Hace sólo unas horas, y justo después de ver «300» (la esplendida adaptación del cómic de Frank Miller) tuve una reveladora conversación con una periodista alemana sobre la película en cuestión. La mujer sostenía que el filme era «fascista», y tenía muy claro que lo era porque «ensalzaba la guerra». No importaba que fuera la adaptación de un cómic, ni que hablara de Esparta (seguramente el pueblo más dado a guerrear de todos los que han existido sobre la tierra), lo único que importaba es que era «fascista». Tenemos suerte de que los guardianes de la moral tengan a bien instruirnos sobre lo correcto y lo incorrecto, ya que sin duda vamos a necesitar su ayuda cuando se trata de mirar una película que traza una de las líneas más portentosas que jamás han unido viñeta y pantalla. Ya hace unos años que los adalides del séptimo arte visto sólo como una herramienta educacional nos bombardean sobre los efectos colaterales de mirar ciertos tipos de cine, o aún peor, de disfrutarlo. Parece que el entretenimiento, aunque sea con epopeyas tan brutales, memorables y espectaculares como «300», no debe servir para pasarlo bien, ni siquiera para olvidarnos durante un rato de todas las barbaridades que están sucediendo ahí fuera. El cine debe servir sólo y exclusivamente para enseñarnos lo que es ética y moralmente aceptable para hacernos mejores personas. Por eso propongo desde ya que prohibamos cualquier película donde la gente se dispare, o se apuñale, o simplemente se pelee, o cualquier otra donde los ejércitos no se retiren en lugar de luchar. Después podemos censurar los insultos, las miradas de reojo (ahí empiezan muchas peleas) o los discursos donde se levante la voz. Prohibamos también cualquier película dirigida por personas sospechosas de no llevar con rectitud su vida privada. Es la hora de utilizar eso de «fascista» como si fuera un insecticida, rociando con él todo lo que nos parezca reprobable. Podíamos incluso reclamar un cambio del lenguaje común, y cambiar lo de «malo» o «aburrido» por el mucho más simple: «fascista».
Es curioso que cuando apareció la novela gráfica de Frank Miller nadie abriera la boca más que para alabarla y ahora que se estrena una película cuyos (poquísimos) cambios ha diseñado y aprobado el propio autor todo sean palos. También es curioso (o más bien penoso) que los sospechosos sean siempre los mismos y que la dichosa corrección política marque la agenda de cualquier estreno.
Hoy le preguntaban a Zack Snyder (director de «300») si consideraba «correcto» estrenar la película en los tiempos que corren. Me he acordado de cuando Edward Zwyck presentó «Estado de sitio» (1998), en la que profetizaba sobre los atentados a manos de terroristas islámicos -y sus consecuencias- mucho antes del 11-S . Le llamaron «racista» y se quedaron tan anchos, aunque el tiempo le diera la razón. Veremos lo que dice el tiempo de «300», mientras tanto esperaré a que salga en dvd para volverla a disfrutar. Espero que sabrán perdonarme.



