Unas 300 personas despidieron ayer en Barcelona a Miguel Gila, fallecido en la capital catalana el pasado jueves a los 82 años de edad. Fue una ceremonía laica, sin grandes alharacas, una última función emocionada en la que, por encima de todo, se recordó a Gila como persona y se arropó a María Dolores, su viuda, y a Malena, su hija. El compromiso de Gila con las ideas socialistas hizo que al tanatorio de Les Corts se acercasen destacados dirigentes del PSC -como Pasqual Maragall, el alcalde de Barcelona, Joan Clos, o el ex vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra-, a los que se sumaron personalidades del mundo del espectáculo como Joan Manuel Serrat -que interrumpió sus vacaciones en Menorca, donde se recupera de una leve afección cardiaca-, Dyango, la cantante argentina de tangos Cecilia Rosetto o el también humorista Pepe Rubianes.
Este último, el más locuaz de entre los que tomaron la palabra, recordó facetas de la personalidad del fallecido, como su pasión por Internet -«le tenía «flipao»»- o su simpatía hacia los taxistas -«Sócrates decía lo del sólo sé que no sé nada porque no era taxista»-.
Serrat, que no pudo concluir su parlamento al no poder contener el llanto, le habló a Gila con profunda emoción: «Te vamos a echar de menos, como artista y como hombre coherente, en las antípodas de los artistas que se definen apolíticos. Ese es un lujo que los artistas, que nos debemos a la gente, no podemos permitirnos». Embargado por la emoción, Serrat concluyó: «Me gustaría que eso del cielo fuese verdad para subirme allí a llamar por teléfono: «¿Está Gila?»; «pues, que se ponga»».


