
La mujer ha sido un tema recurrente en la Historia del Arte. Y las relaciones entre el pintor y la modelo han dado siempre mucho que hablar. Imposible entender a Rembrandt sin Saskia; a Picasso, sin Olga Kokhlova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Françoise Gilot o Jacqueline Roque; a Dalí, sin Gala; a Modigliani, sin Jeanne Hébuterne; a Toulouse-Lautrec, sin las prostitutas y cabareteras anónimas del París bohemio; a Matisse, sin sus odaliscas; a Degas, sin sus bailarinas... Y a Gustav Klimt, sin Adele Bloch-Bauer, Emili Flöge, Alma Mahler y un sinfín de mujeres que pasaron por su estudio.
A algunas de ellas las vistió de oro en cuadros tan emblemáticos como «El beso» o «Danae», pero a la mayoría las desnudó en hermosos lienzos y, especialmente, en miles de bellísimos dibujos. Un centenar de ellos se exhiben en la Fundación Mapfre en la primera monográfica dedicada a Gustav Klimt en España. Todos ellos tienen a la mujer como protagonista y proceden de una de las mejores colecciones de arte expresionista alemán y austriaco, la Colección Sabarsky, con sede en Manhattan.
De amor, dolor y muerte
Serge Sabarsky salió de Viena huyendo de los nazis y, tras recalar en París, llegó a Nueva York, donde se estableció definitivamente. Tanto él como su mujer eran grandes coleccionistas de artistas como Klimt, Schiele o Kokoschka. En especial, el primero constituye el núcleo central de la colección. Como explica Pablo Jiménez, director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, a finales del siglo XIX y comienzos del XX se establecen leyes muy estrictas contra el amor extraconyugal, lo que provocó una eclosión del erotismo. «Las curvas se apoderan del Art Nouveau, y los desnudos, de los lienzos y dibujos -comenta-. Hay ejemplos notables, como el auge del mundo homosexual y lésbico, o el amor fuera de la naturaleza». En su opinión, la capacidad de Klimt «para unir los grandes sentimientos sobre el amor, el dolor y la muerte con un arte que en sus manos llega a la plena madurez nos sigue conmoviendo a casi todos».
La muestra, comisariada por Annette Vogel, conservadora de la Colección Sabarsky, presenta un recorrido distribuido por temas. Arranca con sus dibujos más académicos realizados a carboncillo, como un «Busto de niña», de 1879. Además, cuelgan en las paredes de la Mapfre importantes dibujos preparatorios para sus grandes lienzos. Es el caso de «Desnudo de mujer», boceto para un personaje de «La Medicina» (uno de los paneles que Klimt hizo para la Universidad de Viena), o un estudio para «Tragedia». Pero una de las características más originales de la obra del artista austriaco es que no sólo retrató el canon de belleza femenina, sino que dibujó a mujeres entradas en carnes, ancianas y embarazadas -una mujer en estado protagoniza su célebre lienzo «Esperanza»-. De todas ellas hay ejemplos en la exposición, que permanecerá abierta hasta el 3 de septiembre. Pero son los desnudos, muchos de ellos con una fuerte carga erótica, los más numerosos. Los hay a lápiz negro, rojo y azul; algunos con un grueso trazo, otros casi imperceptible, pero siempre suelto y refinado, con una composición exquisita.
Las mujeres de Klimt, apunta Pablo Jiménez, «suelen aparecer ensimismadas, misteriosas, duras, distantes, cautivadoras, como perdidas en un sueño personal al que la mirada, tanto del pintor como del espectador, no alcanza ni perturba». El artista logró «no contaminar los dibujos con sus sentimientos». Las mujeres aparecen desinhibidas, absortas en sí mismas, ajenas a todo. No hay escenario de fondo que nos explique la historia. Klimt, añade Pablo Jiménez, pone al espectador en un papel de voyeur a veces incómodo, pues interrumpe esa intimidad indiferente de las mujeres que dibuja: «Asistimos a un espectáculo que no está hecho para nosotros». Por eso, dice, la perturbación es mayor. En cualquier caso, los desnudos de Klimt, comenta la comisaria, son apacibles. No tienen la agresividad de los de Schiele.
Gustav Klimt fue confundador de la Secesión vienesa, de la que fue presidente de 1897 a 1899. Su insistencia en derribar los tabúes sexuales de la época le hizo ganarse el apelativo de artista obsceno y engrosó la ya célebre lista del «arte degenerado». La estupenda exposición que podemos ver en la Fundación Mapfre está impregnada de belleza y erotismo. ¿Y después del erotismo qué? La melancolía.


