ESCRIBE Ali Lmrabet, periodista perseguido por la monarquía alauí, en el prólogo del libro de José Luis Gutiérrez «En defensa propia», que para que un español se haga una idea del poder absoluto que tiene el Rey de Marruecos debería hacer un ejercicio de imaginación y acumular sobre este personaje los cargos y las funciones de Don Juan Carlos como Rey, más los que corresponden a Rodríguez Zapatero como jefe del Gobierno, añadiendo a ellos la autoridad religiosa de monseñor Rouco como presidente de la Conferencia Episcopal y, por fin, la fuerza económica del más poderoso de nuestros banqueros, el señor Botín. Aun así la comparación resulta no sólo odiosa, sino impropia, ya que la acumulación de todos estos poderes hace que cualquiera de ellos sea cualitativamente distinto al que se da en una democracia. Se convierte en la función del tirano. Y esto en un país con una renta por habitante veinte veces inferior a la española, con un 50 por ciento de analfabetismo y donde el 65 por ciento de los activos de la Bolsa de Casablanca pertenecen a empresas controladas por la Casa Real.
¿Qué respeto al ejercicio de la libertad de expresión puede atribuirse a un monarca de este porte en un país como éste? Reino del miedo, la respuesta es el extrañamiento del sistema, en el mejor de los casos, y la cárcel cuando alguien rompe las reglas del juego como hizo Alí Lmrabet.
Pero si las dictaduras suelen limitar sus arbitrariedades al interior de sus fronteras, la teocrática de Marruecos no ha querido entenderlo así en el caso de José Luis Gutiérrez y Rosa María López, director y redactora de «Diario 16». Por el contrario, decidió querellarse contra el diario madrileño por una información publicada el 18 de diciembre de 1995, en la que se daba cuenta de la detención por la Guardia Civil de un camión cargado de cannabis, propiedad de la empresa real «Les Domaines Royaux».
LA rareza del caso subió de punto cuando el Juzgado de Primera Instancia y la Audiencia Provincial de Madrid condenaron al director de «Diario 16» y a la redactora como responsables de dicha información. ¿Y cómo calificar ya el hecho de que el Tribunal Supremo confirmara la condena si acepta como correcta la relación de los hechos descritos por la periodista y califica como tendencioso el titular de la noticia cuando éste se correspondía a aquéllos como anillo al dedo? Y ¿qué decir cuando el texto legal en que se basa la Sala Primera del Supremo es la ley de Prensa de 1966?
PERO no nos dejemos llevar por el abatimiento. Sabemos que la semana pasada estuvo en Marruecos Felipe González con su amigo el multimillonario mexicano Slim, de origen árabe. Quizás se trató de uno de tantos viajes de negocios que le han llevado a González a convertir Marruecos en su segundo país. Lo que sí sabemos es que González ha recibido el libro de José Luis Gutiérrez, en el que éste le conmina a que haga algo para que termine la persecución de la que es objeto. ¿Habrá intercedido González? ¿Habrá interrumpido sus quehaceres de hombre de negocios para que el actual monarca marroquí ejercite el ars oblivionis (el arte del olvido) si no quiere tomarlo como el deber de un hijo? Por otra parte, la circunstancias son favorables a la solución de un caso tan hiriente desde el punto de vista del ejercicio del derecho de información. Me refiero a la presencia de nuestros Reyes en Marruecos en estos momentos.
José Luis Gutiérrez y Rosa María López tienen suspendida sobre su cabeza desde hace diez años una espada de Damocles o, más bien, un alfanje marroquí. Resulta ya insoportable para ellos e intolerable para todos.