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Lecciones de Manuel Fraga Iribarne

HACE treinta años, en octubre de 1976, se presentaba en sociedad Alianza

Actualizado 17/10/2006 - 10:45:14
HACE treinta años, en octubre de 1976, se presentaba en sociedad Alianza Popular, el «partido de Fraga», que se transformaría, en 1989, en el Partido Popular, pieza fundamental en la configuración de nuestro sistema político. Con el aniversario viene a la cabeza una hazaña: la construcción -de la nada- de un partido capaz de crecer y de servir al equilibrio del conjunto desde la oposición o desde el Gobierno. No cabe imaginar una hazaña mayor (piénsese en los fracasos de Adolfo Suárez y de Miquel Roca). Sin el carisma de Fraga -entendido como fuente de poder-, no habría sido posible construir el PP. Que ese carisma generase una organización capaz de funcionar sin él es otro éxito muy llamativo. Si es difícil crear un partido de verdad, también lo es dejarlo ser cuando llega a la madurez. No pocos creadores de partidos han arruinado sus obras por un ciego afán de protagonismo; y éste no es el caso.
Fraga consiguió dejar fuera de juego a la extrema derecha y supo aprovechar positivamente la virtualidad evolutiva de incontables españoles. Hágase la prueba y se verá que es inimaginable otro político cumpliendo su función. También llama la atención su providente objetivo de ocupar el espacio de centro-derecha. Para ello tuvo que tirar de sus seguidores o frenarlos, según los casos. No es menos admirable el modo en que veló por los intereses de su partido sin perder de vista las necesidades del sistema en su conjunto, consciente de que la suerte de la joven democracia española dependía de su correcto ensamblaje.
Como dijo Norberto Bobbio, un partido no puede ser simultáneamente de derecha y de izquierda, y Fraga no se dejó arrastrar por los hombres de Reforma Democrática -su primer partido-, proclives, como socialdemócratas que eran, al centro izquierda. «La izquierda ya no nos necesita», les dijo. Al mismo tiempo, apoyándose en ellos, tiró de los líderes de AP -«los magníficos»- hacia el centro. Fue una maniobra muy compleja y admirable. Si se hubiera dejado frenar por Silva Muñoz o por Gonzalo Fernández de la Mora, nunca habría podido centrarse. Y si se hubiera dejado arrastrar por sus amigos de RD, habría perdido contacto con el «franquismo sociológico» y no habría respetado el espacio de la izquierda. Se atuvo a las coordenadas del centro-derecha (a diferencia de Suárez), confiriendo estabilidad al sistema.
Otra lección: cuando los socialistas renunciaron al registro revolucionario marxista, Fraga les dejó elegantemente la socialdemocracia, como consta en una entrevista con Martín Prieto. Así puso orden en el sistema, bien entendido que los ingredientes socialdemócratas no fueron borrados del programa de AP. Hacían falta para evitar un deslizamiento hacia la derecha, para mantenerse en el marco de referencia de los socialistas y del grueso de los centristas pensantes.
Alianza Popular pudo servir a los altos fines de la Transición porque no era un partido dogmáticamente cerrado sobre sí mismo. Aunque no se viese desde la calle, en él había de todo -como en UCD-, desde conservadores hasta progresistas, una rica amalgama de democristianos, liberales y social-liberales (criptosocialdemócratas), todos bajo la divisa de la moderación. Ése era y es, en España y en Europa, el cimiento necesario de un partido «atrápalo-todo», capaz de copar y conservar el espacio de centro-derecha. Esa variedad -dicho sea de paso- permitía la comunicación informal con políticos similares que se habían decantado por el centro o por el campo socialista, con un efecto calmante que hoy es inevitable echar de menos. Ya durante la égida socialista, Fraga pudo atraerse a los náufragos de UCD porque estaba allí, en el centro-derecha. En esos años cobró fuerza la corriente neoliberal, que también operaba en el PSOE de acuerdo con el espíritu de los tiempos. Fue, como se recordará, la época de la «leal oposición». Se discutía sobre el famoso techo de Fraga, que al final dio otra lección de las suyas: confió su obra a Hernández Mancha, elegido presidente de AP en unas memorables elecciones internas. Como vemos, no se quedó de brazos cruzados a la espera de una catástrofe. No quiso erigirse en un obstáculo para la unión del centro-derecha; se sacrificó.
Aparte de perder el tiempo jugando al billar, Hernández Mancha se dejó seducir por la doctrina de la «doble ruptura» importada de Francia -donde hoy reaparece por boca de Sarkozy-, según la cual había que romper simultáneamente con el paradigma paternalista de De Gaulle y con el proteccionismo socialista. Se cambiaba a De Gaulle por Franco y ya estaba hecha la traducción. Era una apuesta neoliberal, fiada a las virtudes del mercado libre. Sin pensarlo dos veces, Fraga recuperó la presidencia de AP, con un proyecto distinto, más acorde con sus orígenes. El partido fue refundado; nacía el PP, para incorporarse al Partido Popular Europeo, es decir, para entroncar con la bien probada tradición de Adenauer y De Gaspari. Se acentuaba el compromiso con el humanismo cristiano, una vacuna contra las más diversas formas de extremismo derechista. Los democristianos, incluidos los que le habían jugado malas pasadas a Fraga, serían bienvenidos. La palabra «social» reaparecía, tras un eclipse, en el modelo económico popular, la economía social de mercado (en estricta adecuación a la Constitución de 1978). De estos mimbres estaba hecho el PP que Fraga, antes de «retirarse» a Galicia, confió a José María Aznar en 1990. Que el PP era un partido «atrápalo-todo» bien estructurado, flexible, de centro-derecha real y no meramente retórico, pronto se demostró con grandes victorias. Que el humanismo cristiano no era para Fraga un recurso oportunista nos lo acaba de recordar él mismo, en su último libro, Sociedad y valores.
(*) Escritor
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