TEATRO
«El rincón de la borracha» / «Mi misterio del interior»
El rincón de la borracha. Autor y director: Secun de la Rosa. Iluminación: Pedro Pablo Melendo. Intérpretes: N. Pinot, H. Castañeda, R. Jiménez y S. de la Rosa. Mi misterio del interior. Textos: Juan Cañas y Álvaro Tato. Dirección: Yayo Cáceres. Música y arreglos: Y. Cáceres, J. Cañas, M. Magdalena y D. Rovalher. Escenografía: Jesús Sanjurjo y Ron Lalá. Iluminación: Diego Domínguez. Vestuario: Bengoa Vázquez. Intérpretes: J. Cañas, I. Echevarría, M. Magdalena, D. Rovalher y Á. Tato. Lugar: Teatro Alfil. Madrid.
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Han coincidido en el teatro Alfil dos montajes que desde diferentes presupuestos ofrecen un suculento menú de risa inteligente. «El rincón de la borracha» es una obra de Secún de la Rosa en su línea de comicidad crítica con ramificaciones «frikis». En un bar de carretera regentado por una antigua actriz, Susan Scotch (cuyo apellido da pistas de que más que del Stanislavsky es fiel al método Justerini&Brooks), se cruzan las vidas de distintos especimenes humanos, fundamentalmente la dueña, el camarero, la chica de la limpieza y un obseso de los crucigramas que se acaba de quedar sin trabajo, además de otros curiosos tipos que ofrecen un variado muestrario de la delirante comedia humana aliñado con dosis agridulces de poesía urbana. Una propuesta tan divertida como interesante y nada epidérmica en su aproximación, desde el punto de vista de la comedia, a asuntos como los malos tratos, el desempleo o la amarga rutina de la soledad y la incomunicación. Diálogos ágiles y certeros que ponen de manifiesto la absurda lógica del mundo en que vivimos, y muy buenas interpretaciones de Natalie Pinto, Helena Castañeda, Raúl Jiménez y De la Rosa, que se multiplican en diversos papeles para poner de manifiesto que «en el fondo, del fondo, del fondo, lo que enciende la vida, es la vida».
«Mi misterio del interior» es un formidable invento en el que la compañía Ron Lalá aborda y borda, en clave musical, una sucesión de hilarantes «números» sobre asuntos como la percepción del yo, una interpretación inversa del botellón, una coreografía polaca colectiva, unas bulerías del Polo Norte y un descacharrante y peliagudo cultivo del palíndromo en un concurso televisivo en el que se intenta desenmascarar al hombre capicúa y se descubre que, efectivamente, se trata de un impostor que en sus frase utiliza sólo una vocal, la a. Un espectáculo vibrante, musicalmente redondo y, sobre todo, muy inteligente.



