domingo, 21 de marzo de 2010
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Vicente Barrera cruza a hombros la puerta grande de la plaza de Valencia Israel García
Vicente Barrera cruza a hombros la puerta grande de la plaza de Valencia Israel García
20-3-2002 00:23:37

VALENCIA. No lo va a tener difícil Daniel Dupuy para conceder su trofeo de naturales de oro y brillantes. Vicente Barrera se vistió ayer de favorito y, por cierto, bastante mejor que el día anterior. La gran suerte de Barrera en su carrera ha sido nacer en esta bendita tierra con una Feria como la de Fallas a principio de temporada, cuando casi siempre le ha sonreído la fortuna. Ayer, de nuevo, una mueca de la caprichosa diosa le cruzó en el camino el lote propicio para el éxito, dos toritos a modo. El diminutivo no es por cariño, sino porque el trapío de ambos ejemplares de Torrestrella se escondía detrás de unas hechuras anovilladas. En general, las Fallas de 2002 han supuesto un paso atrás en la presentación de las corridas. Lejos, muy lejos, del toro que merece Valencia han seleccionado y escogido ¿la empresa, los toreros o los ganaderos?

El conjunto enviado por don Álvaro no ha roto la tónica de la semana ni ha significado ningún escándalo especial. Correspondía perfectamente al nivel marcado. Hoy en día, la Fiesta está al revés: mientras en Madrid echan corridas de toros para los chavales, aquí, ha habido cuatreños que, con las exigencias de Las Ventas, a duras penas hubieran superado el aprobado en festejos menores. Estamos en que el toro grande, ande o no ande, no conduce a ninguna parte. Pero el intento de moderación puede acabar mal, en una vuelta al pasado, años 50 y 60, y además sin la casta de entonces. Ojo: Castellón y Valencia, que sirvan de toque de atención. No únicamente para los ganaderos, porque la torería actual debe reflexionar también.

Barrera regresó por sus fueros gracias al tranco del segundo. Resucitó la verticalidad y la ligazón, empleada a fondo sobre la mano derecha en tres series que fueron de un matiz un tanto embarullado a una mayor serenidad. Al natural, que ya está dicho, templó mucho y volvió a aparecer ese corte amanoletado, que incluye un cite perfilero y al hilo, un cierto retraso de la muleta y, por supuesto, la emoción que provoca hacer el toreo en un adoquín.

El diestro valenciano, el nieto del Barrera rey del descabello, que conviene matizar porque ayer los tres habían nacido bajo el azul más azul de España que es el cielo de Valencia, cortó una oreja después de pinchar en una ocasión. Entreabría la puerta grande.

Y con el quinto, colorao, sin fuerza ninguna, la justa o ni eso para desarrollar una calidad de almíbar, descerrajó la salida a hombros. Requiso el torrestrella mimos, cuidados que Vicente le aplicó despacio sobre ambas manos. Estocada delantera y dos descabellos. Más que el triunfo en sí, quizá sea más importante el reencuentro de Barrera consigo mismo. Ojalá lo repita con el toro.

Enrique Ponce lidió con el ensabanado, calcetero y capirote sobrero que reemplazó a un feble y más que terciado primero. Se desplazó y se movió por el pitón derecho, sin la clase de los otros ya contados. Hubo un momento en que parecía que la faena despegaba: con dos obligados de pecho, extraordinario el segundo, abrochó la mejor tanda de redondos y subió de grados la temperatura. Bajó el tono por la izquierda, recuperó crédito con la derecha y cogió hueso como el otro día Raúl en la vaselina que hubiera apuntillado al Barça.

Mal estilo y cobarde

Ponce se jugó el bigote con el cuarto, de peor estilo y violencia que Melchor Miralles. Repetidas veces le rebañó el corbatín, sólo que Ponce es un maestro y no una redactora acorralada en una encerrona cobarde.

El Califa necesitaba un revulsivo más importante que el que obtuvo con dos enemigos que se apagaron poco a poco, aunque permitían estar y torear, sobre todo el tercero. Como evolución más positiva anotamos su capote. Al igual que sus compañeros se apuntó un aviso en cada toro: en total, seis en toda la tarde, que se dice pronto.

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