícil facilidad ni leches, que el torero sudaba la gota gorda, arreado con fuego en los ojos y en la piel. Cuando los toros se mueven tanto, el gran público se olvida del cómo, de cómo se mueven, digo. Y éste lo hacía a distintas velocidades, a trallazos básicamente. Clase 0. La maravilla de Enrique Ponce fue poder sin someter. Vibró la plaza como si retumbara una mascletá sus cimientos. Había emoción porque aquello no paraba. Alí y Frazier, 1971. En el cierre por bajo y genuflexo, el cabrón del toro embestía a la misma velocidad del principio, con la cara unas veces así y otras asá. Demasiados vítores lo aclamaron en el arrastre, porque la victoria había sido de Enrique Ponce: dos orejas y trigésima sexta puerta grande en Valencia.
Toda la corrida fue otra historia. La historia, el argumento, había sido Ponce. Se despedía Esplá de Valencia, y al diputado taurino Isidro Prieto no se le ocurrió otra cosa que al romper el paseíllo homenajear al equipo médico en el ruedo, merecidísimo tributo, seguro, pero inoportuno. La ovación para sacar al veterano maestro alicantino al tercio hubo que esperar. El toro que rompió plaza, cinqueño, bajo, muy serio, enseñando las palas, fue bravo, encastado, importante de verdad. Luis Francisco Esplá se lo dejó crudo en el caballo y pasó las de Caín con los palos. Son 51 tacos por muy preparado que se esté. Y después hizo un esfuerzo por la quietud, por ligar, por correr la mano más que nunca. La estocada trasera retrasó mucho la muerte y el toro, de nombre «Comendador», como el del Tenorio que tantas veces produjo Gustavo Pérez-Puig en el Teatro Español, se arrastró entero. Un fleco: fue a morir a toriles.
Esplá dijo adiós con un cuarto que representó mucho lo que fue el sexteto de Garcigrande, suelto de cara, poca fijeza, de meterse por dentro. El momento de luz se resumió en el tercio de banderillas compartido con el banderillero Domingo Navarro.
A Vicente Barrera le tocó un buen y anovillado tercero, pero Barrera ni está ni se le espera. El sexto parecía reparado de la vista en la media distancia, y el diestro valenciano, reparado de todo, vestido de Milano viejo.
Ponce había tenido un segundo informal y sin ritmo al que tapó mucho. Para destaparse luego.
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