Darse una vuelta por el Douro y sus bodegas es entrar en un mundo del vino poco conocido hasta ahora, pero espectacular. ¿El secreto? La uva, el clima, el terreno y la pasión de unos cuantos jóvenes viticultores que, sin dejar de lado los vinos de Oporto, de los que han vivido y seguirán viviendo sus familias, andan volcados ahora en un nuevo trabajo: hacer vinos de mesa distintos y espectaculares.
Tuvo que ser el dios Baco quien señalase con su dedo las márgenes del río Duero, españolas y portuguesas, para indicar dónde tenía el hombre que plantar los viñedos con cuyos frutos habría de rendirle pleitesía, pues de lo contrario no se explican tantos y tan buenos caldos. Si el paisaje que rodea al Duero español es precioso, el que bordea al Douro es francamente sorprendente. Un macrojardín de autor anónimo. Miles y miles de cepas escalan en bancales las empinadas y altísimas laderas que rodean el río y sus afluentes formando un paisaje único y bellísimo, y lo hacen en terrazas laboriosamente trabajadas y protegidas. Unas viñas que parecen deslizarse por las grandes pendientes, pero que gracias a la mano del hombre - también a su paciencia- están ancladas y sujetas al terreno mediante muros de pequeñas piedras de pizarra, sin ningún tipo de argamasa, lo que permite un mejor filtrado del agua de lluvia. Unas cepas distribuidas en 40.000 hectáreas, que acogen las más de 70 castas autóctonas y que gracias al suelo y al clima de la zona han permitido durante tres siglos la elaboración de los más finos oportos.
La región vitivinícola del Douro -que fue creciendo a medida que el río se hizo navegable- tiene unos 170 kilómetros de larga. Empieza a unos ochenta de la ciudad de Oporto, antes de la desembocadura del río en el Atlántico, y se extiende hasta casi la frontera con España. Siempre tuvo una gran tradición en el cultivo de la vid, desde la época romana, pero no fue hasta el siglo XVII cuando le llegó la fama. Se la debe a los comerciantes ingleses que, con motivo de sus enfrentamientos con Francia, dejaron de comprar los vinos de Burdeos y los sustituyeron por los de Portugal. Los ingleses fueron los que descubrieron los vinos del Douro, los comercializaronjunto con los flamencos -que fueron también buenos clientes- y se entusiasmaron con ellos. Pero como el viaje en barco hasta Inglaterra era largo y los vinos parecían no llevar muy bien el trayecto, no se sabe a quién se le ocurrió la genial idea de añadirles alcohol vínico durante la fermentación, para que de esta forma no sufrieran el «mareo». El resultado fue sorprendente porque con el alcohol el vino no sólo se conservaba muy bien, sino que mejoraba. Así nació el oporto, un vino cuyas uvas se cultivaban en los terrenos pizarrosos del Douro; se le añadía aguardiente en la fermentación y se le llevaba río abajo en barco hasta la cálida y húmeda ciudad de Oporto (al barrio de Gaia) a envejecer en barricas. Hoy el traslado se hace en camiones cisternas, pues el último barco que partió con barricas lo hizo en 1961. Los oportos son vinos con un buqué inigualable, famosos en el mundo entero, y más fáciles de trabajar que los de mesa porque, al tener una graduación más alta de alcohol, no se les presentan problemas con las levaduras.
El toque «british»
Los portugueses han pasado siglos elaborando el oporto de la mano de los ingleses, y como todo se pega, hasta ellos mismos tienen mucho de «british». Se ve en sus formas de vida, en sus costumbres, en sus casas... El oporto es el que ha dado ese toque británico a las familias de las Quintas donde están los viñedos, porque al estar muy cerca de ellos crearon una sociedad y un entorno restringido y selecto. El cauce del Douro agrupa unas setenta quintas, unas más grandes y espectaculares que otras, pero todas bonitas y en lugares privilegiados: las abruptas y escarpadas pendientes del río y sus afluentes. Pertenecen a familias que llevan toda la vida haciendo vino, y hoy sus tataranietos -quinta y sexta generación- siguen con entusiasmo el oficio. A lo largo de estos siglos ha habido muchas uniones matrimoniales, que han juntado viñedos y quintas, porque entre la gente del vino, como sucede con todos los apasionados por algo importante, es muy frecuente la endogamia.
Pero el tiempo pasa y los vinos de Oporto parece que «caminan solos», porque Baco se encarga de tenderles la mano, pero como a los jóvenes les gusta el riesgo y la sensación placentera que da el hacer algo nuevo -y mucho más un vino-, desde hace unos años un grupo de ellos está poniendo su empeño en los vinos de mesa, unos caldos que salen de las mismas bodegas y de las mismas viñas que los vinos de Oporto, pero que no tienen nada que ver con ellos.
Estos jóvenes viticultores, que se han bautizado como los «Douro-Boys» (otra influencia británica más), llevan unos cuantos años entregados a la causa: sacar los mejores vinos de mesa de Portugal capaces de competir con otras glorias del mercado internacional. Son Dirk van der Niepoort, Francisco Ferreira, Cristiano van Zeller, Miguel Roquette y Francisco Olazábal. Entusiasmo y pasión no les falta y, por si fuera poco, quieren que la cultura vitivinícola del Duero-Douro sea un puente de unión entre ambos. Para ello han contado con otros viticultores del Duero español que también están entusiasmados con la idea, llámense Telmo Rodríguez, Peter Sisseck, Mariano García...
El factor suelo (pobre y pizarroso, que obliga a las viñas a profundizar sus raíces hasta 12 metros en busca de nutrientes)), las variedades de uvas (algunas únicas en el mundo) y el clima (continental extremado de veranos calurosos y soleados) hacen de estos vinos de mesa del Douro algo especial. Y lo que es mejor: con un precio no muy alto (todavía), aunque los hay caros.
Los Sábados de ABC se dio la pasada semana una vuelta por las quintas de los «Douro-Boys» asistiendo a la vendimia y al proceso de vinificación. Nos sentimos como en casa. Con ellos compartimos comidas y cenas y disfrutamos de sus vinos regando algún que otro bacalao. En los postres no faltaron los oporto «vintage» para acompañar el famoso queso de Serra, los «cakes» de chocolate y las largas y divertidas conversaciones, ¡cómo no!, sobre el vino. Comenzamos por la Quinta de Nápoles, donde Dirk Niepoort nos dio a catar incluso un experimento que está haciendo con el joven español Telmo Rodríguez. Una especie de «vino de garaje», con uvas especiales y el despalillado a mano, que ya con siete días prometía. Niepoort es de origen holandés y su viticultura es casi orgánica. Viñas viejas, castas mezcladas para este «loco del vino» que comercializa sus caldos con el nombre de Redoma. Tiene un Branco, un Branco-reserva (dicen las guías que el mejor blanco de Portugal) y un Redoma tinto.
La labor de Antonia Ferreira
Pasamos a Quinta do Vallado, en la localidad de Peso de Régua, cuya primera referencia data de 1716, otra de las múltiples propiedades de doña Antonia Adelaida Ferreira, la mujer que revolucionó el campo y los viñedos portugueses en el siglo XIX arriesgando mucho y transformando la zona. Allí, con Francisco Ferreira (quinta generación), recorrimos las viñas más viejas, donde el desnivel del terreno impresionaba. Sacaron su primer vino de mesa en 1995 y hoy el enólogo de la casa es su primo Xito Olazábal, propietario y enólogo también de la Quintado Vale de Meao. Elaboran Vallado Branco (blanco) y tres tintos: Vinha dos Freires, Vallado normal y Vallado reserva. Al día siguiente visitamos la Quinta Vale Dona María, donde Cristiano van Zeller, un purista y uno de los más experimentados productores del Douro, tiene 10 hectáreas de viñedo. Sus vinos son muy personales, pues le horroriza quesepan a madera, prefiere aromas tostados.
Proseguimos a Quinta do Crasto, tradicional en la zona: hasta aparece representada en los antiguos azulejos de la estación de Pinhao. En vinos de mesa es muy nueva. Los hacen los hijos de Jorge Roquette, Tomás y Miguel, con la ayuda de la española Susana Esteban y del australiano Dominic Morris. Sus vinos son tan espectaculares como la piscina que Eduardo Souto Mesa les hizo en el borde del acantilado de la Quinta. Su Vinha María Teresa es un «couvée» muy especial, que sólo se elabora en años buenos, y su Vinha da Ponte está siendo muy elogiado en las catas. El último día nos acercamos a la Quinta de Vale Meao, casi en la frontera, que doña Antonia Ferreira adquirió antes de la llegada del ferrocarril a la zona. Está en Vila Nova de Foz y Francisco Olazábal, su bisnieto, es quien lleva la finca junto con su hijo Xito, el enólogo. Tienen 62 hectáreas de viñedo y en su bodega, bellísima, tal y como se construyó hace más de un siglo, hacen un Quinta do Vale Meao 1999 tinto -donde predomina la touringa nacional- y el Meandro.
En todas las quintas pudimos ver el ritual de la vendimia y contemplar cómo llegaban a los lagares los racimos para el pisado de la uva, pues consideran cuestión de prestigio vinificar a la vieja usanza sus mejores caldos. También estrujan sus uvas mecánicamente.
La tierra y la orientación del viñedo hacen vinos distintos que denotan hasta la personalidad de su autor. Los de Quinta de Nápoles, de Dirk van der Niepoort, son caldos que sacan muchos sabores de la naturaleza. Los de la Quinta do Vallado, de Francisco Ferreira, tienen una rusticidad muy elegante y una elegancia muy rústica. Son caldos muy concentrados, muy evidentes, aunque los reservas son más sutiles. Los de la Quinta do Vale Dona María que hace Cristiano van Zeller son vinos muy elegantes, suaves, aterciopelados y en los que apenas se nota el sabor a madera. Son vinos con «encanto femenino». Los Quinta do Vale Meao son vinos fructuosos, elegantes y potentes. Las Quintas también se pueden «catar», o sea visitar, previa cita (d.muhr@wine-partners.at).


