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«Mis amigos murieron en el desierto»

Ibrahim (Ghana, 1983; nacionalizado español) tiene la mayor sonrisa al sur de un rostro que la periodista haya visto en su vida. Y eso a pesar de que hace ocho años la miseria y la falta de

Actualizado 16/11/2008 - 04:15:19
Ibrahim (Ghana, 1983; nacionalizado español) tiene la mayor sonrisa al sur de un rostro que la periodista haya visto en su vida. Y eso a pesar de que hace ocho años la miseria y la falta de expectativas se la borraron de la cara. Bueno, a él y a ocho amigos que salieron de su país camino de Canadá. Sí, de Canadá (ya saben, un país de la Commonwealth como Ghana, afinidad cultural, idioma común...), e Ibra inesperadamente terminó en España. Allí, además de a su familia dejó un país con una esperanza de vida de 60 años; donde el 50,2 por ciento de las mujeres son analfabetas y donde sólo se han publicado siete libros.
Y este Ulises del siglo XXI recaló en España y más concretamente en Madrid. Vive en la calle Francisco Santos... que es donde recibe a ABC. Y no lo hace en cualquier sitio: lo hace en un piso tutelado donde él ya no vive (lo hizo durante ocho años); ahora es su lugar de trabajo -contrato indefinido- ya que es un educador de inmigrantes en riesgo de exclusión. El alumno se convirtió en profesor. Pero, como ya se ha dicho, antes de hacerse «cocinero», el «fraile» Ibrahim cogió el petate con sus amigos rumbo a la civilización: «En el desierto murieron tres de mis colegas. Sufrimos penalidades. Pasamos por Egipto, Siria, Líbano -allí fuimos vendedores ambulantes durante año y medio-, Turquía, Chipre...»
El Ítaca de Ibra y sus amigos era Canadá, vía España y Cuba. Pero se quedó en la segunda estación; hoy no sabe explicar si es que sintió un efecto llamada o lo definitivo fue la tortilla de patata que le dieron de comer en el aeropuerto. «En Barajas dije que era de Sierra Leona para que me dieran tratamiento de refugiado». Y dicho y hecho. Primero recaló en un centro de primera acogida y finalmente en Mercedarios. Allí convivió con personas de varias nacionalidades y la convivencia, a pesar de lo obsequioso de su carácter, no fue fácil. Lo cierto es que «mi experiencia como acogido me ha servido mucho a la hora de ser monitor. Me he formado además haciendo cursos y tengo muchos proyectos». Y tanto: hoy es un profesor consolidado, lleva tres años en el centro, se ha casado con una española y tiene una niña de cinco meses. También ha conseguido la nacionalidad española: «Tarea muy complicada», dice desde su sonrisa abismal. El interlocutor de ABC ya no volvería atrás, a pesar de la añoranza: «Visito bastante a mi familia en Ghana». Este ex ghanés es un ejemplo en carne y hueso de la iniciativa que el Ayuntamiento de Madrid puso en marcha en 2001: un programa integral de prevención de situaciones de exclusión social dirigido a jóvenes inmigrantes de 18 a 21 años. Bajo este nombre grandilocuente se halla una acción puesta en marcha en colaboración con la entidad Mercedarios Castilla comunidad, que son los que reciben a ABC en su modesto piso tutelado.
De Tánger a Algeciras
Ahí también charla con este periódico otro inmigrante completamente integrado en el mercado de trabajo español, con responsabilidades directas sobre la educación de menores y jóvenes sin papeles. Se trata de Abdellah (Marruecos, 1988). que se escapó de su país por no tener una trifulca con su padre a cuenta de unas malas notas. Él vivía en Tánger y llegó a Algeciras en los bajos de un camión. Después de una estancia corta en el Centro de Menores de Hortaleza terminó en este piso tutelado que, al igual que Ibra, tampoco es su casa ya sino su centro laboral. Le gusta la cocina y ha hecho en España un curso de dos años de esta especialidad.
Ahora está inmerso en la disciplina de mediación intercultural y, desde febrero, es educador. «Hoy vivo en la Plaza de España y cada dos meses voy a ver a mi familia a Tánger». Este periódico habla con la directora de Inmigración y Cooperación al Desarrollo de Madrid, Laura López de Cerain, minutos antes de hacerlo con los dos protagonistas de esta historia. Ella relata lo gratificante que es esta labor «sobre todo porque en muchos casos estamos hablando de menores de edad o muy jóvenes que necesitan de nuestra ayuda, y cuya respuesta justifica estas iniciativas que evitan que en España terminen en la calle». A la pregunta de ¿cómo llegan aquí?, López de Cerain contesta que «normalmente es la policía la que les trae, ya que en muchos casos están sin documentación». De resolver ese problema se encargan los Mercedarios, cuyo responsable Pablo Pérez aclara que «se les da todo tipo de asistencia, incluida la legal, pero sobre todo se les enseña un oficio para que puedan desenvolverse». Como Ibra y Abdellah. La puerta de la estancia donde hablan con ABC no para de abrirse. Son otros chicos: ¡sus alumnos!
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