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Salzburgo Tito calienta el festival

Nikolaus Harnoncourt ha elegido para la que se anuncia como su despedida del Festival en el plano operístico el título que la crítica ha elogiado más unánimemente de los cuatro afrontados desde su

Actualizado 19/08/2006 - 02:58:52
Nikolaus Harnoncourt ha elegido para la que se anuncia como su despedida del Festival en el plano operístico el título que la crítica ha elogiado más unánimemente de los cuatro afrontados desde su regreso al foso salzburgués en 2002: «La clemenza di Tito», la penúltima ópera de Mozart, con la que en 1791, pocos meses antes de su muerte, regresó al género histórico-trascendental abandonado tras «Idomeneo», una década atrás. La madurez del compositor salva todos los escollos, repartiendo juego vocal como en pocos de sus trabajos. Para dejarlo patente es necesario contar con manos que lo cuiden. Y para ello, nadie mejor que Harnoncourt, que ha dado con la medida de la música del salzburgués, aunque algunos se hagan cruces por su personal lectura. No es el caso frente a su interpretación de esta obra. Tal vez porque la mencionada carencia impide su confrontación con otras versiones «referenciales». Pero ante todo, porque la premeditada lentitud que Harnoncourt propone a la orquesta encaja bien en el concepto dramático.
Por las dos razones apuntadas: su inminente salida y el tratamiento de la masa orquestal con una agrupación de tanto peso y tan capaz frente a la obra mozartiana como la Filarmónica de Viena, Harnoncourt fue el triunfador de la noche. Además de por haber redondeado un reparto de excepción. De todos ellos, las mayores aclamaciones del público fueron a parar a la mezzosoprano Vessselina Kasarova, que lleva dando vida en Salzburgo a Sesto en todos los montajes de esta obra programados desde 1997. Hasta hacer suyo el papel, como pronto se podrá comprobar en el Liceo barcelonés, donde estará acompañada del otro vencedor en la noche del estreno: Michel Schade, excelente como Tito, demostrando su limpieza en las tesituras altas, contrastando con su exquisita habilidad en los pianísimos y su ductilidad con los recitativos, llegando en ocasiones a convertirlos -por exigencia del «guión Harnoncourt»-, en simples recitados. Poco hay que descubrir de Dorothea Roeschman, para imaginar su fuerza dramática a la hora de desenvolverse como la ambiciosa Vitellia, espoleta del drama. Con ellos, Luca Pisaroni, incondicional, como los anteriores, de Harnoncourt, dejó alto el pabellón como Publio. El remate le cupo a dos voces nuevas en el ruedo de la ópera salzburguesa: la soprano Alexandra Kurzak, sustituyendo en último momento a Barbara Bonney, para deleite del público, y la mezzo Malena Ernman, aclamada como Annio.
El mejor montaje mozartiano
A la hora de los elogios habría que ensalzar en la medida que le corresponde a Martin Kusej, que firmó con esta producción el mejor montaje mozartiano de la era Ruzicka, y uno de los más logrados de la historia del festival, estructurando su trabajo por dos vías. A la hora de dibujar personajes, instalando como eje de la acción a un Tito solitario, introspectivo, fiado en la solidez de su poder hasta el punto de negar la posibilidad de que nadie intente usurpárselo: la respuesta la encontrará en la gran tela de araña que tejerán alrededor del trono sus personajes más cercanos, a los que, su corazón infinito, acabará perdonando. La otra apuesta es la puramente arquitectónica, situando la acción en un entorno al tiempo decadente y de «work in progress». Un espacio en el que no nos deja percibir si el imperio en el que convierte la escena -un gran edificio en construcción, con las vigas aún al aire, centrado por el lujo de una elegante sala regia- está fortaleciéndose o es la sombra de uno ya desmoronado. Las imágenes de las derribadas torres gemelas del programa de 2003, cuando aún flotaba en las cabeza de todos el humo del atentado neoyorquino, han desaparecido en esta ocasión. Tal vez asumiendo que, para una historia que se mueve en torno a una cadena de traiciones, complots y fabulaciones que desmboca en la ceguera del terror -el realismo de la bomba que estalla al final del primer acto asustó a más de un asistente-, el retrato de cualquier rincón del mundo podría servir como adecuada imagen de fondo.
POR JUAN ANTONIO LLORENTE
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