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Günter Grass hurga en su nuevanovela en el último tabú alemán

Günter Grass ha reabierto, en su nueva novela, «Im Krebsgang», una herida en la que ningún otro alemán se había atrevido a hurgar. Pero ni un escritor consagrado por el premio Nobel ha escapado al tumulto que provoca el último tabú alemán: el caso del «Wilhelm Gustloff», el transatlántico hundido en el Báltico en los últimos días de la segunda guerra mundial por un submarino soviético.

Actualizado 18/02/2002 - 23:55:20
El escritor ha reabierto un debate nacional postergado durante 57 años. ABC
El escritor ha reabierto un debate nacional postergado durante 57 años. ABC
Günter Grass ha reabierto una herida y un debate nacional, voluntariamente postergado durante 57 años: la represalia contra las poblaciones alemanas orientales tras la derrota de la segunda guerra mundial. El premio Nobel hurga en su nueva novela, «Im Krebsgang», en la desdicha del llamado «Titanic alemán», el hundimiento aparentemente gratuito de un buque con miles de refugiados alemanes. Probablemente sólo a un activo polemista y aquilatado escritor como Grass se le hubiera permitido la licencia de hablar del caso del «Wilhelm Gustloff», el mayor y más lujoso buque para uso civil construido hasta entonces, hundido en los últimos días de la guerra por el capricho de un submarino soviético, con más de 9.000 refugiados alemanes a bordo, cinco veces más víctimas que el Titanic.
UNA HERIDA SILENTE
Al mando del submarino S13, el capitán Marinesko iba a ser degradado por comportamientos improcedentes. La hazaña contra el grandioso buque le evitó el destierro y le ganó la Medalla de Héroe de la URSS. El caso del Gustloff, pese a ser el mayor desastre de la historia naval civil, y a que vive aún un puñado de los que fueron salvados del Báltico helado aquel 30 de enero de 1945, es desconocido para la mayoría de los alemanes.
Pero ni aun el consagrado premio Nobel ha escapado al tumulto levantado por el que es posiblemente el último tabú del alemán moderno. El caso del «Wilhelm Gustloff», por supuesto, ha reabierto la silente, voluntariamente encubierta, herida de las poblaciones y enclaves seculares alemanes en el Báltico, Rusia, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Yugoslavia, que pagaron con muerte y deportaciones masivas el desmoronamiento del expansionismo criminal del III Reich. «Im Krebsgang» quiere decir «a la manera del cangrejo», pero, más ampliamente, «marcha atrás» y, según Günter Grass -él mismo hijo de aquel éxodo que huía del avance soviético-, la marcha atrás es necesaria a veces para moverse hacia adelante, según el lema revolucionario. Y Grass quiere que los alemanes avancen y no se queden atrás.
La huida y deportación de varios millones de alemanes, entre ejecuciones, violaciones y saqueos, pertenece al pasado reciente de gran parte de las familias alemanas actuales, pero el sufrimiento encajado en represalia por los terribles desmanes de la Wehrmacht raramente es comentado y menos aún conmemorado, ni en Alemania ni menos aún en los países donde tuvo lugar. El intelectual Rudolf Augstein escribe que, «quien como yo pudo ver la destrucción dejada en Rusia por los ejércitos de Hitler», comprende por qué millones de alemanes huían ante el Ejército Rojo: «En el libro de Grass se lee todo lo que merece ser sabido». «Grass no ha escrito para saldar cuentas, sino para contrarrestar el olvido», ha escrito en su comentario el ex ministro Hans-Dietrich Genscher. La tragedia de pánico desatado, niños pisoteados, oficiales suicidados y los escasos minutos con que las gélidas aguas iban ganando candidatos a la muerte había sido relatada por un supervivente en una olvidada narración que nunca llegó al gran público.
En «Im Krebsgang», Paul, nacido minutos después de que su madre fuera rescatada del Báltico helado, se ve impelido al jubilarse a escribir su historia, antes de que sea demasiado tarde. En refinado juego, según la crítica, ésta es la necesidad del propio Grass, que rescata para ello a una muchacha -Tulla Pokriefke, madre del Paul- que ya muestra su perfil en diferentes escenas de algunas de sus historias orientales. Grass no homenajea el pasado, dice una crítica, sino que el espíritu del pasado ha salido a su encuentro. «Gracias, Grass, los expulsados por fin podemos llorar juntos», ha escrito el columnista Franz Josef Wagner. Ésta «no es una obrita como otras, es una auténtica obra», concluye Augstein.
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