CLÁSICA
Aula de reestrenos
Obras de D. Aladro-Vico, R. Blázquez, C. Hernáez Marco, L. Rodríguez de Robles, A. Gallego, F. Novel Sámano, E. Morales-Caso. Intérprete: Karina Azizova. Lugar: Fundación Juan March. Madrid
ANDRÉS IBÁÑEZ
Siempre es grato hundirse en las amplias, mullidas, verdosas escaleras de la Fundación March para alcanzar ese auditorio submarino que, con sus maderas nobles y su órgano imponente, tanto recuerda al Nautilus del capitán Nemo. El Aula de Reestrenos, una curiosa iniciativa que consiste en programar obras de música contemporánea que no suelen escucharse por la simple razón de que ya han sido estrenadas, celebra esta noche su XX aniversario.
Una tendinitis ha impedido tocar hoy al pianista Duncan Gifford, al que están dedicadas varias de las obras del programa. El relevo ha pasado a Karina Azizova, pianista turkmenia que es la titular de la Orquesta de la Comunidad de Madrid y que ha preparado el dificilísimo programa en un tiempo récord.
La joven pianista aparece enfundada en un ajustado vestido rojo que deja al descubierto unos brazos finos en los que se animan los poderosos músculos que se suponen a un pianista de concierto. Es una intérprete de técnica fenomenal e impecable, que se enfrenta a los muchos retos de estas piezas con una seguridad casi desconcertante. Impresionantes los acordes finales, brutales y tenebrosos, de la obra «Colmena con hechiceras» de Eduardo Morales-Caso, que dejan a toda la sala sobrecogida pero también el elan rítmico con que ejecuta los complejos patterns del «Storyboard» de David Aladro-Vico.
Los siete compositores representados esta tarde son todos madrileños o bien (como en el caso de Morales-Caso, nacido en La Habana) formados en el Conservatorio de Madrid, y han participado todos en el grupo Talea. Aseguran no tener una estética común, pero hay tendencias claras que los relacionan.
Si la obra de Aladro-Vico es más abstracta e intelectual (está trabajando en una tesis sobre la psicología de la percepción del ritmo), en general escuchamos en estas obras un claro interés por la expresividad, los lenguajes de la primera modernidad (de Ravel y el último Scriabin a Prokofief y Bartók) y un cultivado eclecticismo.



