HUBO, hay y habrá unos pocos delincuentes en la vida pública española, pero sobre todo hay demasiados chulos. La política como chulería es el antiestilo de esa democracia liberal que hay que cuidar como quien mantiene vivo el orden imprescindible del jardín frente a la invasión de ortigas y cizaña. En el momento en que más falta hacen unos cuantos estadistas, van y se multiplican los chulos. Hay chulos de cacería, chulos autonómicos, chulos de organización de eventos y chulos del ecologismo. Por cierto: los ecologistas poco han dicho sobre las monterías del ministro Bermejo y del juez Garzón.
Desde luego, una cosa es la caza mayor -o menor- y otra la independencia de los jueces. En casos de esta naturaleza, lo que anula la posibilidad de desentrañar una verdad es precisamente tirar a bulto. Ortega emparejaba la caza con la regla monástica y la ordenanza militar. Otros la emparejan con la depredación institucional y las conspiraciones del triángulo. Tampoco conviene olvidar que en España la caza genera beneficios económicos, turismo de alto estándar y puestos de trabajo. Cazar es una ocupación feliz, sin duda, y que a su modo -en gran parte regulado, salvo con los furtivos- contribuye al ecoequilibrio y a las perdurabilidades paradójicas de la Madre Naturaleza.
Otra cosa es ir chuleando con la canana entre cornamentas caedizas de venado. Si la delincuencia viene tipificada por el Código Penal, la chulería aparece en la literatura ya con el soldado fanfarrón romano. En España, asoma en la picaresca, hace reír en el sainete y topa con el sarcasmo del esperpento. Chulos goyescos y chulapos de zarzuela. Un error común es circunscribir la identidad del chulo al perímetro histórico de Madrid, desde los tipos con navaja que destriparon la caballería de Murat el Dos de Mayo a los golfos, petimetres y chisgarabís de hoy, con o sin gomina. Tampoco toda la astucia es patrimonio gallego, ni el quehacer industrioso es estrictamente catalán. Hay chulos en todas partes y cada vez más.
El más benévolo de los observadores ya ha tenido tiempo para considerar casos extremos de chulería en la política municipal, autonómica y nacional. Hay chulos políticos cuando menos falta haría, como hay chulos de AVE y de puente aéreo, de piscina y de gimnasio. Hay chulos del articulismo político, del gobierno y de la oposición. Hay chulos de cocaína y chulos de púlpito. Los hay en manadas chuleando por internet. Lo chulesco es el más puro comportamiento de una hipotética raza hispánica, de modo parecido a como un cráneo dolicocéfalo, la talla alta y el cabello rubio representaban la más alta concreción de la raza aria. Un cráneo dolicocéfalo contiene la conciencia fundamental; el chulo todavía encarna las virtudes de lo imperecedero frente a las acechanzas de lo diverso y plural.
Figuras históricas como el general Narváez llevarán a perpetuidad su leyenda chulesca a cuestas. Ni el historiador Jesús Pabón logró que al gobernante eficaz con gobiernos moderados, ni al hombre incluso clemente, dejase de cundirle tanto la leyenda de espadón con chulería atávica de cuerpo de guardia. Un ejemplo: Narváez preside un Consejo de Ministros, todos moderados. Uno de los asistentes se resiste a una de las disposiciones que se proponen y dice: «Antes me dejaría cortar una mano». Según la leyenda, Narváez responde: «Usted no se cortará ninguna de las manos. Con la derecha firmará la disposición. Con la izquierda, me tocará usted los pelendengues». Mitos y reencarnaciones de la chulería. Entérese, pollo.
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