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Lagartijo, el torero predilecto de Barcelona

A través de diversas lecturas saqué la conclusión de que fue el torero más artista de su época y lo que hasta entonces tenía perfil de lucha, inconscientemente él le imprimió un aire mimbreño, ágil y armonioso al moverse entre los toros, provocando singular belleza

Actualizado 19/03/2006 - 03:41:15
Rafael Molina «Lagartijo», el torero más artista del siglo XIX
Rafael Molina «Lagartijo», el torero más artista del siglo XIX

TEXTO: ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS FOTO: ARCHIVO A. S. C.

BARCELONA. Encamino mis pasos de nuevo hacia la antigua plaza de la Barceloneta y me detengo en consideraciones con uno de los toreros más importantes del siglo XIX. Quiero ocuparme de Rafael Molina «Lagartijo» porque con representar una época del toreo gozó de mucho prestigio entre la afición catalana.

Sobaquillo (don Mariano de Cavia), a quien Castro y Serrano consideró como «la joya exquisita de la Prensa española», inventó para él el hiperbólico apelativo de Califa, considerando que Rafael era en el toreo lo que en la España árabe fue el primer califa en Occidente, Abderrahmán I, al reinar en Córdoba en el siglo VIII.

A través de diversas lecturas que cayeron en mis manos saqué la conclusión de que Lagartijo fue el torero más artista de su época y lo que hasta entonces tenía perfil de lucha no juego, inconscientemente él le imprimió un aire mimbreño, ágil, armonioso y rítmico al moverse entre los toros, provocando una singular belleza.

Citaré cuatro generalidades, las justas para ubicarle mejor, y pretendo centrar más su incuestionable figura en sus pasos por la plaza de El Torín. Lo que diríamos el apunte biográfico de Lagartijo el Grande. Rafael Molina y Sánchez nació en Córdoba el 27 de noviembre de 1841. Hijo del modesto banderillero Manuel Molina «Niño de Dios». Le otorgó la alternativa Cayetano Sanz el 15 de octubre de 1865 en la plaza de Madrid cediéndole la muerte del toro «Barrigón» de doña Gala Ortiz. Unos días antes, el 29 de septiembre, El Gordito le había cedido los tratos en Úbeda. En la plaza de Madrid llegó a torear 421 corridas y en provincias 1.224 corridas y el número total de toros que estoqueó asciende a 4.872. Y con ello pongo punto final a este relato.

En la feria de Granada de 1868, en la primera de cuyas corridas -la del 7 de junio- se encontró en la plaza con Salvador Sánchez Povedano, apodado Frascuelo.

Sólo a Frascuelo dio Lagartijo beligerancia. Si será buen torero -decía- que lo comparan conmigo. Había surgido una de las más grandes parejas de la historia.

Lagartijo es un gran estoqueador y banderillero. Su prestancia en banderillas es tal que un crítico de arte -don Francisco Alcántara- dice de la euritmia de sus líneas «que aventaja a la estatuaria griega.»

No queda aquí la cosa. Romero Robledo, porque un día en la estación de Córdoba hablando con Lagartijo se ha olvidado del obispo, exclama:

- ¡Obispos hago yo cien de un plumazo! ¡Y Lagartijos no nace más que uno!

Y, hablando de la estética del toreo, contemplando a Lagartijo en cualquier actitud y a propósito de su armonía de líneas y de la natural sencillez de sus movimientos, se cuenta que un monosabio de la plaza de Madrid, idólatra suyo, no perdía detalle de lo que hacía Rafael antes de hacer el paseo las cuadrillas.

Sabido es que los toreros ponen especial cuidado al ceñirse el capote de lujo, para que su figura resalte más; Lagartijo jamás tuvo este cuidado; cuando sonaba el clarín ordenando la salida, se cubría con el capote por la espalda, cogía como al desgaire uno de sus vuelos, lo fijaba con la mano izquierda en la cintura y en un momento quedaba dicho diestro con perfil tan clásico y de tal majeza, que el monosabio, situado cerca de él para contemplarle, exclamó entusiasmado más de una vez: «¡La custodia!»

Demos cuenta de algún suceso de este torero ocurrido en Barcelona. Rafael Molina «Lagartijo» era un apasionado de los gallos de pelea. Nada extrañará, pues, que insistiera a su picador Onofre para que le vendiera un ejemplar notabilísimo. El día 24 de junio de 1872 toreaba Onofre una corrida en Barcelona a las órdenes de Rafael Molina. Se lidiaron toros de Laffite y de don Rafael José Barbero, ganado duro en extremo. Uno de los toros, de nombre «Medianito» aguantó una serie de puyazos inacabable. El tercio iba desarrollándose con perfección hasta que en uno de los encuentros el picador dio con sus huesos a tierra. «Lagartijo» abrió el capote y como si todo aquello no fuera para él más que un juego, mantuvo a raya al animal. Quitándole importancia a la situación en que se hallaba el piquero, le preguntó con cierta ironía:

- ¿Me vendes el gallo? Habla pronto o suelto al toro.

El pobre Onofre no tuvo más remedio que claudicar.

- Te lo vendo.... No, no te lo vendo, te lo regalo, pero llévate a ese pájaro que viene a por mí.

Ninguna anécdota de la vida torera de Lagartijo refleja mejor la naturalidad y el profesionalismo del gran maestro.

La corrida celebrada el 22 de agosto de 1875 habrá que incluirla entre las memorables celebradas en la plaza de la Barceloneta. Actuaron Lagartijo y Francisco Díaz «Paco de Oro», lidiándose siete toros de Cipriano Ferrer, de Pina de Ebro (Zaragoza). De estoquear el séptimo se encargó el sobresaliente Valentín Cabanes «El Ches». Donde mayores explosiones de admiración y entusiasmo se produjeron fue al dar muerte Lagartijo al quinto, llamado «Carretero». Al llegar al último tercio unos espectadores de barrera le entregaron un estoque con empuñadura de plata y una lujosa muleta que llevaba bordada esta inscripción: «Al popular Lagartijo, el pueblo de Barcelona». Ambas cosas utilizó el maestro, que trasteó magistralmente a «Carretero» y le dio muerte de un volapié que produjo un entusiasmo inenarrable.

Música, maestro

Hay versiones autorizadas que consideran que quizás fuera Barcelona en la corrida del 13 de mayo de 1877 donde sonara por primera vez la música en una faena de muleta de Lagartijo. Alternó con Villaverde y Manuel Molina. Pero la revista El Toril (año I, junio 1900) admite que en nuestra plaza el 13 de mayo de 1887 (aquí acepto un error de imprenta en el año) banderilleando Villaverde el sexto con Lagartijo a tal altura brilló éste que fue obsequiado con música. En cualquiera de los casos, Lagartijo se sintió atrapado por la musa del genio.

Lagartijo se retiró del toreo en 1893, despidiéndose de las poblaciones siguientes: el 7 de mayo en Zaragoza, el 11 en Bilbao, el 21 en Barcelona, el 28 en Valencia y el 1º de junio en Madrid. Dándose el caso curioso en esta capital de que por ser aquel día festividad del Corpus y como la procesión que debía celebrarse por la tarde impedía la asistencia de muchas personalidades a la corrida, se consiguió que dicha manifestación religiosa saliera por la mañana.

Como decimos el 21 de mayo se despidió de Barcelona estoqueando seis toros del Duque de Veragua. Al cuarto lo tumbó de un soberbio volapié que hizo innecesaria la puntilla. Con el que cerró plaza de nombre «Pavón» estuvo colosal. Entró siete veces a los caballos y en la última vara hizo el quite Lagartijo que terminó toreando al alimón con Torerito. Los dos banderillearon y después de una faena magnífica acabó de una gran estocada.

Acabada la corrida mucho público se arrojó al ruedo tributando a Rafael Molina un homenaje sin precedentes al que fue durante muchos años torero predilecto de Barcelona. Con tal motivo un periódico barcelonés publicó la siguiente cuarteta:

«-Tantos plácemes y vítores

van dedicados, de fijo,

a algún hombre preeminente

- Ya lo creo. ¡ A Lagartijo ! ».
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