
AFP Anjelica Huston y Cate Blanchett, protagonistas de «La vida acuática de Steve Zissou», ayer en Berlín
BERLÍN. Tras una corta pero intensa expectación, se proyectaba ayer por fin la película del malayo Tsai Ming-Liang. Se oían desde hace días los ecos de su llegada: «¡Es un porno!, ¡es un porno!...» Bueno, pues lo primero que se puede decir del porno de Tsai Ming-Liang es que no es porno... Peor aún: que no es ni siquiera porno. Se esperaba un porno malayo y lo que se nos endosó fue un «callo malayo», en el que entre unas cuantas imágenes más pringosas que cochinas se intercalaban grandes dosis de vacío y de aburrimiento; o sea, un poco en el estilo habitual de este director, que es capaz de aburrir en cualquier género, incluso en el porno que no es porno.
Tsai Ming-Liang tiene un gran prestigio como cineasta entre el público de festivales, y se lo ha ganado a pulso, pues tiene un talento difícil y trabajoso: se le ocurren ideas sólo para cortos, pero hace con ella largos, incluso muy largos, con lo que su cine suele ser un castigo para el entretenimiento y un ayuno completo para el cuerpo y el espíritu. Tiene auténticos petardos de películas que trae a los festivales, a Cannes, Venecia o Berlín, un poco como aquel director ciego que interpretaba Woody Allen y que, no sabiendo qué hacer con lo que había rodado, lo llevaba a Cannes y allí le daban un premio.
El petardo de ayer se titula «The wayward cloud» y, ciertamente, una vez dicho que no es un porno, pues no sabe uno qué más decir de él; sus personajes son inexistentes, en su narrativa no hay verbos ni por lo tanto acción..., con decir que casi lo más relevante que ocurre es que la pareja protagonista se come una sandía, pues está ya dicho todo. No, queda algo: si, como parece, los cineastas supuestamente de prestigio quieren arrebatarle el género porno a la vulgaridad, la monotonía y el mal gusto, tendrán que apurarse un poco más, porque hasta la fecha los varios intentos que ha habido lo único que le han aportado ha sido pedantería y aburrimiento. En cuanto a lo único que han sido capaz de quitarle, mejor nos callamos.
Pero la competición tenía más que ofrecer: la película de Wes Anderson «La vida acuática con Steve Zissou», que era como una continuación de los insufribles «Tenembaums», pero con Bill Murray como contrapunto del comandante Cousteau; se supone que Wes Anderson y su cine tienen gracia y originalidad, lo que pasa es que cuesta mucho encontrárselas. Pero algo debe de ofrecer este director cuando convence a Murray, a Anjelica Huston, a Willem Dafoe, a Cate Blanchet, a Owen Wilson y a muchos más para que trabajen en esta (aparente) memez. Aunque, seamos justos, lo de Anderson fue lo mejor que se pudo ver ayer, porque aun antes se proyectó una película francesa titulada «Les mots bleus», de Alain Corneau, que tenía como único aliciente la presencia de Sergi López, el maestro bueno. La historia era un drama entre madre e hija más forzado que aquel célebre penalti a Raúl. Total, que se fue la jornada entre un porno que no es porno, un drama que no es drama y un director original que no es original. ¿Puede alguien echarnos una maroma?



