sábado, 21 de noviembre de 2009
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LAURA L. CARO. CORRESPONSALJERUSALÉN. Si no fuera de una gravedad tan extrema, la frivolidad de la conducta del presidente de Israel de la que hablan las investigaciones en términos de «evidencias
AP  Moshe Katzav durante la ceremonia del aniversario de Jerusalén Este
AP Moshe Katzav durante la ceremonia del aniversario de Jerusalén Este
17-10-2006 03:03:37
LAURA L. CARO. CORRESPONSAL
JERUSALÉN. Si no fuera de una gravedad tan extrema, la frivolidad de la conducta del presidente de Israel de la que hablan las investigaciones en términos de «evidencias suficientes» sería carne de sainete.
Escuchas ilegales, intentos de soborno, acosos sexuales a una decena de subordinadas, dos violaciones y la malversación de miles de dólares de dinero público para comprar regalos con los que agasajaba a los familiares de su esposa Gila y a sus amigos cuajan el informe que, fruto de tres meses de averiguaciones, la Policía presentó el domingo al fiscal del Estado, Menachem Mazuz, para recomendar el procesamiento de Moshe Katzav.
El presidente israelí, además, ayer no acudió a la sesión inaugural del Parlamento en una decisión sin precedentes en la historia del país -según un portavoz-, para escapar de las protestas de un grupo de diputados que había amenazado con boicotear la ceremonia de apertura en cuanto el presidente entrara en la sala al son de las trompetas. Para otros, tan culposa ausencia sólo puede leerse como el primer paso de su renuncia al cargo, indispensable para dar comienzo a los juicios que todos dan por inevitables, aunque, sobre todo, necesaria para no perjudicar aún más la imagen de una institución hoy ligada a la humillación de un galán de opereta.
Virulenta condena
Mientras los ciudadanos recurrían ayer a chistes de mal gusto para ocultar cierta vergüenza ajena por el «affaire Katzav» -un actor secundario en la escena política de Israel, pero jefe del Estado al fin y al cabo-, la incisiva prensa israelí condenaba con virulencia el comportamiento de este dirigente de 61 años, casado, padre de cinco hijos y veterano del derechista Likud hasta su ascenso a la Presidencia en 2000, al que el influyente diario Ma´ariv se refería ayer con un sarcástico «Su Excelencia, mi violador».
«Aunque sólo un diez por ciento de las alegaciones fueran verdad, la gravedad de las ofensas aún desafiaría la comprensión, casi tanto como la infamia que ha traído al oficio de presidente». Y es que, según los detalles que se han filtrado por las rendijas de los despachos oficiales, la investigación, dirigida por el comisario general Yohanan Danino, ha sustanciado la «evidencia» de dos violaciones: la de una empleada de la etapa en que Katzav fue ministro de Turismo y la de una antigua secretaria de la residencia presidencial identificada como «A» que, al parecer, fue forzada tres veces, y que en su momento superó el detector de mentiras al mantener que Katzav la amenazó con despedirla si no mantenía relaciones íntimas con él.
Esperpéntico catálogo
Por ambos hechos se enfrentaría a una pena de entre 3 y 16 años de cárcel, según la radio pública. Junto con ello, el esperpéntico catálogo de los presuntos delitos del jefe del Estado de Israel incluye diferentes ofensas de índole sexual contra otras cinco mujeres; escuchas ilegales al personal de la misma residencia en las que podría estar involucrado también el director general de la Casa, Moshe Goral; obstrucción a la Justicia, y acoso a testigos.
Sólo el Yedioth Ahronot, el periódico de mayor tirada en Israel, recordaba a modo de bálsamo que las recomendaciones de procesamiento hechas por la Policía «no son una acusación. El hombre Moshe Katzav es inocente hasta que se demuestre lo contrario». Pero un bálsamo con trampa: «El hombre -añadía envenenado- es una cosa y el presidente otra. El presidente Moshe Katzav no puede continuar en el cargo mucho tiempo». Y sentenciaba el rotativo Haaretz: «Debe irse esta madrugada. Adiós, presidente».

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