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BEGOÑA ZUNZUNEGUI

Actualizado 19/01/2004 - 04:50:03
EL Consejo de Ministros del viernes pasado, y por una iniciativa del Círculo de Empresarios que preside Aguirre González, concedió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo a una mujer muy especial: Begoña Zunzunegui, que a partir de ahora lucirá la más alta distinción a la que puede aspirar quien ha hecho del trabajo, la constancia diaria y la creatividad uno de los objetivos esenciales de su ya dilatada vida. Esta mujer de apariencia frágil, dura como una roca, cariñosa y positiva, comenzó a trabajar a los dieciséis años cuando, tras el fallecimiento de su padre, tuvo que hacerse cargo de un pequeño negocio de aceites industriales. A los dieciocho contrajo matrimonio con «Nander» Aranguren Gárate y, como la mayoría de las mujeres de su generación, se dedicó desde entonces a su marido y a tener hijos, que iban viniendo uno tras otro. Pero en 1962, con veintiséis años y cuatro hijos, por circunstancias económicas familiares, tuvo que volver a trabajar. Comenzó dando sus propias ideas y diseños a pequeños artesanos que fabricaban lo que ella quería vender, y fue tal el éxito, que decidió entonces montar una empresa -Becara- en la que integró a sus hermanas pequeñas -Amalia y Carmen- hoy muy conocidas, también, en el mundo de la moda y del comercio. Becara es, pues, el acrónimo de BEgoña, CARmen y Amalia, «las tres zetas».
Begoña Zunzunegui inició su andadura empresarial en la mesa de su casa. Tenía un almacén pero no había ni empleados, ni teléfono, ni luz eléctrica. Ella era todos los departamentos empresariales: diseñaba, vendía, cobraba, repartía -con un 2CV- y todos los beneficios sobrantes de su apretada economía familiar los revertía en la empresa. El primer empleado de Becara -Domingo Calero Cáceres- era cartero por las mañanas y repartidor de Becara por las tardes. Luego vinieron más. Begoña abría mercados, trajo tendencias de decoración de Inglaterra que rompieron con el estilo «remordimiento» español, y no se conformó con el éxito. Fue la primera mujer que visitó China con una delegación comercial tras la apertura maoísta, después de la revolución cultural. Y luego vino la India, Filipinas, Indonesia, Vietnam y todo el lejano Oriente, en cuya zona es, además, una gran Embajadora de España. Yo tuve la fortuna de conocer en su casa a Vicente Ferrer, con el que Begoña colabora en alguna de sus obras.
Becara cuenta en España con casi trescientos trabajadores, de los cuales una gran parte es empleo femenino; da trabajo a más de dos mil personas en Oriente, donde tiene oficinas abiertas en Yakarta, Delhi y Pekín, y exporta el 55 por ciento de su producción. En la Feria del Mueble de París ha conseguido tres primeros premios consecutivos y el estand de Becara acaparó la primera plana del Frankfurter Allgemeine Zeitung por su originalidad expositiva en la Feria de Frankfurt. Y, por último y por si fuera poco, esta mujer tan especial y original es mi suegra, la madre de mi mujer y la abuela de mis hijos. A mí me pasa como a Jaime Campmany: mi suegra es algo muy especial y la cuidamos mucho. En esta época en que un impresentable Imán de Fuengirola justifica el mal trato a las mujeres, o en que los vigentes estatutos del vetusto Colegio de Abogados de Madrid dicen, todavía, que «las mujeres podrán ser admitidas al ejercicio de la profesión» (sic), el ejemplo de Begoña Zunzunegui es el ejemplo de la verdadera liberación. Se dice que detrás de un gran hombre suele haber una mujer que lo soporta. Pues sí, detrás de Begoña hay también un hombre que la ha seguido, incondicional, a lo largo de toda su vida.
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