
La escena del crimen. Steven, del Colegio La Guindalera muestra en sus dibujos los trenes de la tragedia
Las bombas de los «trenes de la muerte» también explotaron en los ojos, los oídos y las conciencias de los escolares españoles.
Los dibujos, redacciones y poesías que han realizado durante los días posteriores a los atentados rezuman dolor y tristeza, pero también solidaridad y esperanza. Hemos recopilado estos bellos testimonios en dos colegios madrileños
MADRID. «Me llamo Claudia y escribo esta carta para expresar mis sentimientos a las víctimas del atentado (...). Los niños como yo no podemos donar sangre, tampoco podemos colaborar en rescates ni en ayudas de este tipo, pero eso no quiere decir que no nos enteremos o que no suframos por lo que ocurre a nuestro alrededor (...). ¡Ojalá que cada lágrima derramada por esta causa hiciera revivir a todos los que han muerto! He perdido doscientos hermanos, pero no podemos rendirnos, debemos seguir unidos para que la paz algún día llegue (...). La paz es como un plato de arroz: cada uno debemos poner nuestro grano. Juntos lo llenaremos».
Claudia, una niña de 11 años del Colegio Público La Guindalera, de Madrid, acaba su redacción con una poesía. Versos que riman en sentimiento con los de sus compañeros que, durante estos días, han sufrido un auténtico bombardeo de imágenes, de sonidos, de sensaciones. «No podemos pasar por alto esto», señala Alicia Simón, directora del centro. «Los niños no son tontos. Ven la televisión, escuchan las conversaciones de sus padres... En clase solemos analizar las portadas de los periódicos, y los alumnos hacen comentarios por escrito. Esta semana, por desgracia, los trabajos han versado sobre la matanza del 11-M».
Algunos niños se atreven, incluso, con versos acrósticos. Como Noelia, también de 11 años:
«Parece que toda España está afectada. / A mí se me rompió el corazón cuando lo oía. / Zapatos por el suelo y ropa de los fallecidos. / Para la gente muy afectada, / ayudarlos debemos hacerlo, / rezando para que no pase otra vez. / A mí me duele mucho el atentado. / Siendo apoyados por todos, / imaginad cómo era estar ahí. / En mi corazón herido, / mi solidaridad con los familiares. / Para vivir muy triste, / recordando a todos los fallecidos, / El apoyo a las familias afectadas». Las primeras letras de cada verso forman la frase: «Paz para siempre». Su compañeras Erika y Alba piden en sus poemas que ojalá el terrorismo fuera sólo «un mal sueño».
Alicia reflexiona de esta manera: «Todos los días me levanto y veo amanecer. Hoy he visto algo más, he visto a la gente llorar. No pude levantarme de la cama, se me caían las lágrimas. Y me pregunté: ¿Por qué no vivir sin matar? Guardamos un minuto de silencio. Yo creía que que no sólo un minuto habíamos de guardar, sino toda nuestra vida por esas víctimas, por los heridos y por sus familias...». Y acaba: «Por un mejor amanecer».
Poso de esperanza
Toni tiene un montón de preguntas: «¿Por qué hay que destruir y no crear? ¿Por qué hay que sufrir y no cantar? ¿Por qué hay que llorar y no reír? Abajo la guerra y el terrorismo». Lucía espeta a los terroristas: «Vosotros, asesinos, nos miráis con guiños de crueldad, además de arrebatarnos la libertad. Nunca nos rendiremos».
Los profesores valoran, por encima de todo, el poso de esperanza que queda en cada redacción, en cada dibujo. Hay explosiones, hay víctimas... pero también hay médicos, enfermeras, bomberos, voluntarios. Algunos personajes tienen dibujados «bocadillos» con frases de aliento. Y hay rebeldía: «No hay que tener miedo a montar en tren o en metro, porque la vida sigue», dice Alejandro. «Hay que vivir el día a día y pensar en ser felices».
En el Colegio Montpellier, también de la capital, hemos recogido trabajos de alumnos de entre 8 y 15 años. Los pequeños son más «descriptivos». «El atentado del jueves fue muy terrorífico» (Víctor). «A mí no se me ha muerto nadie, pero sí a mucha gente» (Sara). Algunos pequeños, como Paula, esbozan el hospital Gregorio Marañón. Alejandro V., bajo el epígrafe «La Salvación», dibuja a unos enfermeros trasladando gente y animándose («Vamos, chicos»), mientras un sol con cara de asombro exclama: «¡Pobrecitos!». Algunos garabatos de heridos son conmovedores, como los de David, que gritan «¡Mami, mamaíta!». Beatriz pinta a una periodista que entrevista a una afectada de nombre Jennifer.
Los mayores son más reflexivos. «Aquel día fue horroroso, pero sacó todo lo bueno de los madrileños», escribe Alejandro M. «Yo fui a la manifestación con mis padres y mi hermano porque pienso que es la única manera en que podía ayudar», dice Lorena. «¿España estaba de acuerdo en apoyar la guerra? -se pregunta Cristina-. Que yo sepa no, o al menos así lo manifestaba mucha gente». «En ese momento me hubiera gustado tener 18 años para ayudar a donar sangre», confiesa Gema. «En realidad, no importa quién lo ha hecho, sino lo que han hecho», apunta Gabriela. «Esto tiene que hacernos más fuertes y mantenernos más unidos que nunca». «¡Juntos podemos!», exclama Alba.
Que tomen nota algunos adultos.



