El sector televisivo no es precisamente el paradigma de la coherencia, qué va. Cada vez queda menos gente de palabra y los que aún la tienen han enmudecido. Los responsables de las cadenas firman códigos de autorregulación que no piensan cumplir; anuncian pactos para evitar escenas lesivas en el macrojuicio del 11-M y mantienen a diario y sin excepción programas dedicados al despelleje doméstico más salvaje; los telespectadores se zampan «Aquí hay tomate» y salen a la calle renegando de las entrevistas de Punset y la escalada del Euríbor, y los contenidos más dignos están a expensas de que a la cadena de al lado no acuda cualquier pelagatos a vender las últimas existencias de su intimidad o se pase revista a la telerrealidad más irreal.
«Sin rastro», probablemente la mejor serie dramática de televisión, ha aguantado en la rejilla de Antena 3 con cuotas de pantalla del 11 por ciento, cifra impensable para una emisora privada, e incluso para una pública seria y con afán de sobrevivir. En las últimas semanas ha levantado cabeza hasta casi doblar su audiencia. Quisiera pensar que se debe a que el público se ha dado cuenta de que es un producto digno, bien urdido y con más talento en sus títulos de crédito que en toda la rejilla de otras emisoras.
Eso quisiera pensar. Eso y que todavía hay esperanza. Luego, en caso contrario, decepción y lloro. Con lágrimas de cocodrilo, por supuesto.



