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Una política de queroseno

La trayectoria de Magdalena Álvarez, flamante estrella zapaterista que hoy preside la Conferencia del PSOE, deja un rosario de conflictos en Andalucía. Los mayores dolores de cabeza de Chaves en los últimos años llegaron de su consejera de Economía

Actualizado 17/01/2004 - 08:49:29
Magdalena Álvarez
Magdalena Álvarez
SEVILLA. Un problema para cada solución. Una bronca para cada acuerdo. Un fuelle para cada rescoldo. La trayectoria de Magdalena Álvarez Arza, la consejera de Economía de la Junta de Andalucía, emergente estrella del firmamento zapaterista que hoy presidirá la Conferencia política del PSOE, es un rosario de conflictos que parecen hacerla sentirse a gusto, aunque haya acabado empantanando en ellos al propio presidente del Gobierno andaluz, Manuel Chaves, quizá el más aliviado con su inminente traslado a Madrid.
Todavía esta misma semana, cuando Chaves decidió inesperadamente aceptar un acuerdo para el largo contencioso financiero que Junta y Gobierno mantienen desde 1997 sobre la liquidación autonómica, Álvarez saboteó por su cuenta el pacto al lanzarse en tromba contra el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, al que acusó de chantajear a los andaluces vinculando la solución a una victoria del PP en las próximas elecciones andaluzas. Con calificativos como «prevaricador» y «delincuente», la consejera ha vuelto a poner en peligro un acuerdo que ella misma acababa de aceptar, como si le doliera torcer el brazo por intereses de su partido.
El problema de las cajas de ahorro
Los mayores dolores de cabeza de Chaves en los últimos ocho años han procedido de su consejera de Economía. En particular, de su política sobre las cajas de ahorros, en la que mezcló sus fobias personales para meter al presidente andaluz en un serio atolladero que estuvo a punto de comprometer su autoridad interna en el partido. Álvarez diseñó una ley llena de enmiendas «ad hominem» para jubilar a los presidentes de las cajas, cuya resistencia hizo embarrancar varias veces el texto legal, provocó una cascada de recursos que la Junta ha acabado perdiendo y desató un durísimo pulso interno en las organizaciones socialistas de Sevilla y Granada, en las que Chaves tuvo que mover a todos sus peones de confianza para que lograran tumbar a los díscolos directivos financieros.
Enfrentada con el poderoso consejero de Presidencia, Gaspar Zarrías, y con el portavoz parlamentario José Caballos, Magdalena Álvarez logró que Chaves perdiera el pulso con Cajasur, a cuyo presidente, el sacerdote Miguel Castillejo, no logró desalojar pese a sus reiterados acosos a base de filtraciones y denuncias a la Fiscalía Anticorrupción. Su empeño en diseñar una caja única andaluza, bajo el liderazgo de la malagueña Unicaja, suscitó una verdadera rebelión en el resto de las provincias, que hubieron de sofocar los citados Zarrías y Caballos, para evitar que el liderazgo de Chaves quedase en entredicho.
Quemada en este largo conflicto, Álvarez se atrevió en primavera a un nuevo movimiento de audacia, al rechazar la candidatura a la Alcaldía de Málaga, que le solicitó el propio Chaves en un intento de sacarla del Gobierno. Le secundó su compañera Carmen Calvo, consejera de Cultura, que se negó a ser candidata en Córdoba. No es casual que ambas hayan sido designadas cabeceras de lista al Congreso en ambas provincias, y enviadas por el presidente andaluz -hombre poco amigo de crisis, pero largo de memoria- al lado de Zapatero, en cuyo comité asesor de notables han sido incluidas como solución de compromiso.
Álvarez pasó un momento crítico durante la anterior legislatura, cuando salió a la luz un escándalo político que estuvo a punto de derribarla del Gobierno. La revelación de que había solicitado 444 pasajes gratuitos en Aviaco durante su etapa de consejera de la citada compañía aérea provocó un debate de enorme resonancia, en el que, fiel a su estilo arrogante y peleón, se negó a dar explicaciones. Por razones nunca explicadas, el PP aflojó la presión parlamentaria cuando más acorralada se hallaba la consejera, que jamás llegó a explicar el motivo de los vuelos gratis que le acarrearon el burlón apelativo de «lady Aviaco».
El puro de Rajoy
Todavía recuerda con estupor el candidato popular a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, el frenesí con que Magdalena Álvarez le apostrofó en una comisión de Política Financiera cuando era ministro de Administraciones Públicas, en otoño de 1996. Las cintas de aquella reunión, que la Junta reclamó judicialmente -y perdió- permanecen en el arcano, pero no la memoria del candidato, asombrado de la vehemencia con que Álvarez le conminó a apagar su puro habano, y de la displicencia con que, según un antiguo colaborador del entonces ministro, «Álvarez y Zarrías decían en público todo lo contrario de lo que habían manifestado en la reunión». Gran parte de los desacuerdos entre la Junta y el Gobierno nacieron aquel día, cuando Rajoy comprendió que se hallaba ante una política experta en la estrategia de provocación de conflictos, que parecían interesarle más que las soluciones.
En sus diez años como consejera de la Junta, Álvarez se ha mostrado como una consumada especialista en la «política de queroseno»: echar gasolina sobre cualquier rescoldo en el que quede algo de humo. Hasta ahora, las víctimas de esa táctica pendenciera han sido los protagonistas de la escena pública andaluza. A partir de marzo, será Zapatero el que haya de apagar los fuegos que le va a prender su nueva colaboradora estrella.
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