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Centenario de Julián Cortés-Cavanillas

HACE cien años, el 9 de marzo de 1909, nació en Madrid mi entrañable amigo Julián Cortés Cavanillas, secretario general de la redacción de este diario ABC y su jefe de relaciones políticas. Sus dos

Actualizado 20/03/2009 - 02:48:58
HACE cien años, el 9 de marzo de 1909, nació en Madrid mi entrañable amigo Julián Cortés Cavanillas, secretario general de la redacción de este diario ABC y su jefe de relaciones políticas. Sus dos eufónicos apellidos se hicieron tan célebres que decidiría unirlos mediante un guión (debió tomar como segundo apellido Gil) para que pudieran usarlos los tres hijos que tuvo con su mujer, Juanita Pineda: Alfonso (cuyo padrino fue el Rey Alfonso XIII), María Cristina (ahijada de la Infanta Doña María Cristina de Borbón y Battenberg) y Julián (apadrinado por el Rey Humberto de Italia).
Pienso que su mayor elogio puede encontrarse en estas palabras de una carta que me escribió la citada Infanta Doña María Cristina, hija segunda de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia: «era un encanto de hombre y leal como nadie».
Estudió Derecho junto con las asignaturas que acababa de crear Ángel Herrera Oria en El Debate, y fue el benjamín de esa Escuela de Periodismo, la primera que existió en España. Me hice amigo suyo cuando él tenía 72 años y yo solamente 19. Tres años antes yo había encontrado de forma azarosa, en una librería, su libro Alfonso XIII. Vida, confesiones y muerte. Después de leerlo por segunda vez me decidí a escribirle una carta, en 1981, diciéndole que me encantaría conocerlo personalmente. Enseguida me contestó con otra e incluso me llamó por teléfono para invitarme a ir a una conferencia que daba, al final de la cual me acerqué a saludarlo, y desde entonces me brindó una extraordinaria amistad. Quería que yo me quedara con su biblioteca y documentos, pero nunca lo pude aceptar.
A sus 23 años publicó -costeándolo de su bolsillo- el libro La caída de Alfonso XIII (Causas y episodios de una revolución), en defensa del Rey recién exiliado, obra que entre 1932 y 1933 obtuvo gran éxito, con ocho ediciones y cerca de 50.000 ejemplares vendidos, cifra enorme para aquella época. Gracias a su amigo Florestán Aguilar, pudo conocer personalmente, en su destierro de París, el año 1932, a Don Alfonso, que se asombró de su juventud y lo felicitó por ese libro que había publicado sobre él. A partir de 1933 el Monarca le hizo a su principal biógrafo unas extensas confidencias -en París, Fontainebleau (en cuyo parque le tomó una foto que el Rey firmó con un «¡Viva España!») y Roma- que se han hecho imprescindibles para que los historiadores conozcan el pensamiento y la personalidad de Alfonso XIII. Cuando Cortés-Cavanillas le explicaba cómo veía él la situación española, «jamás -escribió- ningún grande de la tierra puso más atención que este Soberano escuchando a un súbdito joven». Una vez, al despedirse, cuando Don Alfonso le dijo abrazándolo que era feliz de que pudiera volver a España y le deseaba que Dios le diera un buen viaje, Cortés-Cavanillas prorrumpió en llanto angustioso por la pena que le daba que el Rey tuviera que quedarse en el destierro.
El Monarca destronado apadrinó su boda en 1935 (le regaló una pitillera de plata con su firma, que luego se la robarían en Roma). Escribió dos preciosos libros sobre sus padres, Alfonso XII y María Cristina. Tenía verdadera pasión por Don Alfonso XIII y su Familia Real. Se jugó la vida por ellos.
El 5 de agosto de 1936 fue detenido y conducido a la cárcel de San Antón, en la Calle de Hortaleza. Allí se encontró con un preso ilustre: Pedro Muñoz Seca. La tarde del 7 de noviembre -tras haber presenciado por la mañana cómo sacaban de la cárcel a unos 160 cautivos- estaban sentados ambos en una angosta camareta, y el autor de La venganza de Don Mendo le dijo: «Querido Cortés-Cavanillas, tenga la seguridad de que los pobres que han sacado esta mañana han sido fusilados a estas horas. No nos hagamos ilusiones. Hoy la saca ha sido de militares. Otro día nos sacarán a nosotros para tener el mismo fin». La noche del 27 de noviembre Muñoz Seca fue sometido a un absurdo interrogatorio; después llamó a Julián para decirle: «Nos matan, nos matan»; a continuación se puso a escribir una carta para su mujer y le pidió a Cortés-Cavanillas que buscara a un sacerdote. Al día siguiente fusilaban a Muñoz Seca en Paracuellos. Milagrosamente se salvaba Cortés-Cavanillas.
A partir de 1945 fue corresponsal de ABC en Roma durante veintiún años. Sus crónicas -unas siete mil- sobre el Papa, el Vaticano e Italia, publicadas en este diario, eran muy esperadas y ampliamente leídas en toda España. En Roma tenía su vivienda en un lugar espectacular: la Piazza Navona, con vistas sobre las fuentes de Bernini. Popularísimo en la España de su tiempo, apenas se sabe hoy de él. Parece salvarse del anonimato gracias a una brevísima actuación en la película Vacaciones en Roma.
Fue enviado especial de ABC en veintidós países. Durante uno de los últimos viajes, mientras dormía sentado en la butaca del avión que trasladaba a los Reyes, Don Juan Carlos le hizo unas graciosas fotos que luego se las envió a su casa. Eran inmensas su devoción y lealtad al Rey; le profesaba verdadero amor. Nunca se había sentido tan feliz como cuando, en una audiencia, Don Juan Carlos lo cogió en brazos -era bajo de estatura- y le preguntó dónde quería sentarse: «Julián, ¿qué prefieres, sillón o diván?».
Escribió numerosos libros. Entrevistó a importantes personas. En 1976 publicó con enorme ilusión un libro que tituló Alfonso XIII y la Guerra del 14, sobre la admirable obra humanitaria del Rey durante la Primera Guerra Mundial, escrito sirviéndose de una documentación inédita y sensacional del Archivo privado del Monarca en el Palacio Real de Madrid: salvó del fusilamiento a 102 condenados a muerte y ayudó a millares de prisioneros de los dos bandos beligerantes. A pesar de su descomunal importancia, esa obra apenas se vendió, generó pérdidas. Lo mismo ocurrió con otro libro suyo publicado en 1978: Crónica de Juan Carlos, Rey.
El amor que tenía por Roma hizo que consiguiera que Madrid pusiera a una plaza su nombre, porque no había nada en la capital de España que, correspondiendo, recordara a aquella Ciudad Eterna que nos honra con la Piazza di Spagna. Se afanó (con mi modesta contribución, de la que se hizo eco un editorial de este diario en febrero de 1982) por conseguir que la Ciudad Universitaria de Madrid tuviera algún recuerdo de su olvidado fundador.
Fue una de las personas más bondadosas que he conocido; yo le decía que tenía un corazón de oro. Sintió mucho la muerte de su perra «Perla». Solía repetir una admirable definición que, según él, da Don Juan Carlos cuando un perro mueve el rabo: «la alegría de Dios». Me preguntaba si, tras su muerte, yo me iba a acordar de él. En 1992, recién fallecido, le dediqué mi tesis doctoral. Y en 1997 le dediqué mi libro sobre Alfonso XIII.
Fueron muy penosos los últimos años de su vida en este mundo. Leal como nadie, tuvo que sufrir diversas deslealtades. Una trombosis empezaría a mermarle facultades mentales. Hubo que ingresarlo en un centro geriátrico, adonde yo acudía a visitarlo siempre que venía a España desde, precisamente, Roma, ciudad en la que tuve que residir a partir de 1989. Recién llegado a Roma para emprender mi último curso allí, en octubre de 1991, viví una maravillosa experiencia. En la noche del 14 al 15 de octubre, mientras yo estaba durmiendo, fui despertado por la voz de Cortés-Cavanillas, que clara y misteriosamente, con su característica sonrisa tan abierta y sus chispeantes ojos, me llamaba jubiloso pronunciando mi nombre como él acostumbraba a hacer cuando estaba bien. Al día siguiente, 16, los periódicos daban la noticia de su muerte, ocurrida -según me contó más tarde su familia- justamente en aquella hora en la que me llamó (como un fulgor nocturno desde Madrid hasta su queridísima Roma) para hacer que yo comprendiera que, en ese preciso momento, se libraba de los sufrimientos de este mundo y que entraba a ganar la corona merecida del Reino de los Cielos.
Profesor de la Facultad de Filosofía «San Dámaso» de Madrid
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