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Carmen Laforet y Ramón J. Sender, el prodigio de la amistad

«Puedo contar contigo» recoge fielmente el espíritu de una gran amistad, que nació y sobrevivió especialmente a través de un epistolario hasta ahora inédito

Actualizado 18/05/2003 - 09:39:26
MADRID. Todo lo que cabe en las buenas palabras: consuelo, ternura, desahogo, cariño, se encuentra en las páginas del más que acertado título «Puedo contar contigo» (Destino), que recoge las cartas que se cruzaron entre Carmen Laforet y Ramón J. Sender durante diez años, de 1965 a 1975, si bien aún se confía en poder encontrar algunas más. Pase lo que pase, su lectura es la más perfecta definición del prodigio que constituye la comunicación entre los seres humanos y la enorme ayuda que representa. Sender, aunque tenía familia, se sentía, más allá de la angustia del exilio, solo -«supongo que tus hijos te adoran. Feliz tú. Los míos me toleran. Ellos creen que me quieren mucho, pero lo único que percibo yo es su tolerancia distante», le escribe a Carmen, a quien llegaría a llamar «mujer angélica», en diciembre de 1970-. Laforet tenía una familia numerosa y vivía en la madrileña calle de O´Donnell, como evoca su hija Cristina en el prólogo del libro. El amor a la vida iba con ella -«gozadora», la llama Ramón-, y, aunque su matrimonio acabara rompiéndose, el amor que también sentía por la libertad le hizo superar la situación, de la que por supuesto habla en sus cartas.
En los buenos y en los malos momentos, los dos creadores se cuentan sin ambages sus conflictos personales, sean de índole más íntima, económica, literaria... El autor de «Réquiem por un campesino español» murió en 1982 cuando le faltaba poco para cumplir 81 años; la autora de «Nada», una primera novela que le valió el primer Nadal, tiene 81 años, pero hace ya muchos que la enfermedad la aleja de sí misma, aunque su hija cuenta que «aún sonríe y su sonrisa ilumina la estancia». Conociendo lo contagioso de su risa, es hermoso saber lo dulce de su gesto.
La historia de una correspondencia que se consolidó en una amistad indestructible nació, como relata Israel Rolón, a cuyo cargo ha corrido la edición del libro que la recoge, el 5 de octubre de 1947, cuando una joven escritora conmueve hasta tal punto a un Sender generoso, alejado de su patria, y veinte años mayor, que decide escribirle una carta. La destinataria no respondió, pero aquellas palabras debieron significar mucho para ella, (siguen en su poder), porque en 1965, con motivo de un viaje a Estados Unidos, se propone y logra conocer al autor de «El lugar de un hombre». Entonces, es ella quien escribe. A partir de ahí las palabras irán y vendrán, vendrán e irán, alimentando las relaciones humanas de dos seres que, basta leerlos, son excepcionales. Las cartas de Laforet, como dice Rolón, «nos informan acerca de algunas de sus etapas de silencio, de sus causas y de sus repercusiones en su literatura y en la ausencia de la misma». El «usted» de las primeras cartas se transforma en «tú», conforme la amistad va formando parte importante de sus días.
El exiliado expresa, en ocasiones, sus deseos de visitar España: «Yo quiero ir a España -a una aldea de Aragón- y dormir tres semanas, día y noche, hasta hartarme. Desde que salí de España no he dormido bien ni una sola noche. Usted me comprende». En otras líneas acepta no venir a España a quedarse para siempre, «pero puede ser que caiga por ahí en octubre. No lo sabrá nadie». Carmen, tierna y dura con el país, puede escribirle que «no se asombre de las malas interpretaciones españolas sobre la obra, las intenciones y hasta la vida de cada uno. Usted se ha olvidado de que vivimos siempre en los pequeños reinos de las Taifas, y que una persona que no está declarada en ninguno de estos reinos belicosos, a la fuerza se la considera como enemiga de todos» o «venga usted a España sin esperar a que se muera ese hombre -Ramón llamará a Franco ese «César pequeñito»-. España es horrenda, pero es muy nuestra, la verdad». En fin, hablan de pequeñas y grandes cosas, de sueños y certezas, de literatura y de escritos en prensa que ayudan a vivir -Laforet escribió en ABC-, de los hijos y nietos, del orgullo y la alegría debidos a la amistad. Se piropean sin pedantería. Sólo cuentan las emociones nobles.
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