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FUEGO EN EL WINDSOR

Actualizado 17/02/2005 - 02:26:24

Porque una cosa es que «Madrid esté preparado para afrontar cualquier situación catastrófica», como ha venido repitiendo el alcalde durante los últimos días, y otra muy diferente que exista una obligación continua de hacer demostraciones mediante gas, socavones, coches-bomba, apagones de luz o llamas que se tragan edificios enteros.

Sobre la marcha y con la afición política para opinar de todo (se sepa o no de la materia), nos han dejado el recado de tener controlada la situación.

Las emergencias siguen ocupando el escalafón de la fama, no así todo lo que ha sucedido en el edificio Windsor, puesto bajo sospechas e investigación judicial. Más de un bulo anda en danza. El gabinete de crisis y algunos espontáneos prometen garantías de seguridad para hoy y para mañana.

Sin entrar en la valoración de que el incendio de la madrugada del domingohaya sido el «mayor en extensión de la historia de Madrid» (que va a ser que no), me permito recordar una crónica de Mesonero Romanos sin el menor ánimo de comparar nada, ni siquiera la forma de montar el cuartel general de autoridades para dirigir la lucha contra el incendio.

Como la desgracia se llevó por delante diecisiete casas, entre Preciados, Zarza y Cofreros (febrero de 1815, a una década de conmemorar el bicentenario), todos los mandos municipales se concentraron en la Casa de Correos, enfrente mismo del voraz espectáculo de llamas. Más de medio Madrid se lanzó a la calle.

El alcalde ordenó que todos los cántaros de cobre de los aguadores se pusieran a disposición de la causa.

El presidente del Consejo de Castilla (primera autoridad) escuchó propuestas militares, eclesiásticas y civiles. El capitán general se mostró partidario de combatir las llamas con fuego de artillería sobre las casas incendiadas: «cortar por lo sano».

El vicario propuso una procesión desde Santa Cruz o con la imagen de San Isidro. Y los corregidores querían fusilar allí mismo a los pillos y ladrones que quisieran aprovecharse de la tragedia.

«Todos mandaban y nadie obedecía»... ¡País!
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