España es el único país de Occidente que teme a Estados Unidos más que a China. Y a pesar de esa fatigosa cantinela, es difícil hallar un imán más potente que Nueva York: la ciudad más deseada e imitada a este lado del mar. Véase, por ejemplo, Madrid: Chueca se ha convertido en un hervidero de tiendas, bares y restauranes que nada tiene que envidiar a la metrópoli donde, como dijo Concha Espina, «el placer es el móvil de todos los actos». Sin embargo, mientras uno encuentra en Nueva York teatros alternativos en Brooklyn donde una noche de copiosa nevada a mitad de semana no queda un asiento libre para una versión radical de la «Casa de muñecas» ibseniana (St. Ann´s Warehouse ), o una tarde tórrida de domingo de agosto a las cuatro de la tarde no quedan localidades para una representación que recrea el campo de concentración en que Leopoldo II convirtió el Congo Belga (La Mama), en El Canto de la Cabra (corazón de Chueca), el montaje inspirado en la agonía del general canadiense Roméo Dallaire ante el genocidio ruandés («La caricia de Dios») pasó sin pena ni gloria mientras tiendas, bares y restaurantes rebosaban. En Guindalera o Teatro de Cámara Chéjov se escenifican versiones deslumbrantes del maestro ruso. A la Cuarta Pared le costó años de resistencia hacerse con un público fiel a un teatro esencial, que demuestra que a menudo las grandes tramoyas, repartos y efectos le extirpan al arte que sucede en el tiempo (en vivo, ante los ojos de los espectadores) su pobreza, es decir, su necesidad. Ahora es la sala Ítaca, la que ve cómo la indiferencia de esta ciudad que sabe ser Nueva York en la piel y en el placer va a dejar que eche el cierre un teatro donde se representa el mejor montaje de la cartelera y uno de los más conmovedores de la temporada: «Kampillo o el corazón de las piedras», en el que Pepe Ortega, autor y director, y actores en estado de gracia demuestran que en el teatro al margen radica una verdad de valor incalculable.



