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Sufíes. Ese otro Islam, místico y tolerante

En los tiempos que corren, complejos y llenos de tentaciones cada vez más maniqueas, la idea que en Occidente tenemos del Islam es la sustentada en una mitología de siglos aplicada a sucesos de los

Actualizado 15/04/2007 - 09:35:12
Derviches danzantes en Sarihan, Capadocia. Un concierto-ceremonia de estos monjes es toda una vivencia para los espectadores
Derviches danzantes en Sarihan, Capadocia. Un concierto-ceremonia de estos monjes es toda una vivencia para los espectadores
En los tiempos que corren, complejos y llenos de tentaciones cada vez más maniqueas, la idea que en Occidente tenemos del Islam es la sustentada en una mitología de siglos aplicada a sucesos de los últimos 50 años, y que dibuja una imagen sangrienta e integrista de una de las grandes religiones universales. Tanto es así, que hemos dado en la peregrina idea de que las dos mayores ramas del Islam, chií y suní, se identifican con el extremismo de dos escuelas, la teocrática del chiísmo jomeinita y la superintegrista del sunismo wahabí. Da igual que ambas sean -sobre todo la segunda- anomalías en el Islam. El caso es que ahora sólo vemos imanes vociferantes, terroristas suicidas, mujeres veladas... Sin embargo, hay otro Islam, y no hablo sólo de las grandes escuelas dominantes entre suníes o chiíes, sino de otras muchas menos numerosas entre las que podemos escoger una que ha ofrecido no sólo inspiración espiritual para gran parte de la humanidad, musulmana o no, sino también un arte que ha recorrido los siglos desde la poesía del gran Jalal ad-Din Muhammad Rumi, que nació hace 800 años en Persia, hasta la voz del recientemente fallecido paquistaní Nosrah Fateh Ali Khan: hablamos del sufismo.
La historia del sufismo (tasawwuf en árabe) se pierde en la noche de los tiempos y pocos autores se atreven a fijar una fecha o una figura fundadora. En esto guarda cierta semejanza con el movimiento eremítico del primer cristianismo, cuyos orígenes se han buscado hasta en el profeta Elías. Hay incluso autores sufíes que piensan que su enseñanza es anterior al Islam, aunque la inmensa mayoría buscan su fuente en el profeta y en su yerno Alí. Se cree que sus primeros maestros estuvieron en comunidades chiíes en torno a Basora, al sur de Irak. Nada hay muy seguro, pero se dice que fueron grandes pensadores o místicos como Al Gazali (siglo XI) o Al Ibn Arabi (siglo XIII, murciano de origen) quienes dieron forma y justificación «teórica» al sufismo.
Manifestaciones estéticas
El carácter definitorio del sufismo y el que influiría de manera capital en Occidente es el misticismo, el encuentro directo con Dios y el olvido de uno mismo. Para la experta alemana Annemarie Schimmel, el sufismo es la interiorización del Islam. Si bien su actitud ante lo religioso es aplicable a casi cualquier religión y, de hecho, los sufíes, como el zen en el budismo, parecen haber estado siempre al margen de las diferentes escuelas del Islam, aceptándolas todas y siendo aceptado por éstas. Aunque, como veremos, las cosas han cambiado en los últimos tiempos.
El sufismo se organizó en «tariqas», órdenes no excesivamente numerosas. Y en gran medida ha sido un movimiento misionero y hermético incluso con toques de santería o curanderismo. En nuestro país no desaparecieron con la caída de Granada, sino que hasta bien entrado el siglo XX ha habido morabitos, santones que vivían fuera de los pueblos, a veces en la ermita-tumba de un antiguo místico (o morabito).
La influencia del sufismo rebasa el ámbito de lo musulmán. Quizás porque buena parte de su fe tiene unas manifestaciones estéticas que figuran entre los grandes logros culturales de la humanidad. Lo más destacable, sin duda, es la poesía que floreció en idiomas tan diversos como el árabe, kurdo, persa, punjabí, sindi, turco, pashtun o urdu, con poetas de la categoría de Rumi, al-Hallaj, Ibn al-Farid, Hafez, Jami, Ibn Arabi, Farid Ud-Din Attar, Abdul Qader Bedil, Bulleh Shah, Amir Khusro, Abdul Latif Bhittai, Sachal Sarmast o Sultan Bahu. La influencia de su poesía en Occidente ha sido enorme, sobre todo en la literatura española desde Cervantes hasta Juan Goytisolo pasando por San Juan de la Cruz (que además bebió del misticismo sufí, como San Francisco de Asís o Santa Teresa de Jesús).
El espíritu místico sufí se expresa también a través de una prodigiosa música. Conocidos en Occidente son los «derviches danzantes» de órdenes como la Mevlevi, fundada tras la muerte de Rumi. Un concierto-ceremonia de estos monjes es toda una vivencia, en la que se crea un vínculo espiritual entre ejecutantes y asistentes que conduce a una experiencia en trance incluso en lugares tan estériles como una sala de conciertos.
El «Islam popular»
Pero el sufismo no se ha limitado a esa sola música que hace girar a los danzantes, sino que, como su poesía, se ha extendido a prácticamente todos los países musulmanes, desde Indonesia a Marruecos. Por ejemplo, el Qawwali hunde sus raíces en el siglo VIII, en Persia, aunque fue formalizado por Amir Khusrau en el siglo XIII, en la India. Una tradición de enorme influencia, transformada en éxito universal en nuestros días gracias al paquistaní Nusrah Fateh Ali Khan, fallecido hace pocos años en el cenit de su arte y de su éxito en el mundo islámico.
Junto a las legendarias caravanas comerciales, esta visión mística sirvió y ha seguido sirviendo a lo largo de los siglos como una de las principales vías pacificas de penetración del Islam. Comerciantes y sufíes llegaron a los confines del mundo conocido, desde las costas del Atlántico hasta las Filipinas. Pero, en vez de dirigir su influencia hacia los círculos del poder local o tratar de imponer algún tipo de teocracia (y téngase en cuenta que una cierta tendencia teocrática es casi consustancial al Islam), los sufíes han preferido ser considerados como hombres santos, sobre todo en los territorios marginales del mundo musulmán. En el subcontinente asiático el sufismo es conocido como el «Islam popular».
Por eso no es de extrañar que el sufismo sea hoy perseguido -de forma más o menos abierta- por quienes sustentan «religiosamente» a los extremistas, por los wahabíes que tienen su hogar nacional en Arabia Saudí, por los deobandis del subcontinente asiático y los salafistas-yihadistas. Desde hace al menos diez años, grupos deobandis y salafistas atentan de forma sangrienta contra todas las demás corrientes islámicas en Pakistán, especialmente contra los chiíes y, con más furor si cabe, contra los sufíes que a su origen chií unen todo tipo de «herejías» para un fanático integrista. De forma algo menos salvaje esa persecución se extiende a Irán, aunque el propio Jomeini se sintiera cercano al misticismo y declarase: «Algunos estudiosos niegan la validez del misticismo, lo que es algo lamentable». Es cierto que siempre ha habido discusiones sobre lo «apropiado» del camino sufí, asunto que ha ocupado la atención de numerosos estudiosos a lo largo de la historia. Pero hasta que el fundamentalismo no irrumpió con una fuerza imparable en el actual mundo musulmán, siempre hubo un grado de aceptación dentro de una religión tan variada en sus manifestaciones como el Islam.
No se trata de presentar a los sufíes como los «buenos» del Islam, por mucho que sus expresiones, símbolos y principios nos resulten más familiares o admirables que otros. El Islam, como el Cristianismo o el Budismo, como toda gran religión mundial, ha sido practicado por la inmensa mayoría de los creyentes como una religión básicamente tolerante. Aunque evoluciones históricas propias, también inducidas por el imperialismo occidental de los siglos XIX y XX, han conducido a que sean precisamente los más extremistas quienes marquen el tono de la actualidad y difundan la errada imagen que en otras culturas tenemos del Islam. Legados como el del sufismo no lo merecen.
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