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«¿Puedo empeñar estos dientes de oro?»

El empeño sigue vivo. En Madrid, 400 personas acuden cada día al Monte de Piedad para pignorar esa joya que les saque del apuro. Vergüenzas a parte, el dinero se obtiene enseguida

Actualizado 16/06/2003 - 09:01:33
Es gitana, de unos 50 años. Piel curtida. Morena a más no poder. Bien vestida pero con falda larga,  zapatillas de andar por casa y unos zarcillos muy vistosos. Parece que va sola. Toma asiento en la mitad de la sala y, sin apenas disimulo, pone en sus rodillas un pañuelo bien atadito. Al abrirlo vemos varias pulseras, sortijas -una es muy ostentosa- y, atentos, varias piezas dentales de oro.
Esta mujer, lo mismo que una media de cuatrocientas personas cada día, está en el Monte de Piedad de Madrid, en plena plaza del Celenque. Aquí se empeñan todo tipo de joyas para obtener un préstamo al seis por ciento de interés. De hecho, esta entidad es prácticamente la única casa de empeños que queda en la Villa y Corte. Lo demás, son casas de compra y venta de metales y piedras preciosos. Pero ese, es otro cantar. Lo que queda muy claro, recién estrenado el siglo XXI, es que los madrileños siguen empeñándose hasta las cejas y, por lo que se ve, hasta los dientes, una actividad que, al más puro estilo vanguardista, también se denomina pignoración.
Sergio Fole, director del Monte de Piedad, reconoce a ABC que como el caso de esta mujer gitana, con varios dientes para empeñar, se han dado algunos casos .«No muchos, la verdad. No los cogemos. Les decimos que son piezas  «a descartar». Y lo entienden». Sergio Fole, que lleva años al frente de esta entidad, ha llegado a clasificar hasta cinco grupos de pignadores. Los gitanos son uno de ellos. «Procesan el culto al oro y son muy cumplidores. Cuando les llega el vencimiento del préstamo, aquí están. Por lo general, vienen en grupos». Nos recuerda el caso de una madre, gitana, que llegó con sus tres hijas. Todas ellas habían cogido el numerito para el turno en ventanilla y, cuando les tocaba a las jóvenes, era la madre la que les daba, a cada una, su correspondiente carné de identidad.
El segundo grupo, según Fole, son los «profesionales» del empeño. Lo hacen por necesidad, porque necesitan dinero, no mucho, pero rápido y eso se logra aquí, a base de dejar, en prenda, una joya, un reloj o cualquier otro objeto de características similares a éstas. Un tercer grupo serían las personas de renta media-alta que, o están acostumbrados al empeño por tradición familiar, o están apremiados por algún imprevisto.
Los inmigrantes son, hoy, el grupo más numeroso. De hecho, en 2002 el Monte de Piedad tuvo 8.700 nuevos clientes y, de ellos, el 60 por ciento eran extranjeros. En el último grupo estarían las clases modestas que, al igual que el resto, necesitan un préstamo para salir de un apuro o sacar de él a un familiar.
152.000 pignoraciones en 2002
El Monte de Piedad realizó 152.000 pignoraciones a lo largo del año 2002. En estos momentos, su «cartera viva», el valor de todo lo pignorado, es de 70 millones de euros. El objeto empeñado se guarda durante un año. Pasado ese tiempo, se avisa al interesado de que su plazo ha vencido y, por lo general, se da una prórroga de varios meses. Cuando el que empeñó no acude a rescatar la pieza, ésta se pone a subasta. El Monte de Piedad tiene, para ello, su propia sala de subastas «Retiro», en la calle de Menéndez Pelayo.
Por lo general, el 90 por ciento de los empeños son joyas y, del total, siempre se rescata el 95 por ciento. El préstamo mínimo es de 30 euros, unas 5.000 pesetas. No hay préstamo máximo pero cuando el empeño ronda los 6.000 euros (un millón de pesetas), la operación se hace con lupa. El préstamo medio es de 480 euros, unas 80.000 pesetas.
Operaciones con lupa
La Ley 17/1985, sobre Objetos fabricados con Metales Preciosos, es muy estricta. Establece los requisitos para la fabricación, compra y venta de los mismos y, además, impone una serie de controles para luchar contra las falsificaciones y, lo que es más importante, la venta o empeño de joyas y piezas de relojería robadas. Todas las casas de compra-venta han de tener un registro de lo que en ellas entra a disposición de la Policía, y deben respetar un plazo de quince días antes de poner a la venta las piezas que le van llegando.
El Monte de Piedad, fundado por el padre Piquer hace trescientos años para «frenar las ansias de usura», está en cierto modo, «exento» de ese plazo de quince días porque su guarda y custodia de las piezas empeñadas es de un año, si no se rescatan antes. De cualquier forma, también tiene hilo directo con la Policía por si intentan colarles el producto de algún botín.
En las ventanillas del Monte de Piedad, expertos en gemología tasan todas las piezas que les llegan. Se valoran la pureza (la «ley», es decir, los kilates), el diseño y la antigüedad. Es imprescindible presentar el DNI; los inmigrantes, su tarjeta de residencia. Expertos consultados, coinciden en que las piezas a empeñar se tasan entre un 30 y un 40 por ciento por debajo de su valor.
Recelo entre los joyeros
El gremio de joyeros de Madrid no oculta cierto recelo sobre la compra-venta y el empeño de joyas y piezas de relojería. Insisten en que de lo que les roban, sólo recuperan el 5 por ciento y que el 70 por ciento aproximadamente de la mercancía sustraída acaba vendida de forma ilícita o empeñada.  «Hay casas de compra-venta que suponen un punto de desconfianza para nosotros», indica Armando Rodríguez, secretario de este gremio en Madrid.
Hace un par de años, los joyeros denunciaron la falta de controles para evitar que el Monte de Piedad prestara dinero con la garantía de joyas pignoradas procedentes de actividades ilícitas. Desde entonces, ese control se ha extremado al máximo.
Constantino Fernández, jefe del Grupo XI (Compra venta de joyas y Robos en Domicilios) de la Policía Judicial, se sabe el problema de carrerilla. Su equipo de agentes no da abasto con todos los casos que se encuentran.
Asegura que tendrían mucho ganado si las denuncias de los perjudicados fueran más completas. «Los diminutivos en las pulseras, por ejemplo, nos traen por la calle de la amargura. De todas formas, el porcentaje de piezas recuperadas es muy bueno y de ello da fe nuestra sala de exposición de piezas robadas, en la sede de la Jefatura Superior de Madrid, donde más de uno ha encontrado la suya», dice.
«Normalmente -añade-, el que roba no empeña; tampoco suele vender. Quieren quitarse del medio y pagan para que un «intermediario» haga la gestión con su DNI. De ahí la importancia de esa coordinación entre Policía y afectados por un robo», concluyó Constantino Fernández.
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