Pedro
González-Trevijano
Rector Universidad
Rey Juan Carlos
DE entrada, dos aclaraciones. Primera: soy aficionado al fútbol; un deporte que nunca he entendido como expresión moderna del alienante pan y circo, con que ciertos sesudos intelectuales han intentado sin éxito su inflexible descalificación. Además, puestos a enumerar nombres de relevantes escritores y artistas, la lista de sus aficionados es, nunca mejor dicho, de primera división: el filósofo Albert Camus, el escultor Eduardo Chillida -ambos destacados porteros- y hasta el poeta Miguel Hernández. Segunda: soy seguidor del Real Madrid; lo siento por los que han tenido la triste y contrastada desventura de encariñarse con otros colores comparsas o secundarios. Y hasta voy a presumir: un tío bisabuelo mío, Adolfo Meléndez, fue uno de los fundadores y primeros Presidentes del elegido mejor club del siglo XX. Y así peregrino los domingos, en compañía de mi padre, mi hijo Pepe y mis amigos Pepe Pérez de Vargas y Luis Sangro, al Coliseo blanco -otros tienen catedrales o bomboneras- en la calle de Concha Espina.
Ustedes se preguntarán a qué viene esta encendida declaración de fe balompédica y de abierta madriditis. La causa se encuentra en una más, ¡y ya hemos perdido la cuenta!, de las recurrentes patochadas con que nos iluminan algunos de nuestros representantes públicos. Hasta hoy, parecía que circunscritas al ámbito político, pero ahora también extendidas al deporte. La estupidez -¡es como si hubiera un concurso a ver quién enuncia la mayor estulticia!- ha sido apuntada por el diputado Joan Bernat. Éste, al hilo de una exposición en el Parlamento europeo sobre la historia del club madrileño, se ha despachado con las siguientes mamarrachadas: «No deberíamos olvidar que seis de las Copas de Europa que tan ostentosamente se exhiben hoy se ganaron en tiempo en que el Real Madrid era el estandarte internacional del régimen fascista de España y que, por tanto, tenía el apoyo internacional de las autoridades franquistas».
O sea, que esa clase política europea justificadamente adversa hacia nuestra dictadura -les recuerdo a Harold Wilson, Olof Palme, Billy Brandt o Charles De Gaulle- eran, en realidad, esbozados infiltrados del franquismo. Unos emboscados topos que hacían todo lo posible para que los árbitros pitaran a favor del Madrid. ¡Y yo que pensaba que en ello tenían que ver los mejores futbolistas del momento: Di Stéfano, Kopa, Puskas, Gento, etcétera. Pues ya ven ustedes, no. Aquellos años cincuenta y sesenta, los máximos dirigentes de la Europa libre se reunían en secreto cónclave para favorecer al equipo del franquismo, dado su conocido cariño por el general Franco. ¡Qué memez!
Nuestro hombre desconoce la historia del fútbol europeo y español -¡perdone, su señoría, por dicha expresión!-. De entrada, porque el Real Madrid nunca se hizo con la Liga en los años más duros del franquismo, toda vez que su primer título no llegó hasta 1953-1954. Y, en segundo término, porque como nos recordaba un insigne madridista, y no precisamente franquista, el profesor Gregorio Peces-Barba en sus clases de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, el Real Madrid siempre gozó de simpatías entre la más variada clase política. Otro contrastado merengue, ¡y que yo sepa tampoco fascista!, fue Rafael Sánchez-Guerra.
Y, en fin, tampoco está de más la fría evocación de los hechos. Valga para ello el excelente libro de Ángel Bahamonde «El Real Madrid en la Historia de España». El Real Madrid conquistaba la liga durante la II República -1931/1932 y 1932/1933-, algo que ha seguido haciendo en democracia: 1978-1979, 1979-1980, 1985-1986, 1986-1987, 1987-1988, 1988-1989, 1989-1990, 1994-1995, 1996-1997, 2000-2001 y 2002-2003. Y también la Copa, que conseguía durante el reinado de Alfonso XIII -1904/1905, 1905/1906, 1906/1907, 1907/1908 y 1916/1917- y, otra vez, en la II República: 1933-1934 y 1935-1936. Durante ella, por cierto, ¡el club estaba suscrito a los periódicos El Liberal, El Sol y El Socialista, mientras su vicepresidente Raimundo Saporta, durante el franquismo, presentaba a los futbolistas blancos en México al exiliado Tarradellas en su condición de presidente de la Generalitat!
En cuanto a la Copa de Europa, ¡muerto Franco y sus pérfidos encubridores!, ésta regresaba a sus repletas vitrinas en 1997-1998, 1999-2000 y 2001-2002, además de los dos títulos de Copa de la UEFA de 1984-1985 y 1985-1986. Y también lograba la Copa Intercontinental en 1998 y 2002. ¿Cómo se puede explicar? La razón es sencilla. ¡La ciencia ha constatado recientemente que el fantasma de El Pardo sigue haciendo de las suyas! ¡Debe estar, como su homólogo, el espectro de Canterville, agotado de tan continuado y exitoso trabajo!
Finalmente, deberíamos hacer otro recordatorio. El Barcelona ganaba -¡alguna vez tenía que ser!- ocho títulos de Liga, nueve Copas del Generalísimo (así entonces denominada y que éste entregaba personalmente), y tres Copas de la UEFA. ¿Cómo podemos justificarlo? Yo, como antes, creía que las razones se explicaban por la calidad de sus jugadores: Kubala, Suárez, César, Basora, etc. Pero, de nuevo, he debido estar en la inopia.
Señor diputado, estoy dispuesto a seguir polemizando de fútbol con usted, pues como decía Adolfo Bioy Casares, «sólo no se puede discutir de fútbol con la mujer amada». Y usted, señoría, no es la mía. ¡Y, además, esperamos ganar esta liga!


