E.C.
LAS PALMAS. Desde Atamán muestran su preocupación por la no identificación de los inmigrantes que no consiguen superar la travesía en cayuco desde las costas africanas a las canarias. Cientos y cientos de ellos pierden la vida en medio del Atlántico, en cualquier punto distante de todo y su identidad queda sepultada para siempre en el gran cementerio azul. No corren mejor suerte los que llegan muertos a tierra española o fallecen a los pocos minutos, horas o días, cuenta Verónica Rodríguez, coordinadora de Cooperación de Atamán.
En contadas ocasiones, inmigrantes clandestinos han sido repatriados sin vida a África, y siempre eran casos de magrebíes. Rodríguez lamenta que las familias de estos jóvenes no puedan darles sepultura, y más aún, «que terminen en un nicho con un frío número sin nombre ni apellidos ni nada».
Rodríguez explica que han tomado contacto con la asociación de las viudas y madres de los cayucos, de la senegalesa Yaye Bayem, «para intentar cambiar esta dinámica». Hasta ahora, «nadie espera que pueda llegar a Canarias una familia de senegaleses o que se pongan en contacto con las autoridades españolas para reclamar a su hijo, primo, tío o sobrino muerto, a pesar de que son muchos los que no superan el viaje con vida, muchos».
A este respecto, un informe de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía asegura que en 2007 fueron hasta 921 las personas muertas en su intento de alcanzar las costas españolas. Más de 600, 620 exactamente, eran subsaharianos, 287 magrebíes y cinco asiáticos. Aunque estos, dice el documento, son sólo los que se pueden contar y la cifra real podría ser mayor. «Algunos altos cargos del Ministerio del Interior han llegado a admitir que el desierto del Sáhara se ha convertido en una inmensa tumba de arena.» Y en 2008, recoge, son ya 89 los muertos, frente a los doce del mismo período del pasado año.



