TOLEDO. «Los platos y los vasos se caían, las sillas salían volando, gente rodando por el suelo, todo se movía... lo pasamos bastante mal». Es el testimonio del toledano Lucas Montojo, de 17 años, uno de los viajeros del «Grand Voyager», el enorme crucero que durante varias horas y con unas 800 personas a bordo estuvo a la deriva por la avería de dos de sus motores en aguas del Mediterráneo.
Al ver las imágenes del barco balanceándose de un lado a otro a merced de las olas, Lucas, que viajaba junto a su tía, afirma que todavía era más impresionante vivirlo desde dentro. «Mira, cuando el crucero se movía, el suelo se ponía casi vertical, los ventanales de un lado se hundían en el agua y por el otro lado se veía el cielo y los helicópteros; pensamos que no lo contábamos».
Según relató a ABC Lucas Montojo, afincado en Olías del Rey, la travesía con el crucero «más rápido del mundo» comenzó el 7 de febrero en el puerto de Barcelona, haciendo escala, posteriormente, en Florencia, Roma, Messina, Dubrovnik, Malta y Túnez, donde llegaron el domingo 13, para partir ese mismo día de vuelta a la Ciudad Condal.
«Zarpamos a la hora de comer y el barco ya se movía, pero nos dijeron que era el viento. Cuando estábamos cenando el capitán se levantó de la mesa, sin terminar de comer, y se fue al puente de mando; al poco, hubo un golpe muy fuerte y se fueron al suelo los platos y las copas». En el exterior se estaba originando un fuerte temporal, que provocó el fallo de los sistemas eléctricos y la avería de dos motores por la entrada de una gran ola en el cuadro de control.
Mientras, «intentaron que la fiesta continuara, hicieron un espectáculo, aunque les salió fatal porque no había quien parase». Esa noche -del domingo al lunes- «ya fue mala, las camas se movían y no se podía dormir. Nos levantamos como a las seis esperando que todo pasara pronto y llegásemos a Barcelona a las once, como estaba previsto». Pero lo peor estaba por llegar.
«Los restaurantes -el «Grand Voyager» tiene tres- estaban cerrados y, a eso de las siete y media, el capitán informó por megafonía de que íbamos a llegar más tarde a Barcelona, aunque no dijo cuándo, y que íbamos a notar temblores, pero que no nos preocupásemos... ¡¿temblores?!, fíjate, no podíamos estar en el camarote porque, entre otras cosas, la mesilla iba de un lado a otro, era muy difícil mantener el equilibrio y, si te caías, el balanceo te arrastraba y te quemabas con la moqueta».
Alarma de emergencia
Igual que en los aviones, antes de comenzar el viaje los pasajeros recibieron información para casos de emergencia y realizaron un simulacro. Pero lo del lunes, cuando sonó la alarma de emergencia, no era ningún ensayo. Los viajeros tuvieron que recoger sus chalecos salvavidas y trasladarse a los salones del barco, donde permanecieron desde las diez de la mañana prácticamente hasta que terminó la odisea en Cerdeña el pasado martes.
«Allí estábamos como podíamos, comíamos chocolatinas, no podíamos dormir, ayudábamos a la gente mayor... el barco se ponía vertical, una silla me golpeó en la cabeza, aunque no me hizo nada». Estos fueron los momentos más peligrosos y cuando «empezamos a ponernos muchísimo más nerviosos».
El relato de Lucas Montojo da una idea de la dantesca escena que se pudo vivir en el interior del «Grand Voyager», en el que también viajaba un matrimonio toledano; «la gente salía rodando hasta darse contra la pared, golpeándose con otros... lo peor era ver a las personas mayores, los bebés y las embarazadas, lo pasaron muy mal».
Afortunadamente, la tripulación, «que se portó muy bien con nosotros», consiguió arreglar el desaguisado y poner rumbo a Cerdeña, donde el barco llegó sobre las siete de la mañana del martes. Posteriormente, el pasaje fue trasladado a Madrid y Barcelona.
Sin comunicación
Aparte de lo extremo de la situación, su principal preocupación durante las más de 24 horas en las que el barco estuvo ingobernable era su familia, ya que los teléfonos móviles no funcionaban y los sistemas de comunicación del crucero estaban dañados. «Nos preocupaba que en casa no supieran nada, pero también que lo supieran y lo hubieran exagerado porque tampoco fue una catástrofe... ya sabemos cómo es la prensa sensacionalista».
Al igual que otros afectados, Lucas Montojo, con una sorprendente facilidad de discurso para un chico de su edad,considera que el capitán del barco debería haberse negado a realizar el trayecto de Túnez a Barcelona, aunque entiende que el responsable de la embarcación recibió presiones de la empresa responsable de la embarcación. Por todo ello, reclamarán la devolución del dinero y las posibles consecuencias psíquicas de un viaje que no olvidarán, «nosotros fuimos a descansar, no a venir peor de lo que estábamos».



