
Ya lo escribió Neruda como prólogo a la canción desesperada. «Es tan corto el amor y tan largo el olvido...». Pero no queremos escribir los versos más tristes del otoño. Ni hacer retroceder la muralla de sombras.
El investigador cinematográfico Domingo Ruizha traído a las páginas de ABC la historia interminable de Miguel Morayta, una leyendadedicada en cuerpo y alma al séptimo arte. Desde la otra orilla del Atlántico, desde la bahía de sus 102 años, Miguel requiere justicia. No pide nada. Aunque nosotros los de entonces ya no seamos los mismos, entendemos que a este autor y escritor nacido en Villahermosa (Ciudad Real), le debemos un reconocimiento público y colectivo. No es tan conocido como Almodóvar ni Cuerda pero con 85 películas en su haber es el más prolífico, quizás, de los directores españoles.
A este artillero galardonado por el ejército de la República, a éste nieto de un federal iberista, anticlerical y adalid de masones, a este hijo de médico que fue diputado a Cortes y llegó a regir la Diputación Provincial ciudarreealeña, a este hombre -decía- le sobreviven dos hijos y sesenta años de exilio sin ira ni nostalgia.
Hablamos de un pionero del cine latinoamericano. Sobre él se ha extendido además un manto de silencio inexplicable. Quizás, sólo quizás, por ser sobrino segundo del general Franco. Los falangistas de la Filmoteca Nacional nunca le perdonaron su republicanismo; en la Transición , no admitieron tampoco su desbordante talento. «Yo hago cine para divertirme y divertir a la gente». Nada más. Nada menos.
Miguel Morayta hoy sobrevive en México DF después de una rotura de fémur. No pide volver. Nos consta que el presidente José María Barreda cursó instrucciones para rehabilitar su memoria. Alguien, en los niveles inferiores de la administración, se olvidó de cumplirlas. Antes que el río hasta la mar nos lleve, rompamos el silencio y el olvido. El tiempo juega a la contra. Es uno de los nuestros.
Periodista



