QUIEN más quien menos contribuirá a que las elecciones europeas se hagan en clave nacional y así será inevitablemente, hasta el grado cero, como en tantas partes de la Unión Europea. Pero requerir más atención a los asuntos de Europa no es una veleidad orteguiana, un arbitrio regeneracionista, ni un ejercicio cosmopolita. España decidió ingresar en la Europa comunitaria y no le ha ido mal. En su día, mancomunamos fracciones de nuestra soberanía para eso, del mismo modo que ingresamos en la OTAN. Las banderas de la Unión Europea ondean en muchos municipios, pero persistimos en el empeño de seguir desinformados sobre los procesos europeos, sus virtudes y sus defectos estructurales.
El domingo hubo en Madrid una manifestación de gran colorido contra la caza de focas. En general, importa más una crisis humanitaria en lo más apartado del planeta que el pobre en la esquina de casa. En las sobremesas se exaltan las voces por el Oriente Medio, pero raras veces hay quien se pregunte qué es lo que pasa en Europa, salvo cuando Berlusconi fanfarronea, Sarkozy bonapartiza la Quinta República o tememos que el inmigrante rumano arrebate puestos de trabajo.
Habrá voto útil, voto de castigo, voto antipolítico y mucho abstencionismo. De las elecciones gallegas a las del Europarlamento, en tres meses, va más trecho del que supone el aliento acumulado por el PP y el lastre que entorpece las maniobras del PSOE. La morosidad económica, la destrucción de empleo y la desconfianza económica condicionarán el voto muy por delante del presente o el futuro de Europa, aunque en realidad todo confluya hasta tal punto de que el Banco Central Europeo es un eje determinante para salir de la crisis.
Es una de las características casi genéticas del proceso de integración europea que ahora mismo no sepamos si al votar en junio estará o no vigente el tratado de Lisboa. En 2004, la abstención en las elecciones al Parlamento europeo llegó a un 54,5 por ciento. Ni los más optimistas prevén para este año una participación superior, si acaso un voto de castigo que en parte incrementará la presencia de los partidos extremistas en el hemiciclo europeo. De eso buscan sacar provecho político las organizaciones del euroescepticismo. El partido Libertas, ya decisivo en el «no» de la República de Irlanda al tratado de Lisboa, pretende concertar alianzas en toda Europa, después de fracasar en el propósito de un partido paneuropeo. Se habla del partido Alternativa Española como aliado de Libertas en España. En Francia ya tiene candidaturas marcadamente soberanistas y en Polonia las ha concretado en sectores de catolicismo integrista con conexiones agronacionalistas.
Otra incógnita en el panorama español es el partido de Rosa Díez. Lo más grave es que en fase de tanta inquietud como la actual, los programas y soluciones que los partidos presenten merecerán muy escaso interés. No es esa una actitud beneficiosa. Por ejemplo: sin ser entretenido, es ilustrativo comparar el programa del Partido Popular Europeo con el redactado por el Partido Socialista Europeo. Esta es una circunstancia en la que el centro-derecha europeo ha exprimido todo el jugo de su experiencia histórica y de su aportación pragmática a la Europa comunitaria: entre otras cosas, queda en primer plano la economía social de mercado. Por su parte, los socialistas europeos han preferido formularse en términos más gaseosos. Indudablemente, dará pereza votar en junio. Ni la política ni la clase política entusiasman mucho. De todos modos, peor es la antipolítica.
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