La primera vez que contactaron conmigo me sentó fatal. No quería volver a revivir mis últimas horas en la Tierra. En aquel momento me había sido muy difícil despegarme, cortar con todo. Tanto es así que me morí hasta cabreado. Era una mezcla de pena y rabia. Dejaba mi vida entera detrás de mí. Pero el pasado nunca cuenta. Lo único real es el presente, y por mucha vida plena que hubiera vivido hasta allí, lo cierto es que todo había cambiado. Me encontraba enormemente cansado. Aburrido quizá. Estaba mayor, enfermo, nada me hacía ilusión. Me sentía un inútil. Las piernas me sostenían escasamente. Iba por la casa con cara de fantasma, agarrado a un andador, como un niño pequeño aprendiendo sus primeros pasos. Los hombros me pesaban y la espalda se me arqueabasin poder evitarlo. Desde esa perspectiva mi vista se dirigía invariablemente al suelo. Mi paisaje habitual eran las alineadas tablas del piso, que yo miraba y remiraba sacándoles brillo con los ojos. Con frecuencia terminaba cayéndome. Perdía el equilibrio y me desplomaba sobre mis propios huesos. Luego no era capaz de levantarme, no encontraba las fuerzas necesarias para elevar mi cuerpo, como hacía antes. Y debía esperar a que alguien lo hiciera por mí. Normalmente me negaba a pedir auxilio, y permanecía mucho tiempo en aquella postura, callado y derrotado, ahogando un grito de amargura, en mitad del pasillo o sobre la alfombra del salón. Esos eran momentos terriblemente amargos, porque sabía que ya nada me iba a devolver a mi estado primigenio, que estaba perdido sin remisión. Mi cuerpo era una gelatina invertebrada que otros cuidaban en mi lugar. Yo en nada intervenía.
Por eso cuando me llamaron yo no quería acudir. Ya me había hecho a mi nuevo estado. Había conseguido olvidar. Veía las cosas de otro modo. Estar en el otro mundo no es para tirar cohetes, pero tampoco es malo. Es otra cosa, indefinible, casi como la antigua vida. Se va y se viene, se conoce gente, se establecen relaciones. Pero no se sufre tanto. Tal vez esa es la gran diferencia. El sufrimiento no es tan intenso. Hay más paz.
El caso es que una tal Madame Pioline me convocó una tarde del mes de julio en su gabinete esotérico de la calle Falcó n.º 7. Por lo visto llevaba ya unas cuantas sesiones intentando dar conmigo, pero yo no me enteraba, abstraído como estaba en mis recientes aficiones, ajeno a esa llamada del otro lado. Me avisaron por fin. Un colega me dijo que figuraba en las listas de Espíritus Reclamados, y aquí se considera un acto de educación insoslayable acudir, cuando menos una vez, a una sesión de espiritismo en la que te solicitan. No me quedó más remedio que prepararme psicológicamente para el encuentro. Ignoraba quién me requería, pero imaginé que debía de ser mi hija. La pobre es una sentimental. Me consta que me ha llorado mucho y quedó destrozada cuando morí. Así que tenía que ser ella, sin duda. La verdad es que me resistí cuanto pude. No quería volver. Ya digo que lo pasé fatal. Me costó mucho despedirme, soltar amarras y emprender el camino del más allá. Los lazos afectivos eran muy fuertes. Hasta entonces el amor me había mantenido vivo, aunque mis piernas ya tocaban el final de su resistencia. La única razón para vivir era la luz del sol sobre los edificios, que yo veía por la ventana, y la cálida mano de mi hija, su mirada de afecto entregado, como la de un perrillo fiel y cariñoso. Por eso tardé en morir, a pesar de la enfermedad que me comía por dentro, que me iba derribando de la vida. Me aferraba a las palabras, a los colores y al tacto de las cosas. No me quedaba más. Por eso deseaba la marcha, secretamente, en privado. Una noche ya no pude seguir. Yo era un guiñapo. Mi estado físico me recordaba constantemente que no había marcha atrás, que era cuestión de tiempo. Podría haber durado algunos meses de propina, babeando con cara de vegetal, dejándome acariciar y recibiendo sonrisas tristes, voces de aliento gastadas. Nadie sabe lo que es una caricia en ese estado. Es el regalo más hermoso y al mismo tiempo es un puñal que clava su filo en la verdad de forma descarnada. Y si el cuerpo no me respondía, si se iba haciendo una papilla cada vez más licuada, la cabeza me jugaba malas pasadas. Por momentos me fallaba la memoria, no sabía dónde estaba ni quiénes me rodeaban. Mis sensaciones eran cada vez más vagas. No me podía concentrar en lo que sentía, y cuanto más buceaba en mi interior, más densa era la nebulosa que me habitaba. Esa noche me dormí y soñé que me iba. Luego comprendí que no era un sueño, porque ya nunca desperté en mi cama. Sé que me fui a traición, sin despedirme, pero yo no conocía otra manera de decir adiós sin destruirlo todo, sin romperme el corazón por el dolor causado. Nunca he sabido terminar las cosas con cierta dignidad. Lo reconozco. Cuando por fin logré ver el túnel y los destellos de luz blanca, cuando escuché la música divina, dejé de darme pena de inmediato, porque ya no había cuerpo que arrastrar, porque ya no había lágrimas que verter, ni manos que aferrar desesperadamente. El tiempo se había deshecho, se había roto en mil astillas brillantes. Y yo pasaba a otro lugar, estrenando una nueva historia.
Pero está claro que ni siquiera muerto puede librarse uno del pasado. Así que decidí pasar por aquel trance y aceptar la responsabilidad que se me exigía. Aquí también hay cierta burocracia con la que uno debe cumplir.
En el estudio de Madame Pioline se dieron cita unos cuantos aquella tarde del mes de julio. Una tormenta de verano retocaba el cielo con negrura azulada y llovía a cántaros, estruendosamente. Con los truenos de fondo, concentré mi atención en los preparativos de la ceremonia, viendo cómo se iban sentando los concurrentes alrededor de una mesa camilla cubierta por un tapete azul celeste. Todo era azul en aquella estancia, por orden de Madame Pioline, una mujer delgada y escurrida, de ojos negros enormes, pómulos salientes y pelo recogido. También por orden de ella todos vestían de azul, incluso la ropa interior y cualquier complemento, relojes, pulseras, bolsos y pañuelos, había precisado. Era premisa fundamental para establecer contacto sin interferencias. Yo no digo que no me guste el azul, que es mi color preferido, pero -hablo solo por mí, claro- sinceramente afirmo que hubiera dado igual.
Madame Pioline lucía una túnica ajustada azul marino, un colgante de grandes dimensiones y extrañas formas, y brazaletes en las muñecas. Movía a los presentes de acá para allá. Los sentaba a la mesa y los volvía a levantar. Les tocaba en la frente y en el pecho. Se quedaba quieta un instante, como muy concentrada, y los situaba en una nueva silla. Ellos obedecían sin rechistar, tratándola con respeto reverencial y haciendo lo que disponía. Así hasta que por fin pareció que encajaba todo. Allí estaba mi hija. Verónica. No lo he dicho antes, ya lo sé. No soy un insensible. Que quede claro. Es que no puedo con estas cosas. Cuando estaba vivo me reía de ellas. Me parecían ridículas y absurdas. Pura superstición. Un timo. Y de pronto yo me encontraba allí, jugando aquellas cartas sin poder evitarlo. Inmediatamente me llené de nostalgia. Tengo que decirlo porque si no reviento. Fue ver a Verónica y morir de pena. Cierto que no podía morirme por segunda vez. Es una forma de hablar. Los hijos son algo especial. Se les ama desde que nacen y está claro que el amor perdura después de la muerte.


