Lo que más temía el PP era a la siniestra Ley de Murphy, el cálculo negativo de probabilidades, la misma ley que en la crisis del «Prestige» hizo que todo lo que podía salir mal saliese, efectivamente, desastroso.
Al final, en la campaña los populares estaban teniendo incluso algo de suerte; la guerra de Irak acabó a tiempo de sedimentar el clamor popular, Aznar se había echado el partido a la espalda y los datos sociológicos repuntaban al alza, a la espera de la «salida del armario» de esos indecisos que ocultan el voto desde que la guerra ocupó todo el espacio mayoritario de la opinión pública. El Gobierno esperaba el final de la cuenta atrás con las manos juntas y los dientes apretados; su máxima aspiración era que no pasase nada.
Pero ha pasado. Murphy se ha hecho presente en Marruecos en el momento más inoportuno. Los integristas de Al Qaida, o quienes hayan sido los autores de la barbarie de Casablanca, quizá no sepan que en España hay elecciones, pero han servido en bandeja el argumento que permite dar la vuelta al suave optimismo gubernamental. Estos tipos, como los de ETA, envuelven sus mensajes en sobres de sangre y fuego. Y el mensaje es claro, por mucho que Aznar tratase de minimizarlo: estamos en el punto de mira.
De repente, los socialistas y la izquierda, un punto apagados en la campaña ante el empuje del presidente, se han encontrado con la baza exacta para montar la estrategia de la última semana. Los sondeos estaban demostrando que insistir en la guerra empezaba a ser contraproducente porque revelaba síntomas de ventajismo oportunista, pero las bombas de Casablanca constituyen una «percha» para reactivar el ataque. Una percha todo lo desaprensiva que se quiera, pero cuando el poder está por medio todo parece permitido.
Por eso, Zapatero golpeó ayer sin piedad en el yunque del miedo. Con cierto miserabilismo, contrapuso el éxito aznarista de la inclusión de Batasuna en las listas del terrorismo internacional con la evidencia de que los chicos de Bin Laden nos han puesto a los españoles en su lista de asesinables. El argumento es impío, un poco canalla, pero demoledor.
Zapatero, que venía de despertar en Sevilla un entusiasmo perfectamente descriptible -pinchazo gordo de asistencia en el feudo del tardofelipismo, refractario a la renovación-ha revivido ante la posibilidad de pasarse la última semana zarandeando al adversario por las solapas.
El argumentario socialista apela sin remilgos al miedo de la gente, y lleva dentro la metralla de los sentimientos primarios. Pero permite acabar la campaña donde la quería mantener la izquierda: sobre los rescoldos de la guerra. A ver quién habla ahora de los baches o las farolas. Las farolas se han vuelto de derechas, y Murphy sigue barajando las cartas de sus siniestras probabilidades.



