«Un día pensé que era un visitante. Otro día pensé que era un maestro. Hoy, ahora, todavía no sé lo que es un poema». Son los versos de un hombre en quien se ha visto al Neruda de Extremo Oriente. Versos con los pies en la tierra de alguien acostumbrado a tocar el cielo con sus palabras. Son los versos del coreano Ko Un, una de las grandes voces de la poesía contemporánea y serio aspirante al Nobel.Ko Un está en España en coincidencia con la presencia de Corea como país invitado en ARCO.
Desde su parsimoniosa mirada asiática, Ko Un busca camarederías entre nuestras respectivas culturas. «Aparentemente no hay mucho en común. Ambos son países con cultura propia y diferenciada, lo que hace más valioso un encuentro entre ellas. Lo que sí puedo decirle es que en nuestra tradición también existe un personaje muy similar al Sancho Panza del "Quijote"».
La vida se ha marcado a fuego lento en la piel de este hombre. Conoció la invasión japonesa, la guerra civil que acabaría partiendo con el cuchillo del paralelo 38 a su país en dos mitades. Conoció, también, el recogimiento de un monasterio, la cárcel por su actividad política y varios intentos de suicidio, uno de los cuales le puso más cerca de Buda que de los andurriales de este valle de lágrimas. No obstante, Ku On ha hecho de su biografía aprendizaje y sabiduría. «No vivo consciente de ese pasado. Creo que todos los sufrimientos que he padecido ya forman parte de lo más profundo de mi ser, son carne de mi carne. El dolor de ayer puede ser el dolor de hoy, pero también puede ser la alegría de hoy y puede ser un mayor conocimiento para el mañana. Mi ayer es mi hoy, mi pasado es mi presente».
También en Corea la poesía puede ser un arma cargada de futuro, pero Ko Un asegura que «no quiero exigirle tanta responsabilidad a la poesía, no quiero que cargue con algo tan pesado como servir para cambiar el mundo. Quiero que la poesía sea libre, y si quiero hacer del arco iris poesía, que lo sea, y si quiero que la tormenta sea poesía, que también lo sea».
Por su manera de hablar, su cortesía y su manera de echarse a la garganta un sorbo de vino, parece que hace tiempo que Un ya ha recorrido un buen trecho del camino de vuelta. «Últimamente, quiero intentar que mis poemas no surjan de mi propia imaginación sino de la imaginación de otros, porque a estas alturas, lo que yo imagine ya no tiene importancia». Ésa es la idea que subyace en «Diez mil vidas» (Editorial Verbum), un libro al que el poeta coreano incorpora poco a poco poemas sobre todas las personas que se cruzaron en su intensísma vida. Afortunadas ellas.


