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24 horas en la vida del lince

AmanecerHay que buscarse la vidaAmanece en Doñana. El cielo se tiñe de una luz anaranjada. Los mirlos son los primeros en despertarse y poner sonido al nuevo día. Bajo los lentiscos, un joven lince se

Actualizado 18/02/2007 - 10:05:22
Amanecer
Hay que buscarse la vida
Amanece en Doñana. El cielo se tiñe de una luz anaranjada. Los mirlos son los primeros en despertarse y poner sonido al nuevo día. Bajo los lentiscos, un joven lince se despereza. Mira alrededor, tal vez buscando a su hermana y a su madre que durante veinte meses le han acompañado. No están. Hace unos días que abandonó el territorio seguro en que nació. Su madre ya no les proporcionaba comida: una forma de invitarles a emanciparse. Las primeras jornadas en soledad no han sido fáciles, pero tendrá que acostumbrarse como los otros miembros de su especie. La carne de conejo que tanto le gusta es difícil de conseguir. Hasta ahora no ha tenido suerte. Tiene aún poca experiencia en la caza. Sólo se ha enfrentado a pequeños gazapos que su madre le proporcionaba aún vivos, aunque aturdidos, y cuyos torpes intentos de huida solían ser inútiles. Ahora, sin la protección materna, tiene que dar caza a una presa lo suficientemente grande para proporcionarle la energía necesaria sin un esfuerzo desproporcionado. Y esa presa es precisamente el conejo. El hambre le impulsa a abandonar el arbusto que le ha servido de refugio en la noche. Mueve sus orejas para captar todos los sonidos cercanos. El territorio en el que se encuentra no es seguro. Ya tiene dueño, otro lince más viejo y experimentado. Lo sabe por el olor con que su propietario ha impregnado la vegetación como advertencia para los intrusos. También hay una hembra cerca. Detecta sus feromonas, pero no se siente atraído por ella. Aún es joven y pasará otro año antes de que intente aparearse. Comienza a andar, sin rumbo determinado. Tendrá que fiarse de su olfato para identificar un territorio que no esté ocupado y del que pueda apropiarse. Pueden pasar meses hasta que lo encuentre. Esta es la época más crítica de su vida. Son muchos los jóvenes que no sobrevivirán tras abandonar el territorio materno. Morirán de hambre, atropellados o atrapados en algún cepo. La acuciante sensación de vacío en su estómago guía sus pasos. Para apresar un conejo ha de dirigirse allí donde el matorral se aclara y se alterna con el pasto. Se desliza entre los arbustos con ligereza, sin ruido. Divisa algunas urracas y un lagarto que asoma la cabeza bajo una piedra, en busca de los primeros rayos de sol. Los ignora. Es pronto para contentarse con presas tan pequeñas. El esfuerzo sería mayor que el botín. Prefiere seguir andando en busca de algún conejo, que saciará su hambre para el resto del día. Tal vez pasen horas hasta que dé con uno. No son muy abundantes y tiene que competir por ellos con aves rapaces como las águilas imperial y calzada. Por otros rivales, como zorros, meloncillos o jinetas, no tiene que preocuparse porque no se atreven a adentrarse en el territorio de este felino. Mientras camina sigue percibiendo el aroma con que otros linces han marcado sus dominios. La jornada anterior ese olor le acompañó durante los 9 kilómetros que recorrió hasta bien entrada la noche, cuando agotado y hambriento se acomodó bajo un espeso lentisco y se quedó dormido. Sólo pudo capturar un pequeño lagarto.
Avanza la mañana
Crece el hambre
A medida que se desplaza, el monte se va aclarando. Se detiene y echa un vistazo. No se adentrará en terrenos abiertos si puede evitarlo. Necesita sentirse protegido por la vegetación. La selección natural ha favorecido a los ejemplares más prudentes que, camuflados entre los matorrales, han sabido hacerse invisibles a su gran enemigo: el hombre. Un cazador que mata a distancia y se mueve veloz por los senderos grises de piedra que su madre le enseñó a evitar.
Advierte frente a él una zona de pasto, donde sabe que habitan los conejos. Su olfato le confirma que estos animales lo frecuentan. Se agazapa a cierta distancia y se acomoda para esperar pacientemente hasta que alguno se deje ver. De vez en cuando se distrae lamiéndose o siguiendo con la vista a algún escarabajo. Hace unos días habría jugado a cazarle, pero en este momento conseguir alimento es prioritario. Por fin detecta movimiento. La ansiada presa aparece. Se mueve confiada, sin advertir la presencia del felino más amenazado del planeta. El joven lince, que está impaciente, surge veloz de los arbustos y tras una corta carrera salta sobre su presa. La precipitación le ha impedido calcular bien la distancia. El conejo zigzaguea tratando de librarse de su perseguidor, que espoleado por el hambre no quiere darle tregua. Pero la distancia entre ambos va aumentando y el conejo desaparece en su madriguera. Mala suerte. Tendrá que volver a probar. Regresa a la espesura y continúa su peregrinaje en busca de un territorio sin dueño del que apropiarse. Tarea vital aunque difícil, porque los cultivos del entorno de Doñana van sustituyendo a los mirtos y lentiscos que ofrecen cobijo seguro.
Media tarde
Hay que esperar
El sol ya está alto. Su instinto le dice que debe esperar hasta el crepúsculo, momento en que su excelente vista le dará cierta ventaja frente a los conejos. Tal vez entonces tenga más suerte. Busca un lugar donde ocultarse y descansar sin sobresaltos. La monotonía de la espera le va sumiendo en un ligero sopor. Lucha contra el sueño, porque sabe que en esta época del año, con las hembras en celo, los linces deambulan nerviosos por sus territorios a todas horas. Finalmente, el cansancio le vence y se duerme. Sueña con una pradera llena de conejos. Un auténtico paraíso para los linces, como el que encontraron sus antepasados cuando, a principios del Cuaternario, llegaron a la Península desde las grandes estepas europeas, huyendo de los hielos que cubrían el continente. Aquí lograron sobrevivir gracias a la abundancia de conejos, a los que quedaron ligados para siempre, igual que el águila imperial. Un millón de años después, el declive del lagomorfo los han puesto al borde de la extinción.
Atardecer
La oportunidad de la caza
La luz va dejando paso a la oscuridad y la algarabía de los pájaros acomodándose en los arbustos devuelve al joven lince a la realidad. Se estira antes de ponerse en marcha. Al poco, su excelente oído detecta en la lejanía el ruido que hace un conejo al roer una rama. Gira su cabeza para localizarlo. Ya lo ve. Se aproxima con sigilo, casi reptando. Al menor movimiento del lagomorfo se detendrá y se quedará inmóvil para no espantarlo. Ya está muy cerca. Le acecha desde atrás. De pronto, la vegetación cruje bajo sus patas. Se pega a un arbusto y no se mueve, casi ni respira. Su silueta se desdibuja a la tenue luz del atardecer. El conejo se yergue, deja de comer y mueve sus orejas en todas direcciones. Silencio. No parece haber peligro. Tras unos instantes, sigue comiendo despreocupado. El lince inicia de nuevo su parsimoniosa marcha. Se detiene a una distancia prudencial. De un certero salto cae sobre su presa, que se revuelve intentando escapar y por unos instantes lo consigue. Cazador y cazado se elevan en el aire en una rápida pirueta. Pero el hambre proporciona al gran gato las fuerzas para atrapar al conejo y acabar con él de un diestro mordisco en la nuca.
La noche
Una larga cena
Con su botín entre las fauces se interna en la espesura. Allí degustará el trofeo. Con ansia al principio, luego más lentamente, hasta consumirlo por completo, a excepción las vísceras. Esta noche dormirá tranquilo. Aunque mañana tendrá que seguir buscando un lugar donde asentarse definitivamente y sobrevivir en solitario los próximos años de su vida, intentando burlar cada día el negro futuro que se cierne sobre su especie.
(Con información de Eloy Revilla, de la Estación Biológica de Doñana)

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