La ciudad más bonita del Pacífico Sur se ha vuelto también la más española, pues por las calles se oye con frecuencia «olé» al paso de los alegres peregrinos de nuestro país, muchos de los cuales lucen sus banderas como tantos jóvenes de 170 naciones en un encuentro verdaderamente mundial. Cinco mil muchachos y muchachas de nuestro país meditan, rezan y se divierten a la espera del primer gran encuentro de hoy con el Papa.
Ayer miércoles fue la última jornada «preparatoria», y la principal catequesis corrió a cargo del cardenal Antonio María Rouco Varela en la escuela de Santa Bernadette de Dundas Valley, una bellísima zona residencial de las afueras de Sidney. El arzobispo de Madrid les invitó a abrirse a la gracia renovadora del Espíritu Santo, que es Gran Protagonista de este encuentro mundial de más de un cuarto de millón de jóvenes. Según el cardenal, el Espíritu de Dios es Amor, «mejora la persona y también la sociedad, pues civiliza, facilita el respeto mutuo, favorece el matrimonio y la familia, alimenta el orden social y crea un clima de paz y de solidaridad».
«Extraordinario valor»
Como todos los peregrinos, el cardenal de Madrid está fascinado ante el clima que se crea en estas Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ), porque «aquí en Sidney se ve la Iglesia universal con toda su belleza, la vocación de unidad que supone el cristianismo, y el extraordinario valor de jóvenes fieles a su vocación de evangelizar y elevar la sociedad».
Si los 17 cardenales y obispos españoles se sienten entusiastas, los jóvenes no lo están menos, y eso que todavía no han visto al Papa, quien concluyó anoche su tercer día de reposo casi completo en una casa de retiros del Opus Dei, situada frente a las Montañas Azules.
Según Jorge, un peregrino de Madrid que estudia tercero de Geografía y trabaja el fin de semana en unos grandes almacenes, este viaje es una exploración del cristianismo en los confines de la tierra, pues han estado varios días en Melbourne y Canberra, conviviendo con jóvenes de otros países y descubriendo, sobre todo, el rostro asiático del catolicismo. «Pero lo más importante -precisa- es que ayuda a reavivar la fe. En realidad yo he venido aquí a encontrarme con Jesús dejando atrás la rutina del curso y del trabajo. Esto es un verdadero descanso físico y espiritual, a pesar de que el viaje haya sido duro, latoso y caro».
Muchos de los jóvenes que ayer participaron en la catequesis con el cardenal Rouco lucían una divertida pañoleta de cuadros verdes y blancos a las que llamaban en broma «los manteles de Caná» por el nombre de su parroquia en Pozuelo de Alarcón.
El mismo entusiasmo
A Alfonso le impresiona «que tantos jóvenes de lugares tan distintos nos entendamos tan bien y tengamos el mismo entusiasmo por encontrarnos con Cristo». Les sorprende gratamente la popularidad de nuestro país entre los jóvenes europeos, «sobre todo los italianos y los polacos», pero todavía más asombroso, entre los jóvenes australianos y los ciudadanos de Sidney, «pues nos felicitan por el triunfo en la Eurocopa de fútbol y mucha gente por la calle nos dice "olé" cuando nos ven con las banderas o nos oyen hablar en español».
Pero en Sidney no sólo se medita y se reza, sino que se canta por todas partes. La ciudad bellísima y ultramoderna, cuajada de brazos de mar azul limpísimo por todas partes, desborda de música y canciones en todas las grandes plazas. La oferta es verdaderamente mundial, desde un grupo británico único, «From Gang Land to Promised Land», formado por antiguos miembros del narcotráfico y las bandas juveniles hasta conjuntos más exóticos, como los grupos de danza de Samoa, Fiji, Polinesia y Tonga. En la espectacular Opera de Sidney, en cambio, sonaba la «Missa Solemnis» de Beethoven a cargo de la Orquesta Sinfónica. Eran los ensayos para el domingo, pero a un nivel ya tan alto que se debería pagar por escucharles.



