
Estas flautas chinas de hace 9.000 años todavía se pueden tocar. ABC
MADRID. Flautas fabricadas con estilizados huesos de aves, halladas en cuevas de Francia (Isturiz) y Alemania (Geissenklosterle), son hermosos testimonios de que la música nos acompaña desde hace al menos 32.000 años. Es muy posible, sin embargo, que los primeros instrumentos se construyeran con bambú y otros materiales que no fosilizan, probablemente hace 150.000 años e incluso antes de la aparición de nuestra especie (Homo sapiens). Por eso no resulta extraño que los científicos también piensen que la música es una actividad humana muy relevante. Las discrepancias surgen al aventurar hasta qué punto pudo ser importante para la evolución de la humanidad.
Esas dudas no existen cuando no es la música, sino el lenguaje, lo que centra el debate científico. Hoy difícilmente pueden oirse voces en el mundo académico que pongan en solfa la irrupción del lenguaje en los humanos, a través de un proceso de selección natural. La explicación más convincente para todos es que al empezar a hablar, mejoró la capacidad de comunicación, las posibilidades de reproducción y la supervivencia de los primeros humanos.
Sin embargo, las opiniones son variopintas cuando se analiza la utilidad y ventajas evolutivas que podría conferir la música. Steven Pinker, lingüista del Instituto Tecnológico de Massachusetts, prendió la mecha de la polémica hace siete años. En su libro «Cómo funciona la mente» espetó que la música no es una habilidad central de nuestro cerebro sino un subproducto derivado de otros procesos que sí resultaron importantes para los humanos, como la cadencia natural del habla o la habilidad para entender sonidos en medio de un fondo cacofónico. Para Pinker, desde el punto de vista evolutivo, la música no tiene la indudable utilidad del lenguaje. «Es una tecnología, no una adaptación evolutiva», aseveró.
El neandertal cantarín
Los argumentos de Pinker suscitaron con prontitud controversia entre especialistas. Elizabeth Tolbert, de la Universidad Johns Hopkins, replicó que la música guarda un estrecho paralelismo con el desarrollo del simbolismo y el movimiento corporal. La música coevolucionó con el lenguaje, respondió Tolbert. Y Nicholas Bannan, de la Universidad de Reading, contestó que el «instinto de cantar» fue tan intenso como el «instinto de hablar».
En un pionero congreso internacional que acaba de celebrarse en esa Universidad, las hipótesis de Pinker estuvieron en el epicentro del agitado intercambio de opiniones de científicos y musicólogos que, por primera vez, se vieron las caras para debatir. En este congreso organizado por el arqueólogo Steven Mithen, autor del libro «El Neandertal cantarín», Ian Cross, de la Universidad de Cambridge, defendió que la universalidad de la música y la habilidad que muestran los niños para ejecutarla son claras evidencias de que la música tiene profundas raíces biológicas en nuestro cerebro. Según una extensa reseña de este simposio elaborada por «Science», Cross y otros investigadores aludieron a los estudios neurobiológicos de Isabelle Peretz, en la Universidad de Montreal. Esta investigadora demostró hace tres años que distintas regiones del cerebro están especializadas en el procesamiento de los sonidos musicales.
Al término de la reunión parece que cuajó la idea, en la mayoría de los científicos, de que la música no sólo es una habilidad cognitiva independiente del lenguaje, sino que está claramente enraizada biológicamente en nuestra especie. Las discrepancias son todavía múltiples a la hora de postular cuáles fueron las ventajas que proporcionó la música a la humanidad. Una hipótesis minoritaria fue esgrimida por el profesor Geoffrey Miller, de la Universidad de Nuevo México. En su opinión, la música alcanzó su sentido evolutivo al ser utilizada por nuestros antepasados para mostrar su capacidad para la reproducción sexual, como está documentado en muchas especies de aves. Pero la teoría con más apoyos es la que atribuye a la música un papel importante como factor de cohesión social. La capacidad para coordinar acciones, recordaron muchos científicos, habría resultado esencial para la supervivencia de los homínidos que nos precedieron.



