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DÍA DEL LIBRO, LIBRO DE UN DÍA...

Actualizado 19/04/2006 - 03:18:34

ENRIQUE BADOSA

Una vez más, «Laus Deo», celebraremos un Sant Jordi -¡que siempre nos proteja!- de rosas y libros. Festividad que a un tiempo gozan el letraherido y aquel que no muy a menudo se dispone a leer una novela a veces, más raramente un poemario. El libro y la rosa como ritual, para el obsequio a otro, a otra, a sí mismo. Y ahora que he escrito esto de «letraherido», recuerdo que el diccionario de la Real Academia todavía no lo acepta. ¿Tal vez en la próxima edición? Debiera. A pesar de ser galicismo, se halla ya muy introducido lo mismo al hablar que al escribir. Sin embargo, el diccionario catalán sí lo acepta. El francés «lettreferit», en versión catalana, aparece ya en «Diccionari Català-Castellà», de los de «Enciclopedia Catalana», con el muy vago significado de «literato».

No siempre, ni mucho menos, el «lettreferit» es literato, alguien que escribe. El término -neologismo también en francés- lo acuñó nada menos que Montaigne, allá en el siglo XVI. Aparece en su ensayo «Du Pedantisme». Texto en el que critica, satiriza y da nombre de «lettreferits» a aquellos «a los cuales las letras han dado un martillazo...» Aquellos que sufren el digamos vicio de leer, y que leen todo cuanto cae en sus manos, lo entiendan o no. Ignoro cuándo este término ingresó en España, vía Cataluña sin duda. Aquí se empezó a emplear mucho en los años 50 de la pasada centuria, y de Cataluña pasó al resto de España: primero en sentido peyorativo, pero el intelectual y el escritor catalán poco a poco lo fueron aceptando en el más vasto sentido de «hombre de letras», escritor o simple lector, pero de los entendidos.

Con este último sentido pasó al castellano, y en ambas lenguas, lo mismo en castellano que en catalán se usa con una cierta sonrisa, aunque no con poca seriedad. Es palabra vigente, y me ha faltado tiempo para ver si el diccionario del español actual de Seco lo registra: lo registra. En el «Panhispánico de dudas» no se halla. Lo más sorprendente: no viene en diccionarios franceses etimológicos, ni en el famoso y general, moderno, de «Larousse». ¿Será que el término sigue más vivo en catalán y en castellano que en francés? Sea como sea, puede que no resulte del todo erróneo evocarlo precisamente durante el Día del Libro, y predicarlo tanto del que yo llamo «letradicto» -sin ironía o sátira algunas- como de quien, a favor de otro o de sí mismo, durante esta jornada adquiere un texto con la sanísima intención de leerlo. ¿Y qué libro adquiere? Si se trata de un buen lector, de un letraherido, tendrá pocos o ningún problema al escoger. No será víctima, qué va, de tanto «besele» que si lo es por la cantidad de ejemplares vendidos, pocas veces lo será por su contenido, el de un «libro del día» por mor de causas no siempre válidamente literarias. O sea, «un libro de un día».

El tal libro suele durar lo que la moda que lo magnifica. A menudo causa desilusiones y frecuentemente acaba en la más actual de las bibliotecas: no ya la del librero de viejo, sino la del contenedor de la esquina. Durante el 23 de Abril, cuántos libros de un día se compran, se regalan, pero después de todo no está mal. Un libro mediocre también puede suscitar el deseo de mejores lecturas, quizá conduzca a esta suerte de réplica a Montaigne que hizo otro francés en el siglo XX, Valéry-Larbaud, cuando dijo aquello -que me gusta repetir- de «este vicio impune, la lectura». Hoy como nunca, por fin y finalmente la publicidad apoya al libro, a su autor, a su editor, a su vendedor. Y esto es bueno, por más que no sea bueno todo lo publicitario.

Hay que crear más y más letraheridos, hay que propiciar ese «vicio impune». Y tampoco está nada mal que con el libro ofrezcamos una rosa a quien los sabrá apreciar, o quizás sólo a uno mismo.
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