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Stalin, la irresistible atracción del mal

El filósofo Xavier Antich y los novelistas Antonio Muñoz Molina y Luis Mateo Díez acompañaron al editor Joan Tarrida y a la traductora Marta Rebón en la presentación de la primera edición a partir del

Actualizado 19/09/2007 - 08:17:14
El filósofo Xavier Antich y los novelistas Antonio Muñoz Molina y Luis Mateo Díez acompañaron al editor Joan Tarrida y a la traductora Marta Rebón en la presentación de la primera edición a partir del ruso de una de las cumbres de la literatura de todos los tiempos: Vida y destino, de Vasili Grossman.
Antonio Muñoz Molina hizo una metáfora de geógrafo para asegurar que «además del Everest y del Aconcagua, existe un monte semejante que nadie había visto, porque, cuando se publicó en 1985 una versión incompleta, realizada del francés a partir del manuscrito que Sajarov había sacado de la URSS, la tuve en casa y no la leí. Fue como haber tenido Las Meninas y no haber mirado el cuadro, porque la mirada es una actitud y una opción. En Francia, había tenido un gran éxito y suscitó un enorme debate. Aquí no tuvo resonancia por una razón ideológica: no había voluntad de que el libro fuera leído. España estaba fuera del debate sobre el totalitarismo y también sobre el Holocausto, quizá porque corríamos el peligro de que nos llamaran sionistas. Padecíamos un sutil estalinismo cultural».
Luis Mateo Díez quizá fue uno de los pocos que sí reparó en la novela «gracias a que he tenido amigos que eran mucho menos progres que los progres y que me la recomendaron. La leí con una emoción que no puedo comparar con la de otras obras que también han marcado mi punto de vista. Una emoción perturbadora que se iluminó con el ensayo «El siglo de Grossman» (incluido en el libro de Tzvetan Todorov Memoria del mal, tentación del bien. Península), que refiere la contraposición entre la bondad y la libertad con el Bien. Pero esta novela tiene ese plus que al conocimiento de las cosas aporta la ficción: un compromiso tremendo con la vida».
Díez piensa que Grossman se vincula con las tradiciones de Guerra y paz de Tolstoi y de Los hermanos Karamázov, Crimen y castigo o Los demonios de Dostoievski; pero también, con la de Chéjov. «Muestra con la mirada lo grande y lo pequeño. Compagina la idea de la bondad que justifica lo mejor que somos, con la idea del Bien, que justifican los sistemas totalitarios. Y es que Grossman se fija en los seres humanos. Así, en la novela dice un comisario político: «La Historia ha salido de los libros para colarse en la vida de las personas». Grossman narra con la épica tolstoiana y con la de la retaguardia traicionada».
Tolstoi, Dostoievski y Chéjov
Coincidió Muñoz Molina en esa triple filiación. «Con Tolstoi, comparte la idea de novela como mecanismo que abarca el mundo entero, lo público y lo privado, con una visión poliédrica de la vida. Para saber algo del sentimiento de culpa de la víctima y el modo en el que el totalitarismo la convierte en colaboradora del verdugo, hay que ir a Dostoievski. Pero Grossman asume la democracia de Chéjov, porque el totalitarismo tiende a la negación de la vida humana concreta. Y ese espacio es antitotalitario por definición, porque el relato de la experiencia humana lo desafía». Muñoz Molina concluyó con una terrible cita de Primo Levi: «Todo testimonio de un superviviente está fatalmente limitado, porque éste no ha bajado al fondo, simplemente, porque puede darlo; mientras que el que llegó al fondo, no. Grossman traspasa ese límite con la ficción, porque llega a la cámara de gas y sólo la ficción puede dar cuenta de eso. El hombre que escribió las grandes crónicas periodísticas de Stalingrado, tuvo que volver a allí con la ficción. Escribe la novela sabiendo que era imposible su publicación, y muere convencido de que se ha perdido para siempre».
Y es que el KGB secuestró el manuscrito, los apuntes, las notas, borradores y hasta la cinta de la máquina con la que mecanografió la novela. Xavier Antich recordó que Grossman le escribió a Jruschov: «No he llegado a la conclusión de que contenga falsedades. He escrito lo que pensaba, sentía y he vivido en la Gran Guerra. Puede que no sea fácil digerir sus páginas pero tenía que escribirlas».
El filósofo señaló que «Steiner consideraba que novelas como Vida y destino «eclipsan todo lo tenido por ficción seria en el siglo XX». Ésta es una novela que transcurre durante el sitio y la contraofensiva de Stalingrado en las dos orillas del Volga. Una novela coral que da voz a más de 200 personajes: soldados, campesinos, jóvenes, viejas y viejos, alemanes, rusos, judíos, comunistas escépticos y bolcheviques convencidos, jerarcas como Hitler, Eichmann, von Paulus... Una visión del horror de los campos de exterminio nazi y de las víctimas de las purgas soviéticas. Un relato de una altura ética que no tiene parangón, una novela del sufrimiento, de la piedad y de la compasión».
Y recomendó especialmente la lectura del capítulo XVIII de la 1ª parte (carta de una madre judía que va a ser gaseada a su hijo); el XV de la 2ª parte (conversación entre un comandante de campo de exterminio nazi con un bolchevique, en la que le dice: «Cuando usted y yo nos miramos, no sólo contemplamos el rostro que odiamos, sino que nos vemos en un espejo»; el XVI de la 2ª parte (Grossman reflexiona sobre el hecho de que los grandes crímenes de la historia moderna se han cometido en nombre del Bien). Y los que van del XLII al L de la 2ª parte, «en los que Grossman -concluye Antich- se atreve a llevar el relato al interior de una cámara de gas. Nadie ha llegado nunca tan lejos».
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