«Abróchense los cinturones. Estamos descendiendo. Todavía no hemos tocado suelo. Queda mucho por bajar de aquí al costalazo económico en la pura tierra, al crac financiero, al desastre monetario. Aún no se trata de una caída libre, y tampoco, creo, de una caída en picado. Lo más probable es que sea una pirueta deportiva y que al cabo de algún tiempo comience de nuevo el remonte. Estamos en eso que los economistas llaman desaceleración, es decir al principio de la frenada. Estamos salvando una curva económica, y ya se sabe que hay que entrar en las curvas con el vehículo frenado y hay que salir de ellas apretando el acelerador. Ya llegará el momento del acelerador, digo yo». Todo esto lo he escrito minutos antes de que cayeran sobre la economía occidental las torres de Nueva York, y naturalmente se me ha quedado en la nevera.
Si no existiera Juan Velarde, yo creería en los economistas con el mismo entusiasmo que en Rappel o en Aramís Fuster. Juan Velarde avisó hace tiempo que se avecinaba el descenso, incluso anticipó que se trataría de un descenso largo. Quien tuviera acciones en la Bolsa haría bien en venderlo todo y en quedarse esperando el momento del repunte. Eso era lo que aconsejaba Juan Velarde, que es un profeta al que obedecen los movimientos, flujos y reflujos, de esa materia innoble que es el dinero. Nadie sabe por dónde va a salir el dinero, si por Terra Lycos, por Gescartera o por un banco de las Bahamas. Y ahora, con «la primera guerra del siglo XXI» encima, todavía sabemos menos.
Los economistas buscan a los responsables de la recesión. Yo creo que los buscan a ciegas, como los de la Once, tanteando con el bastón blanco y fosforescente. Muchos echan las culpas de nuestras tribulaciones bursátiles y económicas a la economía precaria de la Argentina. Los argentinos siempre han sido un desastre para administrar sus riquezas y sus dineros, lo mismo con los dictadores que con los demócratas. Dicen que es un país tan rico que se repone durante la noche, cuando el músculo duerme y la ambición descansa, de lo que los políticos despilfarran, dilapidan o roban durante el día. Las internacionales del dinero, Fondo Monetario Internacional y todo eso, han acudido a socorrerles, pero si quieres arroz, Catalina. Ellos, y por carambola, nosotros, siguen igual.
Otros observadores descargan las culpas de la desaceleración del crecimiento económico sobre las anchas espaldas económicas de Alemania. Aquella machada de Helmut Kohl al decretar la paridad de valor entre el marco occidental, que era un pimpollo, y el marco oriental, que era un palomino, ha traído como consecuencia el débil aleteo del euro y el jadeo de la economía de Europa. No sé, pero ahí están los ingleses que al euro le hicieron fú como al gato, y en materia de dineros siempre hay que hacer caso de ingleses y de hebreos. Mejor dicho, hay que seguir su ejemplo.
Total, que el crecimiento se frena y las Bolsas se hunden. Y en esas estábamos cuando llega el peligro del bochinche. El petróleo puede irse a las nubes, y el anuncio de guerra es un pájaro negro que ronda la ventana del mundo global. Si la economía no se mantiene y progresa, dentro de poco veremos cómo la creación de empleo se detiene, la ocupación baja y el paro sube. Y lo peor de todo es que poco o nada podremos hacer los celtíberos para remediar o al menos suavizar la situación, porque estamos metidos en el corro, dentro del engranaje, y ya nadie puede salvarse solo. El «sálvese quien pueda» es un grito viejo que ya no tiene valor alguno. O el paracaídas se abre para todos, o todos nos pegamos el costalazo en el santo suelo. Es el efecto de la globalización, con sus pros y sus contras. Bien para todos, bien de Dios, y mal de muchos, consuelo de tontos.


