Jonathan Brown celebra este año sus Bodas de Oro con Diego de Velázquez. El primer encuentro del historiador con el artista tuvo lugar en 1958, cuando el Museo del Prado era un lugar poco frecuentado: «Hoy en día pensamos en los grandes museos de Europa y América como hipermercados culturales, donde la oferta constante de exposiciones temporales ha tendido a relegar las colecciones permanentes a un segundo plano», añora. Los ojos de Brown se posaron sobre los de Velázquez en una búsqueda inacabada. ¿Cómo ha podido producir esta catarata de verborrea? «Al fin y al cabo, Velázquez sólo vivió 60 años y pintó unos 120 cuadros, incluidos aquellos que se han perdido -analiza-. Si fechamos el inicio de su carrera en 1615, habría pintado una media de 2,66 lienzos al año, por lo que 994 páginas deberían bastar para decir todo lo que necesita decirse sobre Velázquez, al menos por parte de un solo historiador del arte». Mientras corregía las pruebas de sus «Escritos completos sobre Velázquez», que ayer presentó en la sala de Las Meninas del Prado, Brown se ha sentido como alguien que se precipita al vacío, y ve desfilar en un instante toda su vida como biógrafo del genio sevillano. Prefiere la distancia corta del artículo: «La necesidad de llegar a un público amplio, combinada con la presión del plazo de entrega dieron, como resultado una frescura y espontaneidad que todavía hoy dan vida a estos textos breves», reconoce. Sobre las atribuciones opina el experto que se ven envueltas en promesas de lucro. Es raro el mes en el que Brown no recibe una foto de un cuadro putativo de Velázquez, con frecuencia acompañado de un grueso dossier de estudios técnicos y cartas de expertos que apoyan la atribución: «A los propietarios se les llena la cabeza con sueños de repentino enriquecimiento, y esperan que, de un vistazo, estampe mi sello de aprobación sobre su pequeña mina de oro. Hoy se manejan los estudios técnicos como prueba irrefutable de la autenticidad de un cuadro, olvidando que los ayudantes de Velázquez imitaban la técnica del maestro», recuerda. Brown habló de su libro como una «autobiografía académica» que abriga la insaciable curiosidad por un gran artista, y un deseo inalcanzable de entenderlo.