Verónica estaba pálida, y la tristeza de su mirada me conmovió brutalmente. Madame Pioline comenzó la función diciendo:
Estamos aquí reunidos para ponernos en contacto con los espíritus de Enrique, Paloma, Manuel, Beatriz y Esther. Démonos todos la mano formando un círculo sagrado.
Confieso que me hizo gracia lo de Enrique. Así me llamaba yo en la Tierra. Pero ahora mi nombre es otro, por supuesto. Volver a ser Enrique por unas horas me resultaba curioso, como si tuviera que disfrazarme de aquel que yo había sido y el traje se me hubiera quedado estrecho.
Se cogieron las manos los unos a los otros y Madame Pioline cerró los ojos. Permaneció inmóvil, y de golpe, como accionada por un resorte mecánico, comenzó a hablar en una jerga ininteligible, moviendo la cabeza en círculos cada vez más deprisa:
-Basuta kina camanda losa. Birka solada maduna peri. Monaso jarata perduda ilo. Alimona surrenda kalinaora. Enrique terete muva.
Lo único que entendí fue mi nombre, así que me preparé para entrar en acción, aun sin saber muy bien qué se esperaba de mí. Aquel idioma grotesco me pareció una fantasmada por parte de la médium, que debía de querer impresionar a su auditorio hablando en una jerigonza a todas luces inventada por ella. Los demás la miraban con un respeto infinito, sugestionados por sus palabras. Yo estaba escandalizado por tanta estupidez, pero la presencia de mi hija me frenaba la indignación y me llevaba a emocionarme por entero, olvidándome del deplorable espectáculo que estaba presenciando. De nuevo el amor venía a salvar la situación, y evitaba que me enrabietara de lleno. Quería tantísimo a Verónica que era capaz de todo. Estaba dispuesto a hacer el payaso en la medida que me lo exigiera el guión allí representado.
Las manos de la médium, blanquísimas y finas, se soltaron de pronto de sus ataduras y de manera automática fueron a colocarse sobre el tapete de la mesa, con los dedos extendidos y las palmas boca abajo.
-
Modusa regul farina cuerga. Muéstrate, Enrique, si estás con nosotros.
Yo no sabía cómo responder a la llamada, así que improvisé rápidamente. Soplé la llama de unos velones azules que encendidos coronaban un aparador de la sala.
-¡Oooooohhhh! -exclamaron entonces todos al unísono, sobrecogidos y alterados, entendiendo que yo había respondido a Madame Pioline apagando las velas. Ya no les cabía duda de mi presencia.
-Enrique, tu hija Verónica ha venido aquí esta tarde para ponerse en contacto contigo -expuso solemnemente Madame Pioline, tomando la iniciativa, con voz serena y actitud experimentada, tras la sorpresa mayúscula de los concurrentes-. ¿Quieres decirle algo?
Empezaba a divertirme de verdad, y me dije a mí mismo que mi hija se merecía una sesión de antología, que fuera recordada durante mucho tiempo, que fuera comentada hasta la saciedad y que se destacara por su sobrenatural grandeza. Quería darle a Verónica lo mejor de lo mejor, como había hecho siempre en vida. Así que volví a improvisar con celeridad e hice que se encendieran de nuevo los velones, todos a la vez.
-¡Oooooohhhh! ¡Oooooohhhh! -exclamó nuevamente el grupo, cada vez más impresionado. La única que no se hacía eco de lo que estaba sucediendo era la propia Madame Pioline, que permanecía impertérrita, como si estuviera acostumbrada ya a esta clase de efectos especiales y no se alterara por nada. Confieso que me molestó sobremanera que la médium no se perturbara ni un ápice, lo cual me llevó a tomármelo como algo personal, de tal forma que mi fastidio se convirtió en cólera sincera y me decidí a poner a prueba sus nervios tan bien templados. Levanté la mesa del suelo medio metro y la hice girar sobre sí misma a velocidad de vértigo, mientras encendía y apagaba las velas con intermitencia calculada. Al ver la mesa moviéndose y levitar, los presentes se pusieron a gritar despavoridos, mientras que Madame Pioline exigía calma con tono profesional. Yo ya no pude más, dejé caer la mesa en su lugar y me centré en la médium, a la que ascendí hasta el techo, donde la dejé pegada durante un buen rato.
Por fin obtuve mi recompensa.
-Bájame de aquí, Enrique, te lo ruego -pedía la desdichada, suspendida en lo alto de la habitación-. Somos tus amigos. Solo queríamos hablar contigo, nada más.
La mujer me dio finalmente lástima y la dejé caer con suavidad sobre su silla, donde se quedó lívida y muda, sin mover un solo músculo, desactivada su soberbia.
-Papá, papá -llamó entonces Verónica, que hasta ese momento había permanecido a la expectativa, con la boca abierta y demudada-. ¿Eres tú de verdad?
Aproveché a Madame Pioline, que en aquellos instantes era un cordero degollado, para hablar por su boca.
-Sí, hija mía, soy yo, tu padre -dijo entonces la médium con voz ronca y masculina.
-Por favor, dime que estás bien -pidió Verónica con lágrimas en los ojos-. Lo necesito.
-Estoy en plena forma, tortolilla -seguí hablando por boca de la médium-. No temas por mí. Vive tu vida y sé feliz. Te lo mereces.
-Es que te echo de menos, papá. Ya no me río como antes. Todo es muy triste sin ti.
La vanidad no es una virtud, pero no puedo evitar jactarme de que yo solía ser un tipo simpático, cargado de sentido del humor, de espíritu claramente juerguista. Y sin embargo la impotencia me empequeñecía en aquellas circunstancias. Me di cuenta de que era un muerto sin la más mínima gracia y eso me incomodaba. No podía complacer a Verónica, que anhelaba el placer de los buenos tiempos. La muerte es lo que tiene. Te vas y ya no queda nada. Tentando estuve de desaparecer, de huir de aquel escenario donde iba a fracasar estrepitosamente. De nuevo el sufrimiento me rondaba. No aguanto el dolor humano. No lo resisto, me vence. Quería irme, volver a mi refugio, no ver el rostro de mi hija pidiéndome imposibles. Odio las situaciones lacrimógenas. Nunca fui bueno en eso. Jamás aguanté el tirón de una mujer llorando. Eso es lo que yo hacía en vida, escaparme de aquello, contar un chiste, decir alguna tontería, reírme y desmontar el llanto. La tentación que tuve fue poner a Madame Pioline a bailar claqué o a saltar como un mono, para entretener a Verónica y hacerla olvidar sus penas. Ese era el único remedio que se me ocurría. Pero era también la solución más fácil, y no me había muerto yo en vano. Si algo tiene la muerte es que detrás viene otra cosa diferente. Y al momento tuve la intuición de que Verónica en el fondo buscaba algo que yo no había sabido darle nunca. Entonces, sin darme cuenta, me puse a hablar todo lo que no dije cuando era un ser humano.
-Querida mía, ya no puedo estar a tu lado como antes. No soy tangible. No puedo recogerte ni salvarte, no puedo hacer de tu dolor un chiste divertido o un cuento hermoso que borre el rastro de la pena. He de dejarte a tu merced, e invisible, agazapado en la sombra, esperar que prosperes, que no te abatas, que no claudiques. No puedo intervenir, aunque quisiera. Te he dejado en herencia todo el amor de que fui propietario. Un amor infinito, sin fisuras, sin trabas. Tal vez me equivoqué y no supe conocerte a fondo, o fui torpe para darte en cada caso la comprensión que requerías. Yo tuve que vivir también con mis limitaciones, con mis dudas y miedos, sumido en un vértigo de incertidumbres. Te di la mano siempre, es lo mejor que he hecho. La vida sigue para ti, no la rechaces. Vive por ti, con todo el arte de que seas capaz. Escucha tu pasión y dale rienda suelta. Goza de todos los instantes. Vive también por mí, con mi recuerdo. Si no quise morir, si no quise dejar de respirar, fue por tu aliento, por tu compañía, por tu existencia. Pero mi vida terminó, inevitablemente. Es un destino extraño, incomprensible acaso, más para ti que para mí, que llegué al fin sabiendo lo que hacía. No pretendo que te alegres de mi marcha, pero disfruta tú del mundo, y lucha y vive tu momento, amargo y dulce a cada paso, porque eso es lo que hay. Sabes que nunca te he engañado. No quiero que te quedes sin saber lo mucho que te amé, y que aún te amo.
Y terminando mi discurso, una suave brisa rozó la mejilla de Verónica. Era mi último beso.


