PALMA DE MALLORCA. Visto desde fuera, este panorama resulta de muy difícil comprensión, ya que no se ajusta en absoluto a ninguno de lo patrones preestablecidos. Nadie puede entender, en efecto, como es posible que un gobierno de coalición en el que cohabitan desde socialdemócratas hasta independentistas, pueda siquiera sostenerse en un clima de permanente enfrentamiento, no con la oposición, representada por un Partido Popular claramente mayoritario, sino entre sus mismos socios. Para colmo, el pistoletazo de salida de la nueva temporada, protagonizado por la presidenta del Consejo de Mallorca, como ya viene siendo habitual, ha introducido nuevas dosis de crispación e histrionismo. De hecho, el único punto de consenso entre todos los partidos -incluido el PP- es el que señala que la postura contra la inmigración, que fue el eje del discurso aparentemente institucional de María Antonia Munar, contiene altas dosis de peligrosidad en un momento ya de por si bastante tenso para la convivencia política en las Islas.
El discurso de Munar, en efecto, ha abierto un precario espacio de consenso entre unos partidos permanentemente enfrentados entre sí. La peculiar situación política de Unión Mallorquina -que con sólo el 9 por ciento de los votos ejerce como poder único y al mismo tiempo como oposición a todo el mundo- parece obligar a su líder a derivar hacia un peligroso indigenismo, que apela a los sentimientos más primarios de la sociedad en busca de un espacio electoral que le permita afianzarse en su posición de árbitro. Desde la izquierda gobernante la postura de Munar se denuncia con la boca pequeña. La actitud más firme procede de Izquierda Unida-Los Verdes, quienes le hicieron llegar por carta su enojo por el contenido xenófobo de un discurso que pretendía ser institucional. En la carta que comunistas y ecologistas enviaron a la presidenta del Consejo destaca una queja amarga y significativa: «actuaciones como las de su discurso -le escriben-- hacen que cada vez resulte más difícil mantener una fidelidad que su partido no muestra».
El PSM, partido nacionalista radical, que gobierna en el Consejo de Mallorca conjuntamente con UM, se ha convertido en las últimas semanas en la auténtica oposición a la gestión de la presidenta. No sólo se opusieron al Plan Territorial de Mallorca, que Munar ha presentado reiteradamente como la «estrella» de su labor de gobierno, sino que se han ido desmarcando paulatinamente de sus posiciones de consenso, aunque sin renunciar a continuar en sus cargos. Tras el polémico discurso del 12 de septiembre -fecha conmemorativa de una presunta efeméride nacionalista que Munar creó hace tres años y que ella utiliza como plataforma partidista- criticaron duramente que la presidenta aprovechara un acto institucional para lanzar un mensaje de partido que -aseguraron- no comparten en absoluto.
Pero quizá la postura más atípica del confuso panorama político balear sea la que corresponde al Partido Popular, que con 28 diputados de los 59 que componen el Parlamento regional contempla con preocupación el hecho de que sólo un futuro pacto con María Antonia Munar habrá de permitirles recuperar el poder en en las elecciones autonómicas del próximo año.



