EL corrupto se aloja en una burbuja que le parece inviolable, como una cristalización matemática. Los cálculos del corrupto, según cree, nunca pueden fallar. Algo le hace invulnerable: en consecuencia, más osado. Así transcurrieron algunos episodios escabrosos al final del felipismo. En plena eclosión de la crisis financiera y con el frenazo de la recesión, cada caso de corrupción incrementa -venga o no a cuento- el descrédito del sistema. Algo tan viejo como la estafa piramidal caricaturiza al inversor de «boutique» y desvela las vergüenzas de Wall Street en el caso Madoff. Uncaso menor, como el del ex concejal del PP en Palma de Mallorca que usaba fondos públicos para pagarse masajes «gay» y cocaína, desconcierta a la sociedad mallorquina. El descaro del gobernador de Illinois, Rod Blagojevich, pone una nota aciaga en los preámbulos del discurso inaugural de Barack Obama.
Latente siempre está la corrupción como atavismo y, por efecto, la burbuja, la vieja burbuja en la que el corrupto-corruptor se cree inmune a todo. Millones de dólares, de euros, o un par de viejas cien pesetas como en la película «Los tramposos»: el señuelo siempre consiste en ofrecer una ilusoria proporción entre riesgo y beneficio. Sea en el hoyo nueve del campo de golf o en una esquina de la Puerta del Sol, la tentación es la misma. Luego uno la celebra con caviar o con bocata de tortilla.
El timo rudimentario del billete de lotería premiado funciona igualmente en la era digital, cuando nos estamos preguntando cuál ha de ser la dimensión del Estado en crisis como la actual o de qué modo los mercados globales pueden reconstituir su credibilidad con mayor transparencia y control. El tráfico de propuestas de fraude por internet es caudaloso: cada día el cibernavegante recibe ofertas colosales de banqueros de los Emiratos Árabes Unidos o de viudas de estadistas africanos en apuros transitorios. El fraude piramidal o «esquema Ponzi» -por el nombre de su urdidor- funcionará mientras se añadan nuevos inversores atraídos por beneficios fuera de lo común. Luego la pirámide, carente de base, se desmorona. EL FBI esposa al émulo de Ponzi: hay que buscarse un buen abogado.
Lo subyugante es que con tantos precedentes de caída y condena, al borde de un abismo irremediable, el corrupto se sienta tan seguro en su burbuja. El gobernador de Illinois hacía llamadas descarnadamente comprometidas a sabiendas de que tenía el teléfono intervenido por el FBI. Así intentó subastar el escaño por Illinois en el Senado, desocupado por Obama. Pillado «in fraganti», parece no inmutarse. Amenazó con rescindir la subvención a un hospital si sus gestores no le proporcionaban un «quid pro quo» en metálico. Es la invulnerabilidad de la burbuja, del mismo modo que en otra proporción el ex concejal de Palma intentaba las explicaciones más inverosímiles incluso después de saberse atrapado. Se atribuye al consumo de cocaína una propensión apolínea a desconectar con la realidad hasta negarla, pero la burbuja es más que eso. Según el portal electrónico «The daily beast», a alguien en el apuro de Blagojevich -quien ganó las elecciones haciendo campaña anticorrupción- se le debiera ver en estado de intenso terror y no es así. Algunos psicólogos aventuran que ni tan siquiera es consciente de que ha quebrantado la ley. Se sostiene en contradicciones propias de un niño mentiroso. Merece complicidad por parte de quienes creen que toda la política consiste en mentir. Es otra cara de la burbuja.
Versatilidad del comportamiento humano: personalidades sagaces con su dinero sucumben a una estafa piramidal con la purpurina del Nasdaq que había presidido Bernard Madoff. ¿Cómo podía el bueno de Bernie estar urdiendo un fraude colosal? Pero si me lo recomendó Luismi un buen día en la barra del «Ponzi Bar». Pues para gente lista y avezada al dinero, el fundador del bar Ponzi está en las enciclopedias, como inventor de la estafa piramidal que consiste en ofrecer duros a cuatro pesetas. Quienes invierten primero cobran sus beneficios de quienes van a invertir después, hasta que todo acaba porque el sistema de Ponzi es simplemente eso. A Ponzi quisieron lincharlo algunos de sus damnificados. Para evitar en lo posible las burbujas hará falta más ejemplaridad en el castigo. Blagojevich ya busca abogado para su burbuja.
vpuig@abc.es


