
Quién no ha deseado alguna vez tener un mentor o relaciones públicas que le haga famoso, una suerte de «gato con botas». Hay personas que valen mucho pero o no creen en ellas o no saben venderse. Pero deben aprender a ser su mejor manager.
Érase una vez unos amigos de la infancia, ambos poseían una inteligencia poco común. Cada uno tomó un camino muy diferente en la vida: Ella logró triunfar como escritora a base de esfuerzo, constancia y perseverancia. Creía en su talento, confiaba en que si persistía en su intento, lograría que los editores creyesen en ella. Poseía un nivel de confianza en sí misma (autoestima) poco habitual (algunos la tildaron de prepotente). Pasó muchos sinsabores. De haber tenido manager, quizás le hubiese ido mejor... Se puede ser excelente, un genio, pero como decía mi abuela: «Lo que no se enseña, no se vende». Ella se vendía poco.
Él, triunfó. Sin valer tanto como ella, ni ser tan talentoso, al carecer de vergüenza se las apañó muy bien (era un «gato con botas»). Allá donde fuera le adoraban. Tenía labia para parar un tren: decía lo que la gente quería oír. Se apropiaba de ideas ajenas haciéndolas pasar por propias... Era un tiburón de los negocios, todo valía con tal de lograr su objetivo. Como no hay éxito que cien años dure, al llegar las vacas flacas, aquellos a los que había «usado» empezaron a pasarle factura. Ir por la vida arrasando, tiene ventajas y desventajas: «arrieros somos y en el camino nos encontraremos»... con nuestra propia conciencia, ¡claro!
Eso lo sabía muy bien ella: nunca quiso ser ni tener un gato con botas, prefirió esforzarse. Su conciencia era muy estricta. Él aprendió de sus errores (triunfó y se arruinó). Pasó a usar sus conocimientos con respeto, vender ideas basándose en la veracidad del producto, cuidar las relaciones personales, respetar la inteligencia natural de la gente, y logró metas que antaño consideró inalcanzables.
«Los gatos con botas» suelen ser unos perfectos triunfadores, centrados en lograr el triunfo por el triunfo. Simbolizan la capacidad de seducción, carisma, simpatía y conquista. Suelen triunfar pasando por encima de su conciencia -el especulador- frente a quien no lo hace así -la escritora-. Al final, el éxito será amargo o dulce dependiendo de cómo nos hayamos tratado espiritualmente a nosotros y a los demás.
El triunfo rápido, que maquilla circunstancias, abusa de la buena fe de otros, da codazos, usa todo tipo de tretas, obvia la singularidad, hace la pelota a quien sea, cuenta milongas, se deshace como una pompa de jabón. En cambio, el triunfo basado en la veracidad, respeto, constancia y autenticidad tarda en llegar, se consolida lentamente, pero sigue un plan organizado.
Se necesita carisma para lograr el triunfo. Pero la valía es imprescindible para que sea sólido y duradero. Lo que importa es el poder de la autenticidad. Triunfa por méritos propios.
* Texto basado en su libro de próximaaparición Déjate de cuentos



